LA LIBRERÍA ESPECTRAL DE UMBERTO SABA por Antonio Costa

      La ibamos buscando, mirábamos con expectación a derecha e izquierda y entonces preguntamos y estaba allí mismo delante de nosotros. Era la librería de Umberto Saba que habíamos visto reproducida en la exposición sobre Trieste en Barcelona. Entramos y vimos una acumulación tremenda de libros, por todas las paredes en estanterías y en bultos, y encima de las mesas y en los huecos de las ventanas, y un señor mayor nos preguntó amablemente que deseábamos, le preguntamos si podíamos admirar el local que era famoso y nos dijo: sí, claro, dijo que no era famoso, le dijimos que la habíamos visto en la exposición de Barcelona,  dijo que en ese caso era famoso para nosotros.

    Nos contó un poco la historia de la librería, el poeta Umberto Saba era el dueño en los años treinta, pero con la guerra mundial como Saba era judío fue deportado y le confiscaron la librería, un empleado se quedó con ella y la puso a su nombre, después de la guerra el poeta  la recuperó pero se asoció con un empleado que tenía  más posibilidades, y él era hijo de aquel empleado, de modo que la librería estaba en la familia desde hacia mucho tiempo a través de los caprichos de la Historia, y era de las pocas librerias que quedaban como antes, donde se amontonaban los libros de papel que olía y se podía tocar y soltaba polvo, esos tesoros que se podían explorar con las manos y los ojos en los rincones de una tienda, ese papel todavía carnal y sensual que aún se acerca a nuestro cuerpo, el alma es algo carnal, se siente, se huele, ya lo decía Unamuno, ya lo decía Ernesto Sábato.

Antonio Costa en la librería Saba. Foto: Consuerlo del Arco

    El hombre nos enseñó algunos tomos interesantes, ediciones de las poesías de Saba con portadas sugerentes o  grabados muy valiosos, esos volúmenes que podian llenar de alma una casa, que podían hojearse de vez en cuando y acariciarse como si fueran amantes, y nos mostró revistas antiguas donde salía Trieste hacía muchos años, nos habló del viejo Trieste, de que era el desahogo del imperio austrohúngaro, por donde llegaban los vieneses al agua, por donde salían al Mediterráneo y parece que eso los libraba un poco de ser totalmente germánicos y les daba un toque de locura mediterránea, y nosotros alucinábamos al mirar todo aquello, no nos atrevíamos a tocarlo, estaba lleno de aura aunque Walter Benjamín se  empeñó hace tiempo en que el arte había perdido su aura, pero Trieste estaba lleno de aura y lo estaba aquella librería .

     Aquel  señor nos atendió amablemente durante mucho tiempo, tú le dijiste también que ibamos por tierra hasta el Caucaso, le diste la lista de países, y él dijo: un recorrido por toda Europa, realmente nosotros  atravesamos Europa de un modo extraño y le palpamos las entrañas  y fuimos a sus confines, le dijiste que yo iba a escribir como le decías a todos, que yo era escritor, y el hombre me deseó suerte, le pregunté si Rilke había estado en Trieste y me dijo que no, que estaba en Duino pero nunca había bajado a la ciudad, realmente le daba la espalda, me pregunté si habría alguna razón, tal vez era que él en aquellos momentos quería estar salvaje y solitario en su castillo y no quería  huellas de cultura ni charlas.

Librería

El hombre nos habló de personajes importantes que habían estado en Trieste, de D Annunzio, que la reivindicó violentamente para Italia, de las convulsiones que se habían producido en la ciudad, matanzas de eslavos, ataques a edificios representativos, asaltos de periódicos, arrebatos de racismo en la ciudad que había conocido  tantas razas, y  me acordaba  de que Richard Burton,    aquel hombre que había visto el mundo entero,  había acabado en Trieste entre libros y recuerdos,  y la librería se llenaba de espectros,  y me acordé del poema “Palabras” de Umberto Saba: “busco un ángulo del mundo, un oasis/ propicio en que lavaros con mi llanto”

Umbreto Saba en su librería

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