ROMÁNICO TRAS LA ÍNSULA: DE MONTESINOS A RUIDERA por Román del Río Castillo. Escritor

“… y si esta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa;

y así, sin afirmarla por falsa o verdadera, la escribo.

Tú, lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere…”

(Cervantes. “Quijote”. II, 24).

 

“El mono dice que parte de las cosas que vuesa merced vio, o pasó,

en la dicha cueva son falsas, y parte verisímiles…”

(Cervantes. “Quijote”. II, 25).

 

Entrada a la Cueva Montesinos

Resiéntese esta memoria mía en las últimas jornadas, cuando le pido en el momento de la escribición que me ayude en el detallado de las vicisitudes de cada una de ellas. Así estoy ahora, en tal desmemoria, cuando necesito escribir en los pliegos lo que me sucediera en la visita a la cueva de Montesinos.

Confundido estoy, pues al llegar a su boca no vi lo que dice don Quijote que él viera, que, según relató al llamado primo y a Sancho, era una entrada llena de cambroneras y cabrahigos, de zarzas y malezas, espesas e intrincadas, que de todo en todo le cegaban y encubrían; ni tampoco distinguí que salieran de la cueva la infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tan espesos y con tanta prisa que pudieran haber dado conmigo en el suelo. Aunque hago por ello, no recuerdo haber visto una embocadura así atascada por la vegetal naturaleza, ni por pocas o muchas de cualesquiera de las cavernícolas aves que cegaran al histórico caballero de mi pueblo. Sí me parece recordar que lo que se presentó a mis ojos fue, real y verdaderamente, una boca espaciosa y ancha (como éste contara, pero limpia de matorrales y avechuchos), por la que bajaba una pequeña senda, formada, a mi parecer, por el mucho hollamiento de pies de las demasiadas gentes que se introducen a diario en ella.

Interior Cueva Montesinos

También recuerdo ahora que, con la nerviosidad que me aquejó por el pensar en exceso en la aventura que me esperaba, no me hice ni siquiera con una braza de soga, que me habría sido muy necesaria cuando, sin conciencia de a cuantos estados  de profundidad me hallaba, alcancé el lugar en donde nacía la resbaladiza pendiente: una oscura y tenebrosa espelunca, en cuyas negras profundidades de gigantesco qanat oíase el discurrir de unas presumidas aguas.

Entreteníase el guía en la explicación diciendo, primeramente, que de esta cueva ya se hablaba en tiempos de Felipe II como lugar donde los ganados hacían aguada, y, segundamente, comentando las muchas y gayadas  naturales representaciones pictó-ricas que en el cielo y paredes de la cueva parecían asemejar, a su juicio, a personajes y bestias de la vida e historia del intrépido aventurero, el caballero don Quijote.

Cueva Montesinos. Foto Javier Minguez Maenza

Miraba yo, con mucha incredulidad, las fantasías que el guía nos contaba, para lo que preciso era elevar los ojos a la cavernaria bóveda, y, a la par, posarlos en las quebraduras y sinuosidades del piso para evitar cualquier amenazante traspié. Fue en este momento cuando, por mirar al firmamento cuevil (de cuyas alturas procedían unos musicales círculos sonoros), trastabillándoseme los pies, di con mis posaderas en el suelo, y, de continuo, con mi cabeza en igual asentamiento; el cual guacharazo  sería origen y causa de que me fuera al abismo de la garganta de la cueva por la ya mencionada resbaladiza pendiente. Hasta este punto es del que tengo clara conciencia recordatoria del transcurrir de la visita.

Esto que ahora voy a escribir no es lo que luego me dirían los que, para mi des-gracia (y digo bien: para mi desgracia), me rescataron. Pero de lo que yo alcanzo a tener más viva conciencia, ya dentro de las nubosas envolturas del involuntario accidente, es que entré en un silencioso estado de ajenidad, quietud y placentero adormecimiento, tan agradecido como el que ahora disfruto al escribirlo. Sin asidero posible al que pudiera sujetarme, vime descendiendo rapidísimamente por la ya dos veces citada resbaladiza pendiente, (por una de las paredes de su estrecha sima), hasta dar con mi entera persona, mi mochila y mi bordón en unas calladas, negras, profundas y misteriosas aguas, en las que me encontré sumergido por más tiempo del que pensaríase podría aguantar la alcancía de mis pulmones. Discurriera luego mi cuerpo, remolinariamente empujado por la impetuosa corriente que avanzaba por el estrecho canal, la cual me llevaría, de trompicón en trompicón y de cabezada en cabezada, durante lo que me parecieron dos o más leguas (si en términos terrestres lo calculara), hasta unas inquietantes profundidades, tan hondas que no hubiera malacate que me izara.

