ALCÁZAR DE SAN JUAN Y SANTA MARÍA LA MAYOR: DE SU TRAZA ROMÁNICA A COLEGIATA DE SAN PEDRO Y SAN PABLO por Miguel Romero Saiz

“Ahí, en Alcázar  de la Mancha, Santa María la Mayor inició historia, San Juan con los hospitalarios sentó feudo y quizás, Miguel de Cervantes, tuvo a bien sentir el peso de su bautismo.”

Cierto es, que en esta tierra de Alta Mancha, donde los dorados ocres al sol alimentan el espíritu del viajero y hacen recrear el buen cultivo del cereal, las civilizaciones dejaron huella perenne que ha hecho crecer el carácter de unas gentes hospitalarias y de humildad. Así lo es, sin duda.

Uno gime ante la excelsa llanura, pero el lloro se manifiesta en humedales acuíferos que dan vida a las lagunas que reflejan la luna en cada noche. Los complejos lagunares del Camino de Villafranca, la Veguilla y las Yeguas hacen de esta comarca esa Mancha Húmeda que a bien tuvieron conocer, el Hidalgo Manchego o Christian Andersen.

 

 No hay límite entre su caserío. Asiluetado entre el cerro de San Antón, sus espigas arquitectónicas lo definen en torres, eclesiales y defensivas, ambientadas en época del Barroco, mientras sus fachadas blancas con escasa altura, hacen el recorrido manchego por excelencia y puedes refrescar esa garganta con el bálsamo de un vino, hecho en buena bodega. Arriba, en la loma más severa, las aspas molineras giran buscando progreso. Es un buen lugar para el sesteo, como lo es para el regocijo y la búsqueda de cultura y progreso.

Alcázar de San Juan

Pero en Alcázar, la huella de su pasado es profunda y perenne. Tal vez, tendríamos que reverberar en eso de que la historia define como oráculo del tiempo y así podríamos determinar que la antigua ciudad romana de ALCES, conquistada por Graco, bien pudiese haber habitado por estos lares. Tito Livio nos la cita en su itinerario romano al hablar de su situación en la parte occidental de la Celtiberia, colocándola a unas catorce millas de Laminiun (Daimiel) y que confluye en este lugar de Alcázar. Tal vez, podría ser esa misma que otros llamaron MURUM y que a bien tuvo de reservar bellos mosaicos de los siglo I y II d. d C. y por eso, en el templo romano comarcano para su culto, se sentaron las primeras piedras de lo que luego sería –en ese tiempo del medievo- una gran Colegiata.

 

De una u otra manera, esta tierra era propicia para el poblamiento. Lo era por muchas razones. El agua fluye entre las cuencas de varios ríos, Guadiana, Córcoles, Jigüela y Záncara y aunque todos de poco caudal por esta comarca, si han servido de referente hidráulico de una tierra llamada de “pan llevar” en mucho tiempo; luego, su intersección entre grandes ciudades celtíberas, tal cual Segóbriga por allá por Saelices y de camino a Emérita Augusta donde los militares eméritos del Imperio romano iban a descansar, le hizo alcanzar cierta importancia en aquellos tiempos pasados.

Aquí hubo fuerte lucha entre celtíberos y romanos. Lucio Póstumo la atacó varias veces por refugiarse en ella los celtíberos de Turro, el mismo que luego ocuparia las filas romanas participando en aquella batalla de las faldas del Cauno. Este lugar de Alces, arrasado por las tropas romanas de Graco apenas mantuvo en pie el caserío.

Es posible, que el primitivo templo comarcano aquí hecho, sirviera un tiempo después, de cuna a una mezquita musulmana bajo dominio de Al-Ándalus. De ahí, la huella de esa traza románica donde el visigodo dejó su impronta para que los reyes reconquistadores hicieran parroquial en 1226 con el nombre de Santa María la Mayor.

