EL GRAN CAPITAN por Arturo Vinuesa Parral

Gonzalo Fernández de Córdoba no era de los llamados por entonces soldados de fortuna sino que pertenecía a la nobleza andaluza, la Casa de Aguilar, como hijo segundo de don Pedro Fernández de Aguilar,  señor de Aguilar de la Frontera y de Priego de Córdoba, y de Elvira de Herrera y Enríquez, sobrina de Juana Enríquez, reina consorte de Aragón y nieta de Fadrique Alfonso de Castilla, Almirante de Castilla y de Juana de Mendoza «la Ricahembra».

Siendo niño aún, se le incorporó como paje al servicio del príncipe Alfonso de Trastámara, hermano de la que más tarde sería la reina Isabel I de Castilla y a la muerte de éste, pasó al séquito de la princesa Isabel.

Bajo el servicio de los Reyes Católicos inició la carrera militar, como era tradición dentro de de la nobleza para los  hijos segundones, ya que el señorío era heredado por Alfonso, el hijo primogénito del mencionado noble don Pedro Fernández de Aguilar. Muy pronto batiría sus primeras armas en la Guerra de Sucesión de Castilla.

En la batalla de Albuera, en 1479, contra el rey Alfonso V de Portugal aparece su nombre siendo distinguido entre los más notables guerreros en las filas del maestre de la Orden de Santiago, Alonso de Cárdenas. En este tiempo fue designado “Voz y Voto Mayor”  del Cabildo de Córdoba. Ese año contrajo matrimonio con su prima Isabel de Montemayor, que moriría pronto al dar a luz por primera vez.

Monumento a El Gran Capitán en el Paseo de la Castellana en Madrid

Como regalo de boda su hermano Alonso le había regalado la alcaldía de Santaella. Allí cayó prisionero de su primo y abierto enemigo Diego Fernández de Córdoba y Montemayor, conde de Cabra. Una vez liberado. En la larga conquista de Granada, con treinta años sobresalió tanto en el asalto de Antequera como en el sitio de Tájara, demostrando grandes dotes al mando de una compañía de 120 lanceros.

Pero las acciones que más lo distinguieron fueron la conquista de Íllora, mandando el cuerpo de asalto y siendo el primero que subió a la muralla, y en Loja, ratificando su heroísmo en la decisiva toma de la Alhambra, donde hizo prisionero a Boabdil. El monarca nazarí, acompañado del Gran Capitán, se presentó al rey Fernando, arrojándose a sus pies. En 1486 fue nombrado Alcalde de Íllora con la misión de fomentar las disensiones entre Boadbil, apoyado por los Abencerrajes, y el Zagal, tío del rey moro, en cuyo cometido tuvo indudable éxito

Escudo de armas del Gran Capitán

En esta ocasión su carrera estuvo a punto de cortarse en una escaramuza nocturna llevada a cabo delante de Granada. Habiendo caído de su caballo hubiese perecido de no ser por un leal subordinado quien, dándole su propio caballo, entregó su vida por defender la de su señor.

En estos años contrajo segundas nupcias con María Manrique de Lara y Espinosa, una joven dama de la Reina Isabel, del linaje de los influyentes duques de Nájera, con quien tuvo dos hijas. En recompensa por sus destacados servicios, recibió una encomienda de la Orden de Santiago y el señorío de Órgiva.

Pero no sería hasta el comienzo de las campañas de Italia cuando Gonzalo Fernández de Córdoba alcanzaría el sobrenombre de “El Gran Capitán”. Pese a la derrota sufrida en el primer enfrentamiento con los franceses en Seminara, supo sacar de este revés bélico, no sólo los necesarios conocimientos del enemigo y sus tácticas, sino la necesaria habilidad a la hora de conseguir verdaderos aliados.

Fracasados los esfuerzos mediadores de los embajadores del rey Fernando de Aragón ante Carlos VIII de Francia, para que éste desistiera de invadir el reino de Nápoles y el resto de los Estados Vaticanos, y los del enviado español ante el Santo Padre, Garcilaso de la Vega,  para que se retirara de Roma y se refugiase con el cuerpo cardenalicio en el castillo de Santangelo. Pese a ello, el rey católico no se dejo sorprender.

Toma de Granada, Los Reyes Católicos dando gracias a Dios por la toma de la ciudad.

El año 1492 supuso un “antes y un después” en la historia de España. La reconquista de Granada, logrando la unidad del suelo hispánico, el descubrimiento del Nuevo Mundo, con la adición de nuevas tierras y la mayoría de edad de Carlos VIII de Francia, cuestión previa para acceder a las negociaciones  sobre la devolución del Rosellón y la Cerdaña, que se resolvería el año 1493 con el Tratado de Barcelona, supondrían  abrir nuevas puertas de futuro para el Impero Español.

Conociendo las intenciones del francés de invadir Nápoles, el rey católico, consiguió formar una poderosa liga de Estados, que respaldaran su causa: el Papa Alejandro VI, el destronado rey de Nápoles, el emperador de Alemania, el duque de Milán y la señoría de Venecia, denominada “La Liga Santa”, logrando reunir un ejército de más de 60.000 hombre.