Al finar el torbellino que me envolvía, remanecí alcanzando un reposado flotamiento en el ras de una de las lagunas que dicen ser hija del río que es madre de todas las Ruidera. En este descanso vime, como Sancho se viera en una semejante caída, bueno, entero y católico de salud, sin haber recibido daño alguno. Con los mis ojos bailando de una a otra orillas, por si alguna presencia de humanos observaba, comencé a bracear y patalear sin ton ni son, con el deseo de arribar a una de ellas. Viendo que era imposible de toda imposibilidad salir de donde estaba sin ser ayudado, invadiome la angustia por la inmovilidad que me atenazaba (pues parecíame como si por fuertes maromas estuviera atado al fondo de las aguas), encomendeme a Dios, para mis adentros y de todo corazón, y comencé a lamentarme y dar voces por si alguien, además de Él, me oía; que, de no ser así, mi cuerpo no había de parar hasta dar con lo más profundo de los abismos.

En éstas, principiaron a llegar a mis oídos los sonoros reclamos de una joven (pues, por la femenina voz que escuchaba, tal parecía), que, a bordo de una velera barca, impulsada por una leve brisa, acabó acercándose a mi costadura. Llegada a mí la real y lagunar mujer, de extraordinaria belleza, dulce sonrisa e imponderable encanto (que dijo llamarse Ruidera y se tituló Reina de las Lagunas), diome sus manos y, como si fuera una espiritual sustancia, subiome a la barca, posándome sobre el lecho de su fondo. Sin más demoramiento, la nave ció por sí sola y tomó la derrota que la marcha de la corriente le marcaba.

No podría decir cuantas fueron las horas, o cuantos los días, durante los cuales fui socorrido en mis todas necesidades por las solícitas atenciones de la joven, bella y acuática Reina Ruidera, ni tampoco cuantos alcanzó la duración de la travesía. Sí re-cuerdo haber traspasado los confines de muchas y contiguas lagunas, cuyas cascadas intermedias eran descendidas por nuestra barca con tan ni siquiera una salpicadura. También observé complacidamente la transparencia de las aguas, el suave deslizamiento de su curso, la abundancia de sus líquidos cristales, cuya alegre vista renovó en mi memoria mil amorosos pensamientos, y unas riberas adornadas de un esplendente y nunca visto ajardinamiento, que me habría sorbido los sentidos si a otros requerimientos menos aplazables no los tuviera dedicados.

Las Lagunas de Ruidera

Continuó nuestro navegar entre dulcísimas y sentidas declaraciones, amorosí-simos coloquios y muchas y repetidas pruebas de mutua consideración (aunque siempre fuimos de tener a raya los ímpetus de los naturales movimientos), con todo lo cual hallábamos grandísima complacencia. Así entretenidos y solazados, dimos en ver que la barca, que iba discurriendo por la guadiana corriente, se estaba acercando a los límites de la última de las lagunas, a cuyas orillas veíase mucha vegetación de carrizos y juncales, y, por encima de ella, grandes y apretados bosques de muy ricos y variados árboles. En cambio, no se avistaban poblados o lugar alguno en los que pudieran distinguirse humanos individuos, de los que, por descontado ha de darse, ninguna necesidad sentíamos la Reina y yo.

El venturoso discurrir finó sorpresivamente más pronto de lo que nunca pensara. Sucedió que, en la luminosa tarde de uno de estos deliciosos días, en el que las algo-donosas nubes reflejábanse en lo alto de las aguas de un grandísimo piélago, levantose un fortísimo viento que tumbó el mástil de nuestro velamen y descompuso el gober-nalle, lo que hiciera que la barca quedara desmandada, hasta que el fuerte soplado desa-pareció, volviendo la calma y luminosidad perdidas.

