A TRAVÉS DE VELARDE por Ileana Garma

Había planeado diez días de un ir y venir por todo el estado de Zacatecas, por sus tierras bajas y altas, rojas o espesas. Y ya a salvo en el avión me di cuenta de que no había guardado en la maleta un sólo libro. Me pareció que era un castigo terrible por haberme levantado tarde, sin embargo, fue entonces cuado aprendí a leer no sólo las páginas de los buenos libros, sino también los recuerdos.

Poco a poco cayó en mí aquel ensayo de Ramón López Velarde: Fresnos y álamos. Estuve en Sombrerete, Pinos, Guadalupe, Fresnillo, y por supuesto, en Jerez. De pronto fue como si estuviera viviendo a mi manera aquel maravilloso texto de Velarde, era verdad, estaba rodeada de fresnos y álamos, y campos que parecían la capa de un agonizante príncipe, campos rojos sacudidos entre cielo y cielo, y cactos y casas de tabique que perdían las ventanas por la fuerza del viento. Abrí la puerta de un hotel desconocido y nada de eso empujó mis pupilas para entregarse, sino que me olfatearon como perros de caza, como la lluvia olfatea a los abandonados.

Sombrerete
Jérez
Pinos
Fresnillo

Durante esos diez días, regresaba al hotel ya tarde, y me sentaba a escribir las cosas que sin Velarde estaba descubriendo, sé que tenía como a un mapa las palabras del poeta, pensé: hay eucaliptos también, y dátiles, días que se deshilarán como un telar viejo, costumbres terrosas que no me dicen nada, pero el llano me sujetaba con la mano de su ocaso, el llano me levantaba con el rojo de sus gritos.

Conozco un rumor en torno a la muerte del creador de Suave patria, que cuenta que el poeta murió a los treinta y tres años, no sólo a causa de una bronconeumonía, sino también a causa de la sífilis. Quizá por eso en ese ensayo, Ramón apunta: “Mi vida es una sorda batalla entre el criterio pesimista y la gracia de Eva. Una batalla silenciosa y sin cuartel entre las unidades del ejército femenino y las conclusiones de esterilidad. De una parte, la tesis resaca. De otra, las cabelleras vertiginosas, dignas de que nos ahorcásemos en ellas”  Ese texto, lleno una búsqueda del amor, lleno de la sana tristeza y el recuerdo de una tierra en parte perdida, se encontraba para mí en cada resquicio donde posaba la mirada. Es hermoso, me dije, aunque duele todo el cuerpo es hermoso, el amor todavía tiene grietas que se inundan de sudor como una zanja entre los matorrales, y es hermoso. Hablaba, para poder sentir por un segundo la pesadumbre de los párpados, pero como Velarde también, para que algún amor pudiera viajar en mí, como en esas tierras los amantes coyotes llevan entre los dientes a sus cachorros.

Catedral de Zacatecas

Y ahí, en Zacatecas, despertaron latiendo cual manantial, otras reflexiones de Ramón, que yo había ido tomando de sus ensayos y poemas. Me dije; uno puede ser aquel tigre que escribe ochos en la jaula de la soledad, como está escrito en Obra maestra, uno de los ensayos más hermoso de Velarde, donde da muestra de su inevitable preocupación por la soledad.  Para mí, uno escribe ochos en medio de las masas cuando no ha podido liberarse de uno mismo. Uno choca con las multitudes como murallas eternas, cuando no ha podido superar su egocentrismo y darse a otro. El tigre es un niño que tiene miedo de salir y que a fuerza de estar encerrado se lastima a sí mismo, aporreando su cola contra los barrotes.

Sí, se lee también de esta manera, con una mochila a la espalda, mirando por la ventanilla de un autobús, releyendo, apoyándose en la memoria para enfrentarse a la realidad. Incluso, ese otro ensayo de Ramón López, llamado En el solar, latió dentro de mí durante todo el viaje, y pude darme cuenta de que estaba viviendo tres espacios; uno era la fantástica ciudad de Zacatecas, otro era el de las palabras de Velarde, y el otro, mi propia infancia, a la que sólo podía regresar porque estaba en Zacatecas, porque no había llevado ningún libro y porque recordaba En el solar. Estuve segura entonces de que, la historia de nuestros cambios es también la particular historia de nuestras casas, nuestras costumbres, nuestros padres, en mi caso, la historia de mi adicción al café y los padres que no se encontraban conmigo, la fotografía de aquella casa con rejas oxidadas y una pila rellena de polvo.  Velarde dijo al entrar a su casa “he abierto una de mis ventanas para que entre por ellas el caudal hirviente del sol. Y la lumbre sensual quema mi desamparo y la sonrisa cálida del astro incendia las sábanas mortuorias y el rayo fiel calienta la intimidad de mi ruina”.

Zacatecas

Finalmente, decidirse por ser lector, no sólo es encerrarse en una biblioteca, es abrirse las calles mal caminadas y como un fantasma regresar a ellas, a pretéritos encuentros y pláticas y aprendizajes, abrir los ojos más que nunca aunque la tranquilidad se convierta el temblor, y la inocencia en malicia.

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