JUAN PRIM, EL GENERAL MASÓN por Faustino Merchán

La figura del general Prim, conde de Reus, su ciudad natal, y marqués de Castillejos, constituyó una de las que marcaron mi juventud, y mi camino vital. Había sido un héroe de las guerras carlistas, uno de los militares españoles más insignes y con mayor prestigio, un patriota e idealista, que antepuso el interés de su patria por encima de su interés personal; poseía dos Laureadas de San Fernando, hacía gala de que poseía “baraka”, término árabe rifeño, de origen sufí que hace referencia a la suerte providencial por bendición divina, al igual que más tarde el general Franco, pues ambos siempre habían estado en primera línea de fuego. Era llamado “el general Bonito”, al igual que el general Diego de León. Con la Revolución llamada “La Gloriosa” expulsó de España a la Reina Isabel II, y no queriendo que ningún Borbón reinara más en España, porque según él mismo eran incapaces, expresó: “jamás, jamás, jamás”. El día de su asesinato, en esos momentos presidía el Consejo de Ministros, había rechazado por encontrarse indispuesto, la invitación del Gran Maestro del Grande Oriente Español, Miguel Morayta Sagrario, del que Prim era Maestro Masón, Caballero Rosacruz, grado 18, para la cena de la celebración del solsticio de invierno, el San Juan de invierno, en su logia, situada en la calle del Arenal, cercana a la Puerta del Sol y a la Plaza Mayor, momentos antes había sido alertado por el Gobernador Civil de Madrid de una conjura republicana contra su persona, pero este se tenía por invulnerable, y no daba crédito, a lo que en la calle se decía, además había tenido ya otros dos atentados, de los que había salido totalmente ileso.

Símbolo de la Masonería

General, parece ser por el propio regente del gobierno, el General Serrano, ya que este era amigo del duque de Montpensier, aspirante al trono español y cuñado de la reina, principal instigador del asesinato del general, junto con el propio general Serrano, el almirante Topete, y el  republicano José Pascual Angulo. Curiosamente, el General Serrano, da nombre a una de las arterias más importantes de la capital del Reino. Estos instigadores querían cambiar los planes de Prim, un espadón progresista, como se les decía a los militares de la época, aunque con un comportamiento dictatorial, pero respetando las leyes emanadas del Parlamento, era poco dado a veleidades, y pretendía traer una Monarquía distinta de los Borbones, con el príncipe Amadeo de Italia, con el fin de atraer a una casta política nueva, de forma que tenía demasiados enemigos en todos los sectores de la vida política nacional. Para la defensa y apoyo al monarca Amadeo I  surgió el grupo violento y represor, denominado “la partida de la porra”, compuesto por exaltados. En la Restauración, inspirada por Cánovas, la partida apoyó al nuevo Rey Alfonso XII.

Juan Prim

Tres grupos de asesinos situados en tres puntos distintos, cada uno con una docena de trabucaires, que no lograron acabar con su vida, aunque le causaron heridas de cierta consideración en el hombro y la perdida de la falange de un dedo, gracias a que llevaba una malla, similar al chaleco de protección actual, y a la eficaz maestría y rapidez del conductor de la carroza, que le condujo inmediatamente a su residencia. Curiosamente, los asesinos que no pudieron salir del territorio español, fueron muriendo en circunstancias misteriosas, Angulo se exilió a París, y el resto, principalmente a los países suramericanos.

Siempre se ha indicado, de alguna manera la responsabilidad en su muerte, de la Masonería, pues en el gobierno, mayoritariamente masón de la “Gloriosa”, estaban muchos de los participantes en el complot contra Prim, como Figuerola, Sagasta, Ruiz Zorrilla, el General Serrano, el Almirante Topete, López Ayala, Romero Ortiz y Lorenzana. Pero esto está fuera de lugar, dado que en el seno de la Orden Masónica era muy querido y respetado, otra cosa es que intervinieran algunos masones a título individual en los hechos que condujeron a su vil asesinato

Gobierno Provisional, 1869. De la esquina izquierda: Figuerola, Ruiz Zorrilla, Sagasta, Prim, Serrano, Topete, Adelardo López de Ayala, Lorenzana y Romero Ortiz (foto de J. Laurent).