Mientras esto sucedía, nuestra barca había ido derrotando hasta alcanzar lo que distinguimos como un castillo, que sobre una gran peña se elevaba. Desde sus almenas, unos, a lo que parecían vigías del atalayamiento, hiciéronnos señales de advertencia para que acoderáramos la nave a la estribor mano, junto a otras que así ya lo estaban. Pero fuera porque la Reina y yo no entendiéramos las advertencias, fuera porque nues-tros entretenimientos nos disiparan, la embarcación dio un estrepitoso tropiezo contra las rocas sobre las que se asentaba el castillo, viéndonos en instantáneo tránsito sumergidos los dos (yo, nuevamente) en las aguas sobre las que tan placentera y gozosamente habíamos navegado. De continuo, una gran fuerza nos atrajo hasta las honduras del fondo, y, llegados hasta él, observé que se separaban las aguas, abriéndose a nuestro paso como si de las del Rojo se tratara; lo que nos causó grandísimo asombro, como aquél que produjera a la seguidora muchedumbre el que, según las Escrituras, causara el mismo Dios al separar con su infinito poder las del sagrado mar de los hebreos.

Perfil del Quijote en las Lagunas de Ruidera. Foto: Fernando Navalón

El tal asombro fuera producido por la aparición ante nuestros ojos de una gran y submarina isla, hecha y derecha, redonda, bien proporcionada y sobremanera fértil y abundosa, sobre la que se alzaban las torres del más suntuoso palacio que los tiempos pasados, presentes y futuros hayan podido o puedan contemplar. Antes de llegar a sus puertas, sonaron chirimías y varios pajes salieron a darnos aguamanos (que recibimos gravemente), hecho lo cual, adentráronnos en un inmenso patio, alrededor del cual ardían casi cien hachas puestas en sus blandones, y, en las alturas de los corredores, más de quinientas luminarias, de modo que con toda esta luz no se echaba de menos la del día, por mucho que fuera el empeño que Febo pusiera en lo contrario.

En esto, hicieron entrada en el dicho patio un hombre y una mujer, de imponente aspecto, que, vestidos a la usanza de otros tiempos, parecían principales y nobles personajes, cuales pudieran ser duques o marqueses y aun príncipes, pues tales eran su galanura y los modales que demostrarían en nuestro acogimiento. Fuéramos Ruidera y yo por ellos recibidos con las mayores muestras de hospitalidad que la más exquisita de las composturas adornan a los que, naciendo de buena cuna, son más abonados a forta-lecerse en aquellas lecciones que su mejor crianza les ofrece. Fue pues del caso que, después de ser regalados con muy cumplidas ofertas de amistad y tesoros marinos y no menos exquisitos y desconocidos manjares (que, dicho sea, hicimos por ellos pues está-bamos a diente), ofreciéronnos el acomodamiento en uno de los reales aposentos que a docenas se contaban en el su dicho palacio. Habiéndolo aceptado, precedidos y alum-brados por una procesión de dos hileras de hermosísimas y enlutadas doncellas, a él nos encaminamos.

Anticipadamente, solazábame y delectábame yo en el camino con mis pensa- mientos, que no eran otros que aquéllos que la situación y el amoroso deseo provocarían a cualquier mortal en las mismas y envidiables circunstancias. Mas, ¡malhaya la prisa que nos dimos en llegar al aposento!, pues no bien hubimos entrado en él, cuando, ya desnudados de cuerpo y alma y embrazados, nos disponíamos al desfogante reposo sobre lo que a la vista parecía un mullido y espacioso lecho, prodújose una gran explosión, acompañada de un luminoso alumbramiento y del mismo musical ritmo que oyera cuando me escurría por el qanat de la cueva de Montesinos. Cayeron sobre nosotros gran número de centelleantes rayos; viniéronse abajo los muros; invadiéronnos las aguas; desapareció mi Reina Ruidera,;viéndome yo ahogado y fenecido irremediablemente por los siglos de los siglos, pues que comencé a sentir el sarrillo en mis moribundas carnes.

No fuera así, y no sabría decir si por mi desgracia (pues que perdí a Ruidera) encontreme de inmediato en el interior de una seca sima, rodeado de varias personas, entre ellas la que reconocí como el guía de la cueva montesina, el mismo que me acompañara cuando había penetrado en ella. Dime cuenta, por esto, de que extraños y sobrehumanos poderes me habían separado de la más sabrosa y agradable existencia que pudiera apetecer, volviéndome a la luz de esta vida, secana de sucesos para los terrenales amores. Y ello había sucedido en contra de mi volición, pues el tiempo que gocé de mi amada, la sin par Ruidera (gloria del Guadiana, de sus colindantes riberas y praderías, sustento de la hermosura y asiento de toda alabanza), había sido el más dorado de los que ya viviera o pudiera vivir en varios cientos de venideros siglos, si los alcanzara. Mil vidas de este mundo diera yo si alguno de los dichos extraños y sobrehumanos poderes me volviera con ella a las profundidades marinas, aunque fuera con la condición de quedarme en ellas para casta; y, si así no fuere, que el Todopoderoso que sobre ellos se alza les perdone, pues me apartaron de los más agradables y placenteros días que persona haya vivido, viva o pueda vivir en todos sus años, así en la tierra como en el cielo. Pensando ahora en estos sucesos y en su no deseado desenlace, bien entiendo, a mi pesar, que todos los contentos de esta vida pasan como sombra y sueño.