Batalla de Seminara. La batalla de Seminara del 21 de abril de 1503, librada en el contexto de la guerra de Nápoles, enfrentó a las tropas francesas de Bérault Stuart d’Aubigny contra las españolas mandadas por Fernando de Andrade, resultando victoriosas estas últimas.

Pese a ello Carlos VIII, se presentó a las puertas de Nápoles, invadiéndolo, llamando a la acción al rey Fernando, puesto que dicho reino era feudo del Papa, cuestión que le eximía del cumplimiento del Tratado de Barcelona. Para el mando y dirección de esta campaña eligió al ya famoso por su valentía, Gonzalo Fernández de Córdoba.

Inicialmente, y ante el empuje francés se rindieron a éste las plazas de San Germán y Gaeta, pasándose al bando vencedor la mayoría de los señores feudales italianos. El Gran Capitán se dirigió hacia Seminara, con un comienzo favorable a sus tropas. Pero la huida del primo de Fernando II, el cardenal Luis de Aragón y el abandono del campo de batalla, de las tropas sicilianas, propiciaron un cambio de signo en la batalla.

(Játiva, Valencia, c. 1431–Roma, 18 de agosto de 1503) fue el papa n.º 214 de la Iglesia católica entre 1492 y 1503. Su nombre de nacimiento, en valenciano, era Roderic de Borja (Rodrigo de Borja en castellano o Borgia en italiano). Hijo de Jofré de Borja y Escrivà y de Isabel de Borja, hermana de Alfonso de Borja, obispo de Valencia y futuro papa Calixto III

Gonzalo Fernández de Córdoba con una especie de guerra de hostigamiento y continuas estratagemas y celadas, pronto se fue apoderando de las fortalezas Jiumar y Calana y las ciudades de Reggio y Calabria que, no sólo dominaban el estrecho de Mesina, asegurando el refuerzo por mar de sus tropas, y fijaba a los franceses en la zona, proporcionándole mayor libertad de acción en el norte de Nápoles. Las negociaciones entre españoles y franceses dieron como resultado la firma del Tratado de Granada por el que ambos reyes acordaron el destronamiento del rey Fadrique III y el reparto de su reino.

Pero el incumplimiento del Tratado de Granada por parte francesa, sorprendida con la temprana muerte del rey Carlos VIII, mientras contemplaba un partido de pelota, provocó el desencadenamiento de la llamada Segunda guerra de Italia.

El Papa Alejandro VI, deseoso de dar posesiones a sus hijos y la República de Venecia, por odio a los Sforza, se posicionaron del lado del nuevo rey francés, el duque de Orleans bajo el nombre de Luis XII.  En menos de un mes, las tropas francesas ocuparon el ducado de Milán, haciendo huir a Ludovico Sforza. Ante tal situación el rey Fernando el Católico decidió mandar al Gran Capitán, ya general de la armada, en defensa de toda la cristiandad ante el ataque de los turcos.

Luis XII rey de Francia (Luis de Orleans) (Blois, 27 de junio de 1462-París, 1 de enero de 1515), rey de Francia, de 1498 a 1515, y que recibió el nombre de padre del pueblo en los Estados Generales de 1506. Hijo de Carlos I de Orleans y María de Cléveris.Recibió la corona al fallecer su primo Carlos VIII. Se casó en tres ocasiones: con Juana de Valois, con Ana de Bretaña, y con María Tudor, a la que dejó viuda. Del segundo matrimonio tuvo dos hijas: la futura reina Claudia de Francia y Renata de Francia.

La capacidad negociadora del rey Fernando y la presencia de la poderosa armada española, habían inclinado a Luis XII a firmar el Tratado de Granada, por el que ambos reyes se repartieron el reino de Nápoles. Sin embargo, ninguno de los dos monarcas estaba dispuesto a cumplirlo, pues ambos pretendían quedarse con la totalidad del reino de Nápoles.

Ante la invasión de la Capitanata, por parte francesa, el Gran Capitán acudió en su defensa. Luis XII había ordenado a dos de sus ejércitos invadir Nápoles uno por mar desde Génova con una flota al mando de Felipe de Ravenstein y otro por tierra bajo el mando de Aubigny y Cesar Borja. Éste último encontró paso franco hasta Capua, a la que puso sitio, esperando las negociaciones para su capitulación.

Mientras el destronado rey Fadrique de Nápoles huía a Francia y los ejércitos de ésta entraban en Capua provocando grandes desmanes, Gonzalo Fernández de Córdoba desembarcaba en Tropea y en menos de un mes ocupaba toda la Calabria, excepto la plaza de Tarento, a la que sometió a bloqueo. Ésta plaza, estaba protegida por una albufera entre ella y el ejército español. El Gran Capitán mandó construir unas barcazas de escaso calado con las que la atravesó, y a continuación rindió la plaza.