Su cuerpo fue embalsamado por la Masonería, con uniforme de capitán general, para acompañarlo en su viaje al Oriente Eterno, por lo que se le colocaron tres frascos del embalsamamiento, formando un triángulo, debajo de las dos axilas y entre las piernas, que reaccionaron con el plomo que recubría internamente el féretro, deteriorando lamentablemente el cadáver, los calcetines estaban marcados con las iniciales CR+, que corresponden al grado 18, Caballero Rosacruz, del rito escocés de la masonería, y los ojos abiertos, de cristal, para su exposición pública. La ceremonia según el ritual masónico tuvo lugar en la Basílica de Atocha, y colocado su féretro en el transepto con la cabeza por delante, mirando para Oriente según el rito masónico, y al término de la ceremonia religiosa con la realización de la cadena de unión y su rotura debida al fallecimiento de un hermano masón. El privilegio de la posición de la cabeza por delante sólo lo tienen los sacerdotes, en los templos católicos, lo que costó su cargo al sacerdote oficiante.

Amadeo de Saboya o Amadeo de Italia. llamado «el Rey Caballero» o «el Electo» (Turín, 30 de mayo de 1845-ibídem, 18 de enero de 1890), fue rey de España entre 1871 y 1873. Fue, además, el primer duque de Aosta.

Al día siguiente, el 2 de Enero de 1871 los madrileños vieron entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado “regalantuomo”, Víctor Manuel II, Soberano de la nueva Italia, según relata Galdós en su crónica de los Episodios Nacionales. En las calles, alfombradas de nieve, se agolpaba el pueblo capitalino, ansioso de ver al príncipe italiano, de cuyo liberalismo y caballerosidad se hacían lenguas los amigos de Prim, que le habían buscado y traído para felicidad de estos abatidos reinos.

Como los españoles no habían visto, en lo que iba de siglo. Rey ni Roque a la moderna, más arrimados a la Libertad que al feo absolutismo, ardían en curiosidad por ver el cariz, el gesto, la prestancia del que nos mandaba Italia en reemplazo de los en buena hora despedidos Borbones.

Entró don Amadeo a caballo, con brillante escolta, y su persona despertó simpatías en el pueblo. El pueblo madrileño se agolpó en la esquina de la calle del Turco, palacio de Valmediano, orilla baja del Congreso, y le vieron muy a gusto desde que apareció por el Prado y embocó el repecho que llaman Plaza de las Cortes. Saludaba con graciosa novedad, extendiendo ceremoniosamente el brazo al quitarse el sombrero.

Alguien aseguró que aquel era el saludo masónico en su expresión castiza, y sólo por este detalle vio en el Rey entrante una esperanza de la Patria.

A todos pareció don Amadeo gallardo, y animoso hasta la temeridad. Y que el hombre tenía los riñones bien puestos y un cuajo formidable, se demuestra con decir que de una monarquía juvenil le traían a reinar en una vieja monarquía, devastada por la feroz lucha secular entre dos familias coronadas. Verdad es que España se sacudió a entrambas como pudo; pero una y otra dejaron en los repliegues del suelo cantidad de huevecillos que el calor y las pasiones de los hombres cluecos, aquí tan abundantes, habrían de empollar más tarde o más temprano.

Venía el buen príncipe de un país en que el pueblo y sus reyes recíprocamente se amaban, y entraba en este, recocido en el hervor de las opiniones, amante tan sólo de irisados ideales, o de vagas incógnitas que sólo podría despejar el tiempo.

Prim, Serrano y Topete subastan la Corona española, La Flaca (1869).

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Y por si no estuviera bien probado el valor del chico de Saboya, la fatalidad le sometió a mayor prueba. Al llegar a Cartagena, diéronle, para hacer boca, la noticia del asesinato y muerte de

Prim, su principal valedor, que le había traído a reinar en este manicomio. Mostróse apenado y sereno el príncipe al recibir este jicarazo. Su arribo a España en momentos trágicos no carecía de romana grandeza.

La Historia, que aún no tenía nada que decir del nuevo Rey, señaló aquel primer paso, puesta la mano en el esforzado corazón del hijo de Víctor Manuel.

En el trayecto por ferrocarril desde Cartagena a Madrid no llegaron a don Amadeo calurosas demostraciones populares.

Diéronle la bienvenida caciques inveterados en la adulación, y alcaldes de Real orden que lo mismo habrían festejado al Moro

Muza si el Gobierno se lo mandase. Llegó a Madrid la Majestad saboyana, y de la estación fue al santuario de Atocha, donde visitó a Prim muerto y amortajado de uniforme entre hachones; y cuando el Rey, con mudo estupor y recogimiento, contemplaba el embalsamado cadáver, este le dijo: “Aprende de mí la inseguridad de las grandezas humanas. Vienes a reinar en España traído por Prim. Pues aquí tienes a tu Prim. Ya no soy más que un nombre, un despojo mortuorio, un tema para que algún sabio cuente lo que hice y lo que no he podido hacer.

