GALLEGOS, AMO DEL PAISAJE, por Jesús Arenas

Escribir sobre Don Rómulo Gallegos, no es cosa fácil. Nuestro monstruo de la novela hermosa, tiene en sus creaciones muchos matices, que no por el hecho de ser sencillos, deja traslucir una obra pasmosamente calculada y bellamente presentada. Este Ilustre caraqueño, con mayúscula, riega con su prosa ese intenso contenido social, que circundaba y aun en menor proporción, circunda, el panorama de esta Venezuela insólita. Por esa inmensidad productiva e imaginativa, notamos que en primer término fundamenta su fuerza poética en lo que le brinda la naturaleza propia mediante el paisaje. Porque no solo el hombre es reaccionante y reaccionado, el medio natural le hace actuar, por lo que podemos asegurar sin equivocarnos, que recibe el impulso paisajista que lo convierte en esclavo.

Gallegos se adueña del entorno. Pero no para ultrajarlo ni degollarlo sino para adornarlo y enriquecerlo de seres humanos. No se ancla en ese miramiento esencial, en que muchos escritores caen, sino que saca a la palestra a sus habitantes con todos sus conflictos internos, pasiones y sentimientos. En “Reinaldo Solar” (1920) y “La Trepadora” (1925), visibiliza el comportamiento social de la Caracas y las zonas aledañas de su época. Exhibe la bastardía de los hijos. Se llena de imágenes y seres dibujados en toda su humanidad total. “Doña Bárbara” (1929) y “Cantaclaro” (1933) es la plena realización de esa inmensa llanura tan nuestra, tan rellena de vitalidad. “Canaima” (1934) es otra faceta de la dureza de la selva guayanesa; en “Pobre negro” (1936-37) asoma el profundo penar ancestral de los barloventeños y los tuyeros. La necesidad de aceptarlos como parte de la sociedad.

No escapa a su mirada literaria la región zuliana que retrata de cuerpo entero en “Sobre la misma Tierra” (1943) Trazando su viaje geográfico se acerca henchido de universalidad al plano americano, cuando escribe “La brisa de paja en el Viento” (1952) Es quizás el comienzo de su novelística al plano americano. (Cuba) Es una excelente extensión del paisaje a su integralidad. Su alerta es un despertar al lector para que desencadene su interés e identidad geográfica. Verifica su determinismo frente al paisaje, a la voz de la naturaleza que rodea al hombre a través de sus formas y costumbres. A decir de Orlando Araujo, en su libro de investigación acerca de la “lengua y Creación en la obra de Rómulo Gallegos” “el autor exalta al campo a la vez que lanza mimos a la ciudad”.

Rómulo Gallegos sentado sobre un caimán

Por eso difiero de ese pretendido “determinismo del paisaje” al cual hace alusión Araujo. Puesto que desde 1900 venía desarrollándose como una culebra pensamental en la novelística latinoamericana, una tendencia  de “salida del paisaje”, es decir trascender las letras hacia una perspectiva más internacional. Esto porque ya se había iniciado una toma de conciencia de los escritores regionales y latinoamericanos a la realidad de un modernismo apegado a una conciencia propia. Así vemos: a un José Eustacio Rivera con La Vorágine (1924), Manuel Díaz Rodríguez con “Ídolos Rotos” (1901) y José Rafael Pocaterra, “Cuentos Grotescos” (1922) etc.

Gallegos afirma: “estoy interesado en la perspectiva psicológica del personaje más que su conformidad física” Por eso adapta al hombre al paisaje. Lo envuelve en sus circunstancias folclóricas y ambientales. Lo pasea con esa aureola de pesimismo y positivismo, con sus características vivenciales en pensamiento palabra y obra, a un  mundo exigente, áspero, crudo, desnudándolo de realidades. Y así hombre y paisaje se virtualizan y se materializan en una simbiosis ultra interna de hechos cobijados por lo que les corresponde vivir en sus momentos. Emociona esa narrativa apasionante que espiritualiza la naturaleza y la ofrece al lector en forma sencilla pero históricamente compleja.

Gobierno de Romulo Gallegos-1948

Otra cosa son sus recursos literarios. No puedo soslayarlos. Es la imaginación en contubernio con lo que tiene a su vista. En Canaima, por mencionar la obra que nos toca más cerca, dado ese personaje  ambiental que posee nuestro grandioso Orinoco, al que personalmente yo llamo: “Un libro de Agua”, lo inspira y  lo motiva; donde la trama se desenvuelve en contra de ese caciquismo acendrado y el ansia de extraer la riqueza del suelo aledaño. Ahí hallamos la queja de la selva en una desaforada ansiedad de Marcos Vargas, que lo lleva a pisar Ciudad Bolívar para intentar redefinirse como enamorado de una dama guayanesa y mezclar ese amor con la infinidad de negocios no muy transparentes. Con esa hilera de negocios y personajes, el drama se enjuaga entre el calor y la neblina de un hábitat cruel y muy realista. En todo ese ambiente, que sin demasiadas sutilezas recorre el escritor, el paisaje es  misterio, intriga/ leyenda, y lo hizo amo y señor en todas las  obras de la Era Gallegos.

 

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