 

Este edificio sorprende al que lo visita. Pequeña pero grandiosa. Su aspecto exterior, sin apenas altura, confunde de la gran riqueza arquitectónica que encierra por ser cruce de estilos. Se hace grande entre la piedra arenisca rojiza, abre el ábside románico excelso con restos visigodos entre sus muros, atrae el mudejarísmo del siglo XII y adintela yeserías policromadas en perfecta hechura de un sentimiento religioso de primer orden.

Abre a la vista un edificio sólido donde la piedra, como material noble, va a ocupar las zonas más importantes y de mayor resistencia del edificio. Ahí, zócalos, esquinales y portadas, donde esa misma piedra está cortada en forma de ese tipo de sillares isódomos. Curioso.

 

Esta parroquial sufrió avatares entre reyes, nobles y agarenos, pero su traza mantendría la hechura que le hizo ser bella y poderosa en los sistemas eclesiales de la Alta Edad Media.

En aquellos tiempos, este lugar toma el nombre de Alcázar –nombre de origen árabe-, alcanza esa independencia como templo y se modela en sus tres naves de cruz latina en composición románica. Cubierta por bóvedas de yeso con esa central de cañón dividida en ocho tramos por arcos fajones con lunetos, le permitirá tener un espacio amplio y cómodo para los numerosos fieles que la visitan. Es un acogedor oráculo.

 

El ábside es su santo y seña. Circunvala su interior y a la derecha del altar se ve ese arco de medio punto románico y de piedra que huella la mano de su fundación. Así lo vieron los reyes castellanos del XII, pues un Alfonso, el VIII por más señas, reconquista, la Orden de los Hospitalarios de San Juan desde su sede en Consuegra la testimonia, Alfonso IX la dona a Juan Muñiz e hijos, pasando curiosamente por donación y posterior venta, a la orden de Santiago por un escaso tiempo, para que luego, un poco después y, antes de que Alfonso X la conociera y le hiciera Cantiga con número 246, la orden de San Juan la recuperase para varios siglos después.

El Sabio supo agradecer a Santa María el haberse aparecido en aquel Alcázar como reclamo, pues a bien decía en texto romanceado:

“Una mujer iba todos los sábados a la iglesia de Santa María de los Mártires, fuera de las puertas del Alcázar, un sábado se le hizo tarde y el templo estaba cerrado, estuvo en oración en el exterior del mismo y éste se abrió milagrosamente, cerrándose de la misma forma. A su vuelta a Alcázar encontró las puertas de la población cerradas y se le apareció la Virgen que la llevó hasta su casa, revelándole su identidad: -Soy quién socorre en sus cuitas a quienes me necesitan, la que Dios eligió para encarnarse-.”

Pila Bautismal

Cuando en 1226 se declaraba parroquia por el propio Arzobispo toledano y pasara a la propiedad de la Orden de San Juan, el lugar comienza a engrandecerse. Luego. Un breve pontificio la declarará Colegiata para servir de advocación a los Santos Pedro y Pablo.

Pero su transfiguración es tan curiosa como su mezcla arquitectónica. De Santa María como origen a Nuestra Señora de la Asunción como patrona por eso de la advocación sanjuanista, tallando en yeso, madera, hierro y piedra, la cruz de San Juan por todos sus interiores devotos, luego la Virgen del Rosario llamada del Naval, aparecida en la batalla de Lepanto, presidirá la iglesia desde el siglo XVI, momento en el que el Renacimiento italiano rehace la mayor parte del templo con sus capillas interiores, portadas en el exterior y detalles renacentistas en su ornamento.

 

La piedra primitiva dio paso al ladrillo dispuesto en cadenas verticales y horizontales, luego los contrafuertes laterales y las ventanas adinteladas nos rematan esos florones y rejas con la típica cruz de San Juan, sus señores. Ahí, se abrió el manierismo porque en su fachada norte, la puerta de entrada da severidad y estilo en ese arco de medio punto construido con sillares almohadillados.