Creíste encontrar un hombre, y sólo soy una leyenda, una ráfaga de gloria, un frío mármol quizás y una biografía. Arréglate como puedas, hijo. Consulta el corazón del pueblo, y al son de los latidos de este, pon los del tuyo. Para poseer el arte de reinar, aprende bien antes la ciudadanía. El buen Rey sale del mejor ciudadano”. Oído esto, o pensado, es un suponer, don Amadeo hizo su oficial entrada en la Villa y Corte con la arrogancia caballeresca que le captó la querencia y agrado de los madrileños. Después de jurar en las Cortes, siguió su camino, entre soldados y apretada muchedumbre, prodigando el quita y pon del tricornio, que alguien llamaba saludo masónico.

Visto el paso del Rey, las gentes divagan por las calles, recogiendo de las bocas y de las caras de la muchedumbre la impresión del suceso, y parece que el príncipe italiano, traído a ocupar el trono vacío de los Borbones, había entrado en la capital del Reino con buena sombra. Las mujeres encomiaban al Rey forastero por su garbo y su valor sereno, y los hombres, le veían como una esperanza engarzada en una novedad.

Lo nuevo lleva siempre ventaja sobre lo gastado y caduco. La medicina desconocida consuela al enfermo, ya que no le cure, y el cambio de amo trae algún alivio a los que sufren miseria y esclavitud.

Desde la tribuna de periodistas del Congreso, estos presenciaron la sesión solemnísima de las Constituyentes. Cuentan que el nuevo Rey, bien plantado, la derecha mano sobre el corazón, pronunció con voz entera el Sí juro, sanción elemental de su investidura y primer aliento de su reinado. Le respondió con fervientes aclamaciones la turbamulta que llenaba el salón, voces que fueron ¡ay!, el estertor de las Constituyentes, pues con aquel hálito expiraron y se desvanecieron en la Historia, dejando tras sí un rastro glorioso.

En el propio instante feneció también la discreta Regencia ejercida por Serrano desde que la Democracia se hizo monárquica por el voto de los más, hasta que el Principio se hizo carne en la persona del hijo de Víctor Manuel.

Al salir del Congreso, el Rey alteró la carrera y ordenamiento de

su marcha triunfal, volviendo al Prado para dirigirse al palacio de  Buenavista, residencia del presidente del Gobierno, actual Cuartel General del Ejército de Tierra. No quería entrar en su casa sin visitar a la viuda de Prim, Condesa de Reus y Marquesa de los Castillejos, doña Francisca Agüero. La visita fue breve y patética,

Don Amadeo besó la mano de la desolada señora y abrazó a los huérfanos. Ni él pudo hablar largo por su escaso dominio de la lengua castellana, ni la viuda tampoco, porque la intensidad de su dolor le entorpecía la palabra. De Buenavista subió el Rey por la calle de Alcalá, saludando y saludado con afectuosa cortesía.

Buenos observadores para saber apreciar el momento político por el adorno de los balcones de la carrera. Las irreductibles formas de opinión hablaron aquel día claramente, aquí con las profusas percalinas, allá con la ausencia de toda clase de trapos manifestantes de una idea. Los palacios de Medinaceli y Villahermosa en lo más bajo de la plaza de las Cortes, no habían colgado sus elegantes reposteros, también faltaban los tapices en la casa de Miraflores, Carrera de San Jerónimo, y en la de Oñate, calle Mayor. El veto del alfonsismo era, pues, terminante, más significativo que aquel veto era el de los federales, bien manifiesto en innumerables balcones desnudos, y alguien respondió burlándose: “Poco significa la opinión de la cofradía sinalagmática, conmutativa, bilateral, que muerto Prim, ya no podéis tocar pito, ni flauta”. Alguien dijo: “Tocaremos lo que nos acomode, y vosotros el cuerno”. Y otro replicó: “Sí, sí, el cuerno de Hernani”.