En la retirada del ejército francés del campo de batalla, el Gran Capitán ordenó a Diego de Mendoza adelantar por otro camino al enemigo y atacarle con su caballería simulando después una retirada. Dispuesto el francés a su persecución, Diego de Mendoza lo condujo hacia la infantería española que la atacó por los flancos. Ante el desconcierto enemigo la caballería española volvió sobre sus pasos, atacándolo.

Gonzalo Fernández de Córdoba ante el cadáver del duque de Nemours. Obra de Federico Madrazo

El desastre de Nemours no consiguió vencer el orgullo herido de éste y desde Canosa y emprendió un nuevo ataque. Enterado el Gran Capitán, partió desde Barletta y, atravesando el paso de Canas, se presentó en el pueblecito de Ceriñola y se prestándose a su defensa. Poco más tarde llegaría el duque francés con sus huestes. En esos momentos se produjo una gran explosión en el campamento español lo que indujo a los franceses a atacar en esa dirección.

El Gran Capitán para levantar la moral de su tropa gritó la célebre frase ¡Ánimo estas son las luminarias de la victoria, en el campo español no se necesitan cañones! La reacción de sus tropas fue tan valerosa que se incorporaron rápidamente el parapeto, ante el que se estrellaría el ejército francés que, frustrado por su fracasado intento, optó por volver atrás, presentando el flanco a los parapetados quienes le atacaron, obteniendo el ejército español una gran victoria.

El rey Luis XII de Francia intentaría un ataque definitivo, tomándose la venganza de la derrota de Ceriñola, anexionándose Nápoles, Una gran escuadra partiría de Genova al mando del marqués de Saluzzo, para obligar a levantar el cerco de Gaeta. Mientras un ejército de 8.000 infantes suizos, acompañado por un cuerpo de caballería y un gran tren de artillería avanzaría desde la Lombardía, al mando del mariscal Tremouille

La muerte de Alejandro VI, y la enfermedad de Tremouille, que cedió el mando al duque de Mantua, constituyeron circunstancias desfavorables para los franceses a la hora de enfrentarse al Gran Capitán. Cuando los franceses atravesaron el Tiber los españoles se parapetaron en San Germán, al margen izquierdo del río Garellano, apoyada en las plazas fuertes de Rocaseca y Ponte Corvo.

Presentado el enemigo, dirigió sus fuerzas hacia Rocaseca. Ante la tenaz resistencia de la guarnición española, el duque de Mantua optó por la retirada, atacando una guarnición española aguas abajo en Torre del Garellano, buscando la posible protección de la escuadra francesa, situada en la boca del Garellano, al mando del almirante Preján.

El Gran Capitán ordenó a la infantería española de Andrade y Navarro acudir en su auxilio. La lucha cuerpo a cuerpo fue encarnizada, retrocediendo los franceses hacia el puente, los españoles cedieron a éstos el puente. Pero el enemigo desgastado, se retiró a sus campamentos.

Batalla de Ceriñola

Gonzalo estableció sus posiciones en los altos de Cintura, venciendo las objeciones de Mendoza y Colona que recomendaban retroceder hasta Capua “Antes daría dos pasos adelante que retroceder para conservar la vida”. El de Mantua cedió el mando al marqués de Saluzzo. El Gran Capitán, reforzada su posición con 3.000 hombres de Francisco de Albiano, mandó construir otro puente aguas arriba del francés, que debía cruzar Albiano, matando a la resistencia francesa, mientras Andrade cruzaría por el puente antiguo frente a la Torre del Garellano.

Sorprendido Saluzzo corrió a reunirse con el grueso de su ejército. Cuando estos grupos se unieron todos los españoles habían cruzado a la margen derecha del río Garellano. El general español ordenó a la caballería de Colona, perseguir y hostigar a los franceses, mientras él con el grueso a marchas forzadas, alcanzó la retaguardia del francés, que en una maniobra retardadora llegó al puente de Mola de Gaeta. El combate fue feroz, durante dos horas.

Las cuentas del Gran Capitán

Tal como había previsto Gonzalo Fernández de Córdoba, en ese trance llegó Andrade con la retaguardia del ejército, atacando más arriba a los franceses que huyeron, perseguidos por la caballería de Navarro y Pedro de Paz, haciendo un gran número de prisioneros.

El Gran Capitán acampó en Castellone y Al amanecer ordenó tomar Monte Orlando para después asaltar Gaeta. Pero no fue necesario pues los franceses rindieron la plaza, permitiendo el español evacuarla, entregando los cañones municiones y pertrechos. El 8 de enero de 1504 entró Gonzalo Fernández de Córdoba en la plaza de Gaeta y pocos días después en Nápoles. El 11 de febrero se firmó la paz en el Tratado de Lyon.

Pero todas estas acciones estratégicas y tácticas no serían suficientes para ganarse el título de Gran Capitán. A éstas habrían de unirse una serie de valores humanos entre los que destacaría la necesidad de conseguir el cariño de sus inferiores para seguirle hasta la victoria o la muerte.

LA ALCAZABA 62

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