 

En el mediodía, dos ángeles transportan la cruz hacia el Sol para darle nombre a esa puerta por donde Don Juan José de Austria, hermano bastardo de Felipe II, tantas veces entrase en su destierro alcazareño. Él, no sabemos bien porqué, reside en esta ciudad un largo tiempo. Sus desventuras a partir de aquella batalla de Lepanto, sus amores y desamores, su rebeldía altozana y todo su reencuentro con la historia, le hizo habitar, recrear espíritu y sentir a Alcázar como el hogar más austero para revivir sus tiempos de gloria. Por eso, aquí, en ese Torreón que lleva su nombre, dormitaba, oraba y leía a todos los clásicos como medida de refugio solemne.

Por eso, este lugar de La Mancha fue centro de referencia. En él, halló la historia parte de su contenido y desde aquellos tiempos remotos, donde las huellas del romano y el agareno quisieron dejar impronta, los testigos del Imperio cristiano de Carlos V y la monarquía universal de Felipe II hicieron camino para el florecimiento de su caserío más solemne. Aquí, había torres: dos por más señas. La primitiva que en alminar árabe advirtiese del culto y la segunda, de un barroco intenso, que le acreditó durante mucho tiempo como el símbolo de puro recodo arquitectónico. Una y otra, perdieron el equilibrio dejando desmochado este templo que tiene en la historia, tanto recuerdo como su profunda trascendencia en el devenir de este lugar. Santa María lloró la caída de sus torres, porque desde ellas, vigilaba la oratoria y la devota compostura del alcazareño del medievo.

Yo llego, entro, miro a mi alrededor y contemplo el escenario. Es un templo bello, casi perfecto en simetría y el coro me advierte del canto de aquellas corales del XVI. Enfrente de él, un retablo maravilloso reluce en dorados profundos de madera bien hilvanada. Está en el altar mayor, el que preside, y es una perla del Barroco -o pro-barroco como dicen otros- dedicado a la Asunción de María y en el que Diego de Barroso, el maestro cantero y arquitecto puso la maestría en su traza, más luego su hermano Miguel, cinceló y pinto aquellos dorados que le dan el brillo más especial a su encanto gracias a esa técnica del estofado.

Temas marianos, dos cuerpos con calles, columnas salomónicas, pámpanos y uvas en capiteles compuestos. Bellísimo en su traza y artístico en su decorado. Una maravilla para visitar.

Y sin salir, ni siquiera dejar de mirar ese recogido entorno interior, la pila bautismal de corte románico me llama al repertorio más literario bajo el palio de su coro. En ella, parece clamar don Quijote pues a bien han tenido muchos investigadores el darle personalismo cervantino, pues en ella se bautizase un Miguel de Cervantes Saavedra, tal vez López por eso de coger el apellido de la madre, pues como hijo de Blas de Cervantes Saavedra y Catalina López, allí quedó registrado. Eso lo dice y lo sabe Blas Nasarre en 1748, bibliotecario mayor del reino, al escribir al margen de dicha partida bautismal la siguiente nota: “Este fue el autor de la Historia de Don Quixote”.

Pila Bautismal donde fue acristianado Miguel de Cervantes

Ángel Ligero Móstoles, Francisco Saludador Merino, Rafael Mazuecos Pérez-Pastor, Manuel Rubio Erguido o Bruno Redondo lo dicen en sus escritos, pues abren tradición cervantina en esa partida de bautismo encontrada en la iglesia de Santa María:

“En nueve días del mes de noviembre de mil quinientos y cincuenta y ocho bautizó el Reverendo Señor alonso Díaz Pajares un hijo de Blas de Cervantes Saavedra y de Catalina López que le puso de nombre Miguel, siendo padrino de pila, un tal Ortega, acompañado de Juan de Quirós y Francisco Almendros, junto a sus mujeres.”