Atentado contra la vida del general Juan Prim en la calle del Turco, la noche del 27 de diciembre de 1870

El día anterior, domingo 1 de Enero, en las rampas aún no concluidas del palacio de Buenavista, para ver salir y pasar tristemente el féretro de Prim. También aquel día cubrían el suelo cuajarones de nieve. El sol se ocultaba entre nubes pardas, ceñudas. ¡Oh luctuoso día, el más triste que yo había visto desde que mis ojos pudieron observar la corriente de la Historia viva!, relata el cronista Galdós. Pasó el coche en que iba el General cuando le dispararon los tiros en la esquina a la plaza de las Cortes, frente al hotel Palace, rotos los vidrios, enlutados los faroles, enlutado el cochero; detrás la carroza fúnebre, lenta como el barquichuelo de Aqueronte. Se vio a los que llevaban las cintas por un lado: el General Contreras, Manuel Silvela y Vicente Rodríguez. Seguía la cabecera del duelo: el General Serrano, Salustiano Olózaga, un obispo, Nicolás Rivero, Moreno Benítez… Ulloa, Ruiz Zorrilla, que se habían adelantado al Rey para llegar al entierro del  gran hombre, y detrás la revuelta turbamulta, diputados y políticos de todas marcas y abolengo. Se pudieron ver a Castelar, a Pí y Margall, a García Ruiz, Sánchez Ruano, Becerra.

Era un desfile de caras que constituían la iconografía política de aquel tiempo, figuras del montón complejo, algunas de las cuales entraron en la Historia, y otras se quedaron fuera mirando a una puerta que se llama del Olvido. En marcha se puso la tétrica procesión, Prado abajo, en dirección del santuario de Atocha.

Pésame de Amadeo I a la viuda del general, primer acto oficial del monarca de la Casa de Saboya, que se quedaba sin valedor en España

Lloraba el día, lloraban los árboles desnudos, lloraba la muchedumbre negra, silenciosa, con el solo rumor de sus pisadas. Así fue llevado al sepulcro el hombre que ejerció en

España durante veintisiete meses una blanda dictadura, como Presidente del Consejo de Ministros, Ministro de la Guerra y Capitán General de los ejércitos, poniendo frenos a la revolución y creando una monarquía democrática como artificio de transición, o modus vivendi hasta que llegara la plenitud de los tiempos. El mismo día, tempranito, se habían realizado los funerales masónicos que se hicieron al General en la basílica de Atocha. Los más curiosos se colaron en el sacro recinto y en la capilla que los atrevidos masones convirtieron por un buen rato en logia o taller. Nunca vi cosa semejante, relata Galdós, alarde atrevidísimo de licencia cultural. En los tiempos que corren, aquel acto habría sido la más escandalosa de las profanaciones, merecedora de los tizonazos del Infierno. Yacía el cadáver del héroe de los Castillejos en una capilla de las primeras a mano izquierda, descubierto en su caja bronceada. De la otra parte del templo venía el tintín de campanillas, señal de misa, y se oían pisadas y carraspeo de viejas. Los masones, que eran unos treinta, pertenecientes al Gran Oriente Español, dieron comienzo a la ceremonia, sin que nadie les estorbara en los diferentes pasos y manipulaciones de su extraño rito. Lo primero fue hacer tres viajes alrededor de la caja, formados uno tras otro. El primero y segundo viajes iban dirigidos por los dos Vigilantes de la Orden; en el tercero iba de guía el Gran Maestre. Al paso arrojaban sobre el cadáver hojas de acacia. Luego, el propio Gran Maestre dio tres golpes de mallete, un mazo de madera, sobre la helada frente de Prim, llamándole por su nombre simbólico: Caballero Rosa Cruz, Grado 18. A cada llamamiento, los masones, mirándose con gravedad patética, exclamaban: “¡No responde!”. Después formaron la cadena mística de unión, dándose las manos en derredor del muerto. El primer Vigilante declamó con voz sepulcral esta fórmula: La cadena se ha roto. Falta el hermano

Prim en la campaña de África. Batalla de Castillejos. Cuadro de Agusto Ferrer-Dalmau Nieto. Pueden reconocerse en un primer plano al general D. Juan Prim y Prats (con Ros), un poco más atrás al General de los Húsares de la Princesa D. Juan Zavala y de la Puente junto al Coronel del RGTO. de Lanceros Sagunto Nº 5

Prim, Caballero Rosa Cruz. Gr. 18. A continuación el Gran Maestre pronunció un breve discurso apologético, y luego leyó un balaustre, llamadas así las comunicaciones o documentos que las logias de diferentes países se cruzan entre sí para restablecer la fraternidad universal. El balaustre era de la masonería italiana, que ponía bajo la salvaguardia de los Hermanos del Gran Oriente Español la persona de Amadeo de Saboya, encargándoles encarecidamente que velaran por el nuevo Rey, y le protegieran de la maldad y asechanzas de todo género. Luego resultó, que el balaustre era falso, y que Amadeo no figuraba en la masonería de su país, ni pisó jamás las cámaras, logias o talleres.

