ELÍAS CANETTI, UN NOBEL ORIUNDO DEL CAÑETE SEFARDÍ por Miguel Romeros Saiz

Sería bueno comenzar este trabajo con uno de aquellos aforismos a los que el propio Canetti dedicó gran parte de sus últimos días: “A los vivos, a los que se conoce bien siempre, hay algo que reprocharles. En cambio, se puede ser siempre grato a los ojos de los muertos porque no prohíben a nadie que les recuerde…”, y es que no hay duda, porque ahora en la mente de cada cañetero hay un pequeño espacio donde ha quedado grabado el nombre de este genial escritor que supo dar el sentido a su vida con el más bello arte: la escritura.

Y es así, porque aquella III Alvarada, llevada a cabo en el año 2001, sirvió para dos cosas realmente importantes, una, unir en sentimiento común a todo un pueblo que vió como se consolidaba ante la humanidad un acontecer cultural como patrimonio de todos y, otra, porque sirvió para dignificar un poco más, dándole la generosidad del tiempo, la figura de aquel búlgaro que un día sintiese en su corazón la patria de aquellos antepasados que, por la ironía de la vida y de la historia, dejaron el hogar que les viese nacer para buscar un nuevo rincón que marcase destino.

Elias Canetti. Zúrich 1919

Porque nos dicen las páginas de la historia, que: “..De Cañete hace, unos cuatrocientos años aproximadamente, salía camino del destierro, expulsada por el fanatismo de una Reina, una familia judía, una más de tantas y tantas, que tan enraizada en nuestra tierra llevó, junto a su corazón, el sentimiento de su cuna, y junto a su nombre, el apellido del lugar de procedencia.”

 

Tal y como bien nos dijo Enrique Domínguez Millán, en aquel lejano homenaje de 1982, “…entre las 35.000 familias hebreas que se vieron forzadas a emprender el duro camino de la emigración en aquel año de 1492 –el mismo de la toma de Granada y del Descubrimiento de América-estaba la que andando el tiempo, habría de generar la figura, admirable y admirada, de un Premio Nobel. Familia tan arraigada en la noble villa conquense, tan identificada con ella, que tomo su nombre por apellido. Y con este apellido de Cañete llegó al exilio, donde cambios y modas lo fueron transformando hasta devenir en Canetti. Aquella familia expulsada de España por mantenerse fiel a sus creencias, a sus principios y tradiciones, se llevó consigo, sin embargo, muchos de los principios y tradiciones de la tierra que se veía obligar a abandonar. Y no sólo los llevó consigo, sino que los guardó como un rico tesoro y los fue transmitiendo de generación en generación, a despecho de avatares y vicisitudes y sin parar mientes en lejanías de tiempos y espacios. Además del idioma, conservaron la nostalgia, el recuerdo de aquella Sefarad de la que procedían, en las que habían quedado vivencias y raíces. Y conservaron también el talante. Entre todos los judíos de la diáspora, entre todos los que poblaron las aljamas de Asterdam, de Hamburgo, de Centroeuropa, de los Balcanes, de Salónica, de Estambul, de Esmirna, los sefardíes, es decir, los procedentes de España tenían un sello distinto, un sello de distinción que los hacía singulares. Todavía cuatro siglos después de la partida, en la infancia de Elías Canetti, se mantenía esa diferenciación, ese signo específico. En su delicioso libro “La Lengua absuelta”, el propio Canetti nos lo dice”.

 

Mathilde Canetti con sus hijos Elias, Nissim y George. Zúrich 1917

Tal fue el destino, que aquella familia que tan injustamente tuvo que abandonar el hogar que les había visto nacer, marchó a instalarse a Bulgaria, en la lejana Europa del Este, donde el vidish, por una parte, y el sefardí por otra, hicieron, sus primeras jornadas relativamente fáciles hasta su plena identificación, llegando a integrarse en una nueva sociedad sin abandonar en su corazón aquella lejana tierra de la Castilla aragonesa que un día lejano les viese partir.