Pero, la historia siempre es sabia. Por eso, el tiempo cronológico se cruza en el camino de la investigación más exigente y nos provoca la confusión del misterio. Este Miguel, bautizado en Alcázar nació once años más acá en el tiempo que el alcalaeño y nos dificulta su proceso, pues según estos datos, cae en negativa aquel servicio de camarero con el cardenal Aquaviva y la participación con cautiverio en Lepanto. Ya se rompería la tesis, no sin antes, recrear como bien se sabe, en Jornadas literarias quijotescas donde Alcázar de San Juan hace meritoria estampa cultural, pues escultura al cervantino allí se hace para el bien de la humanidad que le recrea.

Partida de Bautismo de Cervantes. Alcázar de San Juan

Y es que, amigos, curioso pudiera ser eso de su apellido Saavedra, algo que en la partida bautismal de la Alcalá del Henares no se refleja y, no con ello, lo defendiera y bien Ángel Ligero Móstoles por eso de ser éste “el lugar de la Mancha” que bien alude el texto universal. Ahí, las teorías abren especulación obligada, haciendo cuna del nombre del lugar: tal vez Argamasilla o quizás Villanueva, prorrogando de esa manera el diálogo de expertos, pues bien podría haber nacido en Alcalá, ser bautizado en Alcázar, departir vida en Argamasilla, aprender primeras letras en Villanueva, al lado de los Infantes, iniciar escrito en Herencia y convivir en Criptana.

Hay, sin duda, un cervantismo alcazareño de recio abolengo y peso, pues ahí, una iglesia de Santa María, emblema de todo arte bien trascendido, entre el peso de la historia y la tierra manchega, amplia y ocre, se recuestan los Hospitalarios, se cobijó Alfonso X, luego tuvo a bien pasear Sancho IV el Bravo, nació Fernando IV el Emplazado, compró hacienda el conde de las Cabezuelas, se bautizó Fran Juan Lobo y compartieron patria natal Ángel Lizcano, Antonio Díaz Miguel o Corredor Mateos con su poesía en ristre, haciendo más literaria la poética del tiempo.

Pues el barroco marca la impronta en aquellos lares. El siglo XVII, pudo ser el momento de mayor apogeo de Alcázar de San Juan. La época de la explosión ganadera, con la trashumancia – tanto lanar como mular-, ya iniciada en el XVI, con esa necesidad de roturación de cultivos en amplias llanuras manchegas, más esa amplitud de pastos donde el rico ganado criase. Luego, la abundante recolección de la lana y la comercialización de productos artesanales como el salicor y barrillas para la fabricación de jabón, hicieron de Alcázar de San Juan un centro neurálgico de la comarca. Desde el vino de Tomelloso hasta el aceite de Jaén, todo se abría en amplio comercio castellano.

El caserío comenzó a crecer, los edificios dedicados al salitre crearon una visión diferente del lugar, los telares de lana, batanes, tintes, fábrica de curtidos y loza, hasta los molinos de aceite a tahona, de harina y de viento.

En este periodo las tierras son cultivadas todas y los vecinos empiezan a ocupar quinterías abundantes que le dan un toque especial a su poblamiento. Estas casas de campo o alquerías dedicadas en gran parte a la recolección de frutos, comenzaron a ser importantes en los siglos XVIII y XIX, siendo las más importantes el Villar de las Motillas y San Lorenzo de Cervera, donde las norias regaban su extensa producción. Incluso en esta última, las aguas del Guadiana le provocan un paisaje de humedales y cromáticos rincones.

Crecen los espacios a construir, se amplían calles empedradas y florecen edificios religiosos. La Casa del Corregidor, cuadrado y amplio su edificio, acoge el gobierno municipal de una ciudad en alza; cerca de mil doscientas casas van ocupando caserío, dos parroquias acogen al vecindario, la de Santa María, la Mayor y más hermosa por herencia y la de Santa Quiteria, servidas ambas por párrocos que son titulados como Priores, pertenecientes a la Orden de San Juan, aquel convento de franciscanos levantado en el 1532, el de la Santísima Trinidad un poco después, por el 1625, las monjitas de la Concepción en ese siglo XVI de crecimiento constructivo, o el de San José en 1625.