Superchería fue de un español amante de la casa de Saboya, con tal ardid logró un efecto de propaganda previsora, muy eficaz en la ocasión crítica de aquella traída de un rey para fundar dinastía en país turbulento y alocado.

En la última parte del ceremonial, cuando los Hijos de la Viuda estaban en la plenitud de su abstracción litúrgica, asomaron en la entrada de la capilla dos o tres viejas y algunos inválidos que habían despachado sus misas. Con más curiosidad que espanto miraron y oyeron los arrumacos y el vocerío masónicos. Debieron de pensar que aquellos señores rezaban por sus muertos en una forma y estilo extravagantes; más no veían gran malicia en ello. Sotanas de curas y sacristanes no se vieron que a la capilla se acercaran, lo que demostraba excesiva tolerancia, o vista muy gorda de la superior clerecía de Atocha. Tolerancia hubo de una parte; pero la otra incurrió en el pecado de indiscreción, porque algún periódico describió la ceremonia con todos sus pelos y perendengues, sin omitir las hojas de acacia. Consecuencia de esta simplicidad periodística fue la destitución del Rector de la basílica, don Leopoldo Briones, varón docto y un tanto hereje, según se oía decir; liberal sin careta, muy dado al libre pensar y a la libre crítica de personas y cosas eclesiásticas.

Amadeo de Saboya, dando el pésame a la viuda de Prim

Al enterarse Cánovas del asesinato adelantó que España iba al caos, y desde luego no se equivocó. Amadeo I de Saboya, hombre de honor, renunció al trono con apenas dos años de reinado, hecho insólito en la Historia de España, citando: “porque los españoles son ingobernables”, y se marchó hastiado de un país y de unos políticos que miraban más sus intereses que los del país, ¿Por qué me suena esto? La Comisión parlamentaria con un sumario de más de 18.000 folios plagado de irregularidades, de los que sólo existen actualmente 9.000, fueron estudiados recientemente por el Departamento de Criminalística de la Universidad madrileña de Camilo José Cela, llegando a las conclusiones de aclarar y citar a los asesinos que se han indicado anteriormente. Cánovas tuvo razón, y llegó el caos con la primera República del iluso intelectual progresista, aunque honrado y honesto Pí y Margall, que terminó en las guerras de los Cantones, y el célebre “¡Viva Cartagena!”, que a cualquier español con criterio, le recuerdan los momentos actuales que estamos viviendo, lo que quiere decir que, una vez más, volvemos a tropezar en la misma piedra, lo que nos costará otra vez, volver a empezar de nuevo.

Gaceta de Madrid donde se anuncia la muerte de Prim.

Después llegó la Restauración borbónica, propiciada por Cánovas del Castillo, en que se votó en el Parlamento, la aceptación de la esposa y prima del rey Alfonso XII, María de las Mercedes, hija del Duque de Montpensier. Los liberales progresistas no querían votar a la hija del asesino de su jefe, Prim; surge entonces entre las filas  de los liberales progresistas la figura del ingeniero masón, y más tarde presidente del gobierno, Sagasta, pronunciando su famosa frase “los ángeles no se discuten”, con lo cual se aprobó  el matrimonio del rey.

Prim. Obra de Madrazo

El panteón del general Juan Prim y Prats se trasladó recientemente desde el Panteón de hombres ilustres de Madrid hasta su población natal, Reus, en conmemoración del centenario de su nacimiento, donde se encuentra actualmente.

Con la muerte de Prim se desvanece el sueño de ultramar, por el que los españoles de ambos hemisferios tendrían un futuro común, pues representaba la regeneración profunda de España, rompiendo con un pasado de clientelismo, pues hubiera jugado un papel, sin duda liberal, y que descansa en él la promesa de una España diferente que no pudo ser. Prim no debía nada a nadie, que le otorga una gran capacidad de movimiento, defendió en su doble faceta como militar y como político, sus planteamientos, que evocan un aperturismo, ya que no es un espadón, que provoca pronunciamientos como respuesta. Por el contrario, Prim era político y debatía sus propuestas. Se entrevistó con Lincoln, y la prensa norteamericana le comparó con su presidente, en la negociación de las colonias españolas, siendo su gestión muy positiva, lo que paralizó su pérdida incondicional por España, dando estabilidad al sistema político.

Sepulcro del general Prim. Reus. Tarragona
Batalla de Tetuan- El general Prim a la batalla de Tetuan, el 1860, comandant els caçadors d’Alba de Tormes i el batalló de voluntaris catalans.

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