CACHARROS, por Dionisio Urbina. Doctor en arqueología

Recuerdo que los historiadores formados en la antigua tradición de Filosofía y Letras llamaban despectivamente “cacharrólogos” a los arqueólogos porque, decían, se pasaban la vida contando, dibujando y estudiando cacharros. En parte tenían razón ya que la cerámica es el material más abundante en cualquier excavación arqueológica. Así que como soy arqueólogo y me paso buena parte la vida desenterrando cacharros he pensado que era un buen momento para hablar de ellos. En este caso trataremos sobre la cerámica romana de mesa.

Los romanos eran muy modernos en muchas cosas, o al menos a nosotros nos lo parecen porque hemos adoptado buena parte de sus costumbres y formas de vida. Ya desde entonces era costumbre de los muy ricos usar en la mesa finas vajillas de plata. Naturalmente ese tipo de piezas eran muy cotizadas y rara vez aparecen en las excavaciones (yo jamás encontré una). La mayoría de las personas usaban, como hoy, cerámica para presentar y comer los alimentos. Estos servicios de mesa se estandarizaron enormemente en hasta el punto de que hoy los conocemos con término genérico que los engloba a todos: terra sigillata. Eran estos unos recipientes de diferentes formas: platos, cuencos, jarras, pero siempre de color rojo y acabados alisados, que se produjeron de forma industrial y nos sirven a los arqueólogos como fósil guía del mundo romano. La terra sigillata se fabricaba con arcilla muy depurada y se le añadía un barniz de la misma sustancia como acabado. Acabado que aguanta perfectamente el paso del tiempo, aún enterrado en diversas condiciones, como atestiguan los millares de fragmentos en perfecto estado de conservación encontrados por toda Europa África del Norte y el próximo Oriente. La calidad, tonalidad, brillo y otras características permiten a los arqueólogos diferenciar las producciones de distintas épocas pues, al igual que hoy, con el tiempo cambiaban las modas y las calidades. Eso nos permite saber cuando nos encontramos un mísero fragmento de terra sigillata por los campos de Dios, que una vez allí hubo un asentamiento del siglo I, II, III, IV o V a.n.e. (antes de nuestra Era).

Superior, de izquierda a derecha: fig 1, fig 2 fig,3

abajo de izquierda a derecha: fig. 4, fig. 5 

 A pesar de que el torno del alfarero se conocía desde hacía siglos, la terra sigillata se  fabricaba a molde, es decir, se vertía la arcilla sobre un recipiente en el que se habían esculpido los motivos decorativos (si los había) en negativo y con otro molde liso se aplastaba la arcilla para lograr el grosor deseado. Se metía en el horno y a vender. Este procedimiento permitía la fabricación industrial, es decir en grandes cantidades, hasta el punto de que los alfares romanos funcionaban más como compañías o empresas que negocios familiares. En los primeros tiempos muchas de estas empresas estampaban en el fondo de la pieza su firma o sello, el nombre del propietario ( de ahí viene el nombre que le damos: terra=cerámica sigillata=escrita) cosas como EX.OF.CALVINI, por ejemplo, que viene a significar: producido en la fábrica de Calvinius.

Horno de Alfarería en el Monastil. Elda-Petrer-Alicante

Como los arqueólogos nos dedicamos a excavar cacharros hemos encontrado muchos fragmentos de estas cerámicas con diferentes nombres, hasta el punto de que podemos establecer una secuencia cronológica de muchos de ellos y además, saber el lugar en donde tenían la fábrica. De este modo si encontramos algo como lo de la fig. 3, sabemos que se fabricó en el taller de Lucius Gellius ubicado en la zona de Arezzo, Italia, en una fecha comprendida entre el 10 antes de nuestra Era y el 20 de nuestra Era. De este modo un simple pedazo de cerámica nos pues afinar más la cronología que costosos y sofisticados métodos de datación como el Carbono 14. Pero no acaba ahí, el mismo fragmento nos indica que las relaciones comerciales en el recién estrenado Imperio Romano eran tan fluidas que permitían la llegada de productos de consumo de no muy elevado coste, desde el centro de Italia hasta un lugar perdido de la provincia de Cuenca (de donde procede el fragmento). No está mal para un “cacho de tiesto”. Eso para un solo trozo, si combinamos los centenares de miles hallados en toda la geografía del mundo romano, tenemos un esqueleto cronológico bastante ajustado para más de 5 siglos de historia.

Alfarero Romano

Y así es cómo trabajamos los arqueólogos, siempre bajo la maldición (en palabras del célebre historiador anglosajón M.I. Finley) de la indestructibilidad de los cacharros. Aunque alguna ventaja tiene. Propongamos un juego para los lectores: ordene cronológicamente del más antiguo al más moderno los siguientes fragmentos de cerámica.

Fig1. Cuenco de terra sigillata sudgálica, forma 29ª, decorado con guirnaldas y hojas de parra, de un taller de la Graufesenque (al norte de Montpellier), período de producción 20-60 d.n.e.
Fig2. Plato alto de terra sigillata hispánica, forma 15/17, liso, de un taller de Tricio, La Rioja, período de producción 40-120 d.n.e.
Fig3. Fragmento de plato de terra sigillata aretina, forma 20, liso, de un taller de Arezzo, Italia, período de producción 10 a.n.e.-20 d.n.e.
Fig4. Gran cuenco de terra sigillata hispánica, forma 37, decorado con escenas metopadas de luchador contra león y oso, de un taller de Bronchales, Teruel, período de producción 80-120 d.n.e.
Fig5. Pequeño cuenco de terra sigillata gálica, forma 24/25, liso, de un taller de la Graufesenque (al norte de Montpellier), período de producción 20-60 d.n.e.
 
 

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