Según me contaron después, no bien fui sacado a la luz de la pradera, sobre la que nace la boca de la cueva montesina, tendido en el barroso y rojizo suelo, dioles por volverme y revolverme, sacudirme y menearme, con lo que, al cabo de un espacio, volví en mí, desperezándome como si de un profundo sueño despertara. Diéronme ropas se-cas de la mochila, aliviáronme de mis congojas, y, habiéndome apreciado la adecuada compostura de huesos y consistencia de carnes, consideraron que ya estaba repuesto para continuar en mi camino.

¡Has tenido suerte, tío, pues estuve al loro y te sujeté antes de que te fueras al quinto coño por la pendiente! -, díjome, vulgar y soezmente, el guía cavernario.

Dile las gracias por ello y por el curamiento de las heridas de mi cabeza, a lo que respondió que para eso estaba, para evitar accidentes a los visitantes de la cueva, pero que no tenía conocimiento de que nadie en ella me hubiera tratado tales heridas. Continuó diciendo que lo que verdaderamente le sorprendiera era que yo, en mis últimos instantes de inconsciencia y antes de que volviera la razón a mi cerebro, repetía sin cesar y muy excitadamente ¡la tengo! ¡la tengo!, mientras mi mano asía con fuerza lo que, abierta ésta, se vio era el papel de los versos del añinero Miguel Yáñez.

– ¡Bonita historia la que me has contado -, dijérame luego por el móvil Vitorio, mi clarísimo oyente. Parece una fantasía cervantina.

– ¿Así crees? ¿Así dudas de mí? Si fuere como dices, ¿quién atendió mis heridas que, cuando las viera, las tenía curadas por otra mano? ¿Quién puso en las mías el papel del añinero? ¿Por qué tenía mis ropas mojadas? -, le respondí.

– ¿Y cómo es que tenías ropa seca en una mochila que se había ido contigo al fondo de las aguas? ¿Y cómo es que en tan poco tiempo como el que estuviste entre aguas pudiste vivir tal aventura, que toda entera sucedió en escasamente una hora mal contada, pues ese fue el espacio de tiempo transcurrido entre nuestra conversación del momento en que entrabas en la cueva y esta que ahora mantenemos?. Es claro que sufriste una alucinación por el golpe que te diste en la cabeza -, me contestó. Y continuó, diciendo: Me parece, Románico, que tanta caminata no te está sentando bien. Hablas como si te hubieras contagiado por el mal de don Quijote. No te creas el engaño, pues no eres de engañar por un Maese Pedro cualquiera. Ten cuidado, no vayas a acabar en la casa del Nuncio. Yo, lo dejaría. Con lo que has andado ya, tienes la herencia en el bolsillo.

            Este fue el consejo de Vitorio, que yo rechazaría, porque, ¿qué pensaba? ¿Que era un macapumas? ¿Que no tenía yo ajustados mis basamentos cerebrales, y por eso bailábanme los sesos? ¿Que tenía menguado y descabalado el sentido? ¿Que, al descender a la cueva, me había sucedido lo que a don Quijote, a quien el sabio Merlín le había encajado en la memoria la maquinaria de los sucesos que creyera vivir en ella?.

            No consideré del momento proseguir en la controversia (pues no hay más sordo que el que no quiere oír), que argumentos tenía para certificar la veracidad de los sucesos, ¿pues no veía yo el calendario del reloj de mi muñeca con la fecha y hora paradas en las que, según mi memoria, entré en la cueva?

            Créalo o no Vitorio, no dejaré en silencio esta aventura, sino que la mantendré en mis pliegos tal como la he escrito, sin quitar ni añadir nada, aun a riesgo de que él, su mujer, Carmela, mis Dulcineas  o cualquier otro, en cuyas manos pueda caer, me tilden de mentiroso, porque el aceitoso hilo de la verdad, por mucho que adelgace con la duda, nunca quebrará.

 

–o–

 

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