NOSTALGIA EN KIOTO por Antonio Costa

     Estaba en el Pabellón Dorado. En la novela de Yukio Mishima, que se inspira en un hecho real,  el personaje se siente tan abrumado por su belleza que acaba quemándolo. Era algo ligero y delicado, varias galerías superpuestas con un fénix dorado en lo alto,  que se reflejaban en el agua. Era lo leve y lo elusivo, el sueño y la imagen, lo intocable y lo inapresable. Resultaba tan fascinante su reflejo en el agua como el propio edificio.

      Estaba en el barrio de Gion y miraba  las casas  tradicionales de madera de planta baja, donde vivían las geishas Las veía pasar con sus pasitos cortos por la calle empedrada, con sus quimonos sujetos en los riñones por sus obis como camelias. Y me sugerían tardes delicadas y conversaciones incorpóreas. Los europeos creen que las geishas son prostitutas, pero son damas de compañía para la tarde, que saben mucho de arte, música y poesía. Geisha etimológicamente significa artista. Forman parte de ese artistizar y sutilizar la vida que los occidentales en muchos casos no comprenden. En el teatro Gion Corner había una sesión de cuatro horas para turistas que daba una idea rápida del arte de vivir japonés: un poco de arreglo floral ikebana, secuencias de teatro kabuki, danzas, canciones tradicionales, nociones de caligrafía.  

El autor Antonio Costa en el Pabellón Dorado

Estaba en el callejón Pontocho y  era como recorrer un sueño abigarrado. A los dos lados te abrazaban tiendas de envoltorios exquisitos o de regalos, restaurantes cuyas muestras eran de una caligrafía hipnótica,  locales con pequeños jardincillos zen de piedras en la entrada, trozos en que uno se asomaba a rincones secretos del río Kamo, recintos de los que salían músicas apuntadas, pequeñas junglas que parecían abrazarte.

     Estaba en el palacio del Shogun y  tus pasos resonaban en la madera del suelo porque el shogun siempre quería oír quien venía, y te pasmabas en los grandes biombos con poemas escritos,  en las enormes salas con telas expuestas, en las galerías que daban a jardines sin árboles porque el shogun no quería que la caída de las hojas le recordase su mortalidad, en las cornisas y los techos labrados.

Río Kamo. Foto de Luis Rodriguez

       Yasunari Kawabata hablaba de las colinas orientales  en “Kioto”. En esa novela todo es evocación y nostalgia, lo esbozado y lo inacabado,  un hombre pinta un kimono con un diseño recordado, ama a una mujer porque le recuerda a otra, desea hacer cosas pero no se atreve a expresarlas. Quizá la ciudad sea también esa búsqueda, esa nostalgia. La podría encontrar en el camino de la Filosofía, al que salen a meditar los montes, que va desde el pabellón de Plata al monasterio Rioanji. Uno se siente especial y exquisito en ese sendero que serpentea entre cerezos y atraviesa riachuelos, pequeños estanques, jardines, espesuras de olvido , precipicios.

Kyoto

     Y se termina en el monasterio Rioanji, donde se encuentra el jardín zen más fascinante del mundo. Son unas cuantas piedras en desorden en un patio lleno de arena. Uno se acerca al patio con los pies descalzos en una galería de madera. La gente se pasa horas mirando esas piedras sencillas, con sus formas casuales, con su densidad, que tienen todo lo que no sobra en tantas contemplaciones, que concentran la atención, que eliminan de la cabeza todo el ruido y  la distracción. 

Jardín del templo Rioanji

       Kioto  estaba en esa contemplación propia de un haiku.  Era  la evocación en las construcciones perdidas y solitarias de la Colina Oriental.

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