Convento de Santa Clara

Al hilo de todo aquello, la afluencia de carreteros obligó a tener buena posada. Este cruce de caminos, hacia la Meseta alta y desde la Andalucía oriental, tenía aquí parada y fonda, en eso dos posadas y alguna casona de reencuentro podrían albergar, no con mucha comodidad, el constante flujo de transeúntes.

Don Gabriel de Borbón, siendo prior de la Orden, hizo hospital y al lado, un pequeño teatro divirtió al público en los años del siglo XVII. La gente, deambulaba por sus avenidas donde algún árbol le daba el toque de solemnidad, mientras el regocijo y descanso lo hacía su fuente de cuatro caños en la plaza más amplia del lugar.

Santa María era la principal en hermosura y en arte. Todos los estilos habían dejado su impronta y su rica huella, pues a bien tenían el visitarla todos los que por aquí habitaban y pasaban. En tiempos del Priorato más floreciente, cuando Alcázar era el punto neurálgico del mismo, la vecindad de Herencia, Villarta, Arenas, Madridejos, Consuegra, Urda, Quero, Villafranca, Camuñas, Villacañas, Tembleque, Turleque, Argamasilla y las aldeas del puerto Lápice y las Labores, dependieron de su alfoz hospitalario juanista, recorriendo a pie sus extensiones para llegar a la Colegiata, orar en advenedizo tiempo y recrearse como flujo del pasado. Eran tiempos de cambio en ristre, revueltas monárquicas y guerras carlistas, por eso en el XIX, la riqueza de un infantazgo popular lo poseía la familia Borbón y Braganza, la misma que en tiempos lo hubiera regentado y que ahora, perdía su propiedad por decisiones reales.

 

Torreón del Gran Prior y Cubillo

Y así queda Alcázar con su insigne Torreón del Gran Prior, santo y seña de una villa monumental e histórica, la misma que irradia sabor popular o que como capital geográfica de La Mancha, tal cual nos diría el maestro Azorín, espolvorea por doquier un gran sabor cervantino y hace de su paisaje un paisanaje solemne.

Molinos de Alcázar

Arriba, el viento solanero se recrudece en sus molinos, antaño catorce, pues eso dicen los papeles viejos de 1860, que desde el cerro de San Antón ya citado o los cerros de San Isidro y el Tinte, molineaban para todos los del lugar, comarca incluida y que en cita hermosa afino:

“Con el solano, el ábrego o el cierzo, las aspas de estos molinos saben hacer piruetas, lanzan al viento avutardas de letras, rebuscan las sílabas de entonaciones poéticas que en Alcázar conjugan lo blanco y lo negro, expresando la belleza de un paisaje solemne envuelto en torres que ha cincelado el artista, más bien buscando maquila como aquella ganancia que un molinero pedía a su Virgen de Santa María.”

Patio de la Casa Museo del Hidalgo

Esta es, amigos, la ciudad de los molinos que titulara José Fernando Sánchez, pero también es la ciudad de la Orden de San Juan por su refugio patrimonial de la misma, lo es, en cuerpo y alma, acrecentada por esa Escuela de Escritores “Alonso Quijano” que, a vuelo de sílaba y pluma hace grande a este lugar, maravilleando del aire que movieron y mueven las aspas del futuro, gracias a todos, desde el Urema, el tío Simón, Venganza, la Horca, la Motilla, el Chopo, el Tinte, el San Antón, el Carbón, el Chirolo, el Pinto, el Santa Bárbara, el Cabaílla, el Cana, hasta el Pescado o Molino de Teresa, uno a uno, apelativos que nos adentran en la memoria histórica de la ciudad y que rodean con fuerte estilo de futuro a su iglesia catedral de Santa María la Mayor, la más antigua, solemne, artística y bella.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *