MIGUEL HERNÁNDEZ, EL POETA DEL PUEBLO por Nicolás del Hierro

Muy desde el principio de mi tiempo lector de poesía, fue Miguel Hernández uno de mis favoritos. La garra de sus versos, su expresiva verdad, la fuerza y la estética con que sabe darnos sus mensajes y la pureza del hombre entregado en sus poemas, resultaron los más efectivos imanes para el hierro/apellido del receptor que yo era. Y si a esto le sumamos la formal exactitud en la preceptiva de sus octavas reales (“lanar, de amor salicio,  galatea / ordeña en porcelana cuanto albea”), en el primero de sus libros, Perito en Lunas, donde queda claro, clarísimo, que el culterano y barroco Góngora es la fuente más cercana y limpia donde le gusta beber, no podemos dejar de admirar al joven que levanta el edificio de su personal cultura leyendo a nuestros clásicos del Siglo de Oro. Si bien antes de llegar a Perito, ya gravitaba en él el bracero rural que despertara su adolescencia a la labranza de silbos, como afirmación de la aldea (“Alto soy de mirar a las palmeras, / rudo de convivir con las montañas...”) en su bucólico y primitivo estado; el hombre puro que desde allí clavara en la tierra su raíces, y se nos  hiciera casi de pronto “Rayo que no cesa”, aquel que, “por difundir su alma en los metales, / por dar el fuego al hierro sus orientes, / al dolor de los yunques inclementes / lo arrastran los herreros torrenciales”; no en vano, sabiéndose barro, “teme un asalto de ofendida espuma / y teme un amoroso cataclismo”. Aquél primero y hasta entonces su mayor cataclismo espiritual cuando, como el rayo, ese rayo que ya no cesaría, se muere Ramón Sijé, a “quien tanto quería”, cuya muerte originó en el poeta dos de las más notables Elegías que se hayan escrito en lengua castellana, si bien la que dedica a “la panadera de pan más trabajado y fino” no se incluiría en la primera edición del libro.

 

Miguel con Josefina Manresa

Casi siempre biográfica en sus más puras esencias o premonitoria de realismos esenciales, la poesía de Miguel Hernández, en aquellos versos nos cuenta su yo pasado, presente y futuro del modo más estético y humano que lo haría el más sensible hombre rural que bañado hubiera la inteligencia de su espíritu en las resplandecientes aguas del Siglo de Oro. Visitador de bibliotecas y gozoso su paladar en libros, el Miguel juvenil, sin certificados que le acrediten estudios oficiales, pero sí con lecturas y sensibilidad suficiente para una formación poéticamente clásica, con aquellas raíces que plantara en la tierra y el tronco que las mismas alimentaron, supo, desde el principio, imponer en su poesía el don de los elegidos por la misma.

 

 

Desde aquí, en la obra de Miguel surge un cambio radical de estilo. Aquellas formas clásicas y aquel verso barroco y culterano que, podemos pensar, heredara de Góngora y Quevedo sufren una metamorfosis liberal, sin duda porque liberales, se diría, comenzaban a ser los tiempos en España. El ambiente cultural de una República ganada desde las urnas influyó, sin duda, en el verso y en la forma expresiva del joven poeta orihuelano; pero también lo hicieron su viaje, sus viajes a Madrid y el empleo que, por otras amistades, le diera José María de Cossío y, sobre todo, sus contactos con poetas un tanto alejados de clasicismos y estrofas de preceptivas; poetas que buscaban nuevas formas, como fueron Aleixandre y Neruda. Es de aquel tiempo republicano su libro “Otros poemas” (1935-1936), donde aparecen la “Oda entre arena y piedra”, dedicada al primero (“Tu padre el mar te condenó a la tierra / dándote un asesino manotazo”) y “Oda entre sangre y vino”, destinada a Pablo Neruda, el que sabe que llega “de corazón cargado, no de espaldas, / con una comitiva de sonrisas”.

 

 

La Guerra Civil pondría en el poeta lo demás; porque ya hemos dicho que la obra de Miguel Hernández es una fuente de sentimientos biográficos, y los efectos de entonces aportarían en el escritor firmes huellas a través del hombre. Cuenta lo que ve, lo que vive y lo que siente, lo que tiene cercano, porque nada de ello le es ajeno y el latido que percibe del mundo es su latido. “Viento del pueblo” nos resulta como un mosaico existencial que refleja la circunstancia de aquellos años sufrida en sus propias carnes y cuanto viera en las ajenas (“Si me muero, que me muera / con la cabeza muy alta”); no en vano sigue fiel al hombre que lleva dentro, honrando al niño que fuera, ya resultara éste Yuntero o no, “y como raíz se hunde / en la tierra lentamente, / para que la tierra inunde / de paz y panes su frente”.

 

Enfrentamientos sociales y políticos, y lo que fuera peor aún: los años de lucha incivil, marcarían hondamente sus versos. Así, en su libro “El hombre acecha” (1939), hallamos su Romance “Carta”, donde la ternura se crece sobre el hombre/humanismo que es Miguel, mientras escribe y lee sus cartas a los compañeros soldados analfabetos que no saben hacerlo; pero también nos encontramos con poemas tan desgarrados y duros como “El tren de los heridos” (Detened ese tren agonizante / que nunca acaba de cruzar la noche”), “Las cárceles”, esas que “se arrastran por la humedad del mundo”, y “El herido”, cuya segunda parte origina en Serrat una de las más hermosas y humanas canciones a que el cantautor haya sabido ponerle música: “Para la libertad sangro, vivo, pervivo”.

Libro sobre la vida de Miguel. Está a la venta en https://www.mentideroliterario.es/tienda/#!/products/miguel-hernández-la-verdad-desnuda.html

 

Miguel, apenas de pie en la existencia, y más desde que comienza a tener uso de razón, comprende que “Llegó con tres heridas: / la del amor, / la de la muerte, / la de la vida”. Él lo sabe, porque lo vive, y nos lo deja meridianamente claro en “Cancionero y romancero de ausencias”. Este libro, acaso el de poesía más sencilla en Hernández, más despojada de ornamentos metafóricos, la de poemas breves y directos, escritos en tiempos ya de persecuciones y cárceles (1939-1941), pero donde rebosa la fuerza de una juventud herida: “Troncos de soledad, / barrancos de tristeza / donde rompo a llorar”. En él se adivina, se vive, se goza y se sufre sabiendo de la paternidad que en Josefina Manresa le aguarda: “Menos tu vientre / todo es confuso”. Fruto que se daría en aquellos mismos años con los “Últimos poemas”. Cuando al dirigirse el poeta su la mujer, “hijo de la luz y de la sombra”, más sombras que luces, le diría que “Ya no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío”. Estaba convencido de que “sólo quien ama vuela”; por eso nacería del amor de sus cuerpos y la ternura y la lucha de su estro poético, más y mejor, más selectamente/popular, en las “Nanas de la cebolla”, viendo (sería más cierto escribir adivinando), cómo “En la cuna del hambre / mi niño estaba. / Con sangre de cebolla / se amamantaba”; aquél que, a sus ocho meses, sonreía y enseñaba “cinco jazmines adolescentes”, mientras que el padre poeta, en una casa convertida en cárcel en el madrileño Barrio de Salamanca, Miguel leería estos versos a sus compañeros reclusos presagiando cómo, esos cinco blancos jazmines “frontera de los besos / serán mañana, / cuando en la dentadura / tengas un arma”. Arma que, metafóricamente, tres versos más abajo, él situaba en el “centro”, sin duda no como instrumento hiriente, sino de paz y amor, del entendimiento que fijaba su idea. Porque ese centro simbólico era para él el propio corazón del ser humano, como víscera donde el amor puede fundirse socialmente. ¿O era el centro político que, a la sazón, no supo convivir en una España donde se habían matado unos a otros y seguirían matando otros a unos? No lo sabremos nunca. Y no lo sabremos porque, sin duda, las metáforas de los poetas tienen tantas interpretaciones como lectores. Incluso, a veces, ni siquiera existe la intención de interpretarlas. Y esto si que puede encerrar un malévolo entresijo, un fatídico desenlace. “Sólo por amor odiado, / sólo por amor”.

 

 

 

INFORME AGRÍCOLA

 

          Por Nicolás del Hierro

                         A Miguel Hernández

Miguel, en esta tarde, desde aquí,

 

desde el silencio mismo de este pueblo,

 

vale la pena hablarte de sus cosas

 

Vale la pena hablarte de la grama,

 

de los montes, los ríos, de los huertos,

 

de esas cosas tan tuyas y tan mías,

 

tan de muchos Miguel. Vale la pena

 

cogerse de la mano a la conciencia

 

y pasear un poco por los campos.

 

Si estuvieras aquí, comprobarías

 

que la grama ha crecido desde entonces;

 

faltan brazos, Miguel:

 

                                    El campo paga

 

con excesos de penas, y los hombres

 

abandonan las tierras.

 

                                   Es verdad

 

que creció algún tractor entre los surcos

 

y las parcelas grandes lo agradecen.

 

Sin embargo en las otras…

 

                                          Por los montes

 

sigue silbando algún pastor que sueña,

 

alguien que todavía le reserva

 

un pedazo de amor a las lentiscos.

 

De los ríos, algunos han seguido

 

la exigencia del tiempo: los pantanos,

 

las presas hidroeléctricas; industrias

 

que la razón de vida les impone.

 

Sin embargo, en los otros, en aquellos

 

que se durmió la historia hace mil años,

 

aún se siguen pescando en una cesta

 

los peces más pequeños.

 

                                       Y en los huertos,

 

si los vieras, si vieras a los hombres,

 

con sesenta noviembres a la espalda,

 

cuidar de sus tablares. Si pudieras,

 

a la puesta del sol, en una esquina,

 

comprobar su retorno, no sería

 

necesario decirte que la grama

 

va extendiendo sus redes

 

en la s parcelas chicas.

 

                                    Faltan brazos,

 

Miguel, jóvenes brazos, para hundir

 

con fuerza el azadón. Potentes manos

 

para arrancar la grama, para cavar

 

la tierra, los tablares;

 

relevara estos hombres

 

cargados de noviembres

 

que regresan a casa con la angustia

 

de una vida gasta para nadie…

 

Pero, Miguel, la tierra paga mal

 

y el hombre no le teme a los andamios

 

ni a la ciudad de lobos y ladrillos.

 

                     Del Libro “Cuando pesan las nubes”

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