Elías Canetti nacería de aquella familia a comienzos de siglo XX, concretamente en el año 1905, en Rutschuk, pequeña ciudad situada en el curso bajo del río Danubio. En 1911 se trasladaría con sus padres, judíos de origen español, a Inglaterra y en 1913, tras la muerte de su padre, hijo de aquel comerciante de Rutschuk que bien alardeaba de su “butica” y pureza de sangre, tuvo que marchar hacia Franfurt para, después, instalarse en Viena, en cuya universidad obtendría el título de Doctor en Filosofía y Letras. Desde entonces empezó a escribir y aunque su vida fue un trasiego de viajes y nuevos lugares de residencia, decidió instalarse en Zurich hasta el momento en que le llegaría, desgraciadamente, la muerte.

 

Su vida, al igual que su obra, habla por sí misma y él, tan dado a sus pensamientos y reflexiones lo reflejaba claramente cuando dijo: “…sólo en el exilio se da uno cuenta de que el mundo ha sido siempre un mundo de exiliados.” Porque, a despecho de algunos, Canetti era, ante todo, un hombre desarraigado. Por eso quizás, es de difícil lectura y quizás aparece también como un desconocido para muchos, pero su obra es, ante todo, una reflexión parabólica sobre el aislamiento a que se siente sometido ese peregrino que es el hombre en su aventura vital. Un aislamiento, el de Canetti, que durante mucho tiempo de su vida, planeó como un ave negra por encima de cada una de sus páginas. Quizá, el “angel negro” que tocaba el corazón de Unamuno o la austeridad de una tierra que tan necesariamente está en las visiones lejanas de su propia sangre. Por eso, Elías un día escribía que: “…solamente sentimos de veras que nos sobrecoge el miedo cuando notamos que nos roza el alma el Absoluto.”

Este era, sin duda, el Canetti que al mundo sorprendió con la consecución del más alto galardón universal de la letras, en aquel año de 1981; un hombre sencillo, marcado por la impetuosidad de su propia vida, inserta en avatares de tremendo desasosiego y que, bien reflejado quedaba en su obra. Esto y otras sensaciones justificaban su admiración por Kafka, en su crítica tan exacerbada en ese sutil análisis de “el otro proceso”, admiración compartida por el exilio, en este caso, lingüístico y que, el bueno y siempre recordado, Carlos de la Rica, aducía en su alocución en ese nexo tripartito entre Cervantes, Canetti y el propio Kafka, identificando el sustrato judaico de las tres obras que, a partir de la obra “Auto de fe”, en esa locura como común denominador en el “alocado desenfreno en busca del castillo” no sin dejar de enfrentar a Don Quijote con el profesor Kien y considerar la locura como un camino de salvación. Tendríamos, como sigue diciendo Carlos, que haber inventado a Canetti, en caso de no haber existido, porque es agarrar al mismo viento y hacerle estar ahí quieto, sin estridencias, sin lastimar siquiera la realidad viviente.

Su obra es como él mismo era, directa, reflexiva, transparente y, es tal, que hasta su propia vida se introduce en la nuestra y participamos con él en la de los demás, se nos hace familiar e imprescindible.

Y con el sentimiento más conquense o, más cañetero, si cabe, la Academia Conquense de Artes y Letras, buque del culto conquensismo, tomó las riendas y, por cierto, nunca mejor tomadas, y puso en marcha un proyecto que culminaba en esos actos bien hilvanados donde el Ayuntamiento de la villa, al unísono, cantaba la aureola del más puro paisanaje para culminar en un emotivo encuentro llevado cabo el 19 de diciembre de 1982, con la presencia de Carlos de la Rica, por entonces Presidente de la Academia de Artes y Letras y un servidor de Vds., Miguel Romero. Tal fue que una placa en la fachada principal del edificio del Ayuntamiento conmemora aquel insigne acontecimiento: “La Academia Conquense de Artes y Letras al eximio escritor Elías Canetti, Premio Nobel de Literatura 1981, cuyo linaje sefardita tuvo sus raíces en esta noble villa de Cañete”.

 

Elias Canetti. Cuadro de Marie-Louise von Motesiczky, 1992

Frente al recuerdo, entre ceremonia engalanada, las autoridades regionales con el Consejero Antonio Rodríguez, las provinciales con D. Juan Bautista Alarcón, las locales con D. Isidro Romero, alcalde de la villa y las personalidades culturales de la Academia, adornaban un acto que el propio representante del escritor, D. Jaime Vandor, no pudo más que agradecer textualmente aquella misiva que el propio Elías había enviado: “…El homenaje del que a mis años he sido objeto en Cañete me ha conmovido profundamente y me ha llenado de gozo. Deseo darle mi más expresivas gracias por el título de Hijo Adoptivo que el pueblo de Cañete me ha dispensado,…”

Así, entre la sencillez de su espíritu y la magneficencia de su obra, Elías se sentía muy nuestro, a pesar de que esa vinculación del escritor a España, a Cañete, a nuestra propia alma, fuese tardía, pero el tiempo siempre dice la verdad, siempre adula la honestidad del valor, del deseo porque, la igual que su propia obra en esa, a veces, lectura difícil es también lectura obligada, para saber por dónde andan las ideas de quienes, hoy por hoy, hacen algo más que dejarse llevar por la imagen o por lo superficial de las lecturas precipitadas y espectaculares, algo que ya denunciase Cristóbal Sarrias en “Vía Libre”.

 

Así es el pueblo. Adulador por necesidad y sencillo por autonomasia. Ahora que se siente sefardita por herencia, ahora que refleja literatura entre pilares del medievo es, pueblo de escritores, consumados o en ciernes, y, quiere sentirse más universal, más de todos, porque el arte encierra personalidad del mañana y se adueña del espíritu de artistas haciendo lo que el propio Elías decidió, tomar un nuevo punto de partida y emprender un camino original frente al enigma de la llamada formación de masas. Él lo dijo numerosas veces cuando recibió el premio, cuando habló después y tantas veces cuantas tuvo que mantener contestación a esas misivas sentimentalistas de nuestras raíces conquenses. Lo fue a la prensa desplazada a Suecia, lo fue a sus amigos en Bulgaria y lo fue a Carlos, a Vandor, a Muchnik y a mí, por eso escribía a Domínguez Millán: “… no puedo más que sonrojarme y llorar pues, pese a mi ausencia, he sentido el calor que Vd. y sus colaboradores de la Academia Conquense han puesto en esos actos y con un pueblo que me enaltece inmerecidamente al nombrarme su hijo adoptivo. De ahora en adelante, Cuenca y Cañete ocuparán en mi corazón un lugar predilecto.”

Elias Canetti

Elías era cañetero de alma, -en el recuerdo por su ausencia así se le debe de considerar porque él mismo lo dijo y quiso-, y no quiero con esta afirmación parecer dar rienda al aforismo más clásico del oportunismo gratuito, porque su conciencia está en Cañete, en cada uno de sus vecinos que ahora lo sienten como parte de su historia y es que ante la carta enviada desde Cuenca para ofrecerle homenaje en diciembre de 1982, él mismo nos dijo: “ Roza lo maravilloso que al cabo de quinientos años esta ciudad de Castilla me cuente entre los suyos…porque lo que más desea un autor que es, la continuidad de su nombre por su supervivencia para la posteridad, me ha venido concedido de una manera muy diferente: por pervivencia, por la ligazón de mi nombre con la villa de Cañete.”

 

Y es que la fuerza del sefardí reside en la nostalgia, en un deseo de vuelta y de retorno, porque no sólo por sefardí cuya fuerza le liga a España, sino por judío quienes, en general, poseen una especie de mística o sentido universal perfectamente armonizable con su constante vuelta a la Tierra de la Promesa.

Por eso en su confesión queda tan patente su origen, su impronta, su osadía ancestral bien definida, y él lo reafirma y lo sufre: “la edad y sus achaques ya no me permiten el viaje a España y a Cañete; por ello el hecho de que ahora en pensamiento pueda sentirme en casa allí, adquiere para mí un significado especialmente hondo”. Y muchos con voz de fuerte sentimiento literario y de un gran dominio de nuestra lengua lo reafirman en excelentes ensayos, avivados de pensamiento profundo, como las siempre afables palabras de su editor Mario Muchnik, las de su fiel traductor y albacea al que me siento unido por haberme permitido hablar con el mismo Elías, quien cariñosa carta me enviase en febrero de 1983, Jaime Vandor, o las de Claudio Magris, Luis Izquierdo y sobre todo, un Florencio Martinez, como siempre bien hacedor de la buena escritura que, no hace mucho escribