CAMINO DE SANTIAGO (III PARTE) por Xavier Eguiguren

Un mar de niebla, de humedad sin fin. Piel de agua efímera cubre formas animadas e inanimadas. Envuelve mi cuerpo el oxígeno limpio de la mañana, empapa esta cabeza el infinito de los pensamientos circulares, y ajenos los pies, caminan sin dar cuenta de sus experiencias con los guijarros, siempre adelante por el trazado del recogimiento.

Cae la lluvia al iniciar la segunda etapa del camino primitivo, trayecto que va desde Villapañada a Bodenaya. Disfrazado de hora, minuto y segundo, un Dios es dueño del tiempo, ese momento quiere vivir eternamente, y se hace renglones en un libro del caminante. Un cuaderno de firmas que duerme para siempre en el albergue de San Juan de Villapañada.

 

Una mirada al camino ya andado, respirar profundo, el peregrino se solapa con los sueños hermosos de lugares ancestrales, primitivos sentimientos de respeto y amor en grado superlativo.

El santuario de la Virgen del Fresno siglos XVI y XVII, lejanas oraciones de tiempos pasados dicen “Sed para nosotros, oh, Virgen del Fresno, faro luminoso que nos guíe, ángel tutelar que nos defienda y báculo firme que nos sostenga“.

 

San Marcelo, el arroyo de La Meredal que acompaña al caminante. La iglesia de Santa Eulalia de Doriga, consagrada por el Obispo Pelayo en el siglo XII, el palacio de Doriga construido entre los siglos XIV y XVI.

 

Mojados, secos, y de nuevo humedecidos por las inclemencias. Vivos colores, piel y carne, víctimas de mil fricciones, efecto de un movimiento rítmico, caminar, caminar y siempre caminar.

En Salas, la Colegiata de Santa María la Mayor se alza en el casco antiguo desde el siglo XVI, el palacio de Valdés Salas y la torre.

 

El dolor en la planta de mis pies no empaña la senda, los sentidos la perciben maravillosa y depurativa. Me regocijo con colores del bosque, lo invaden todo, las fuentes y las hadas, pequeñas setas anaranjadas, puentes desvencijados construidos con viejas tablas.

En el albergue de Bodenaya, el hospitalero nos recibe emocionado, las palabras tocan el espíritu. Nos sentimos minúsculos frente a la esperanza de poder vivir para siempre con el corazón, en ese pequeño espacio honorable y pacífico, que es un bello mundo.

Y ahora que el camino y sus moradores descansan, soñamos con castillos, con un primer camino y olor a palo santo.

¿Duermes?

 

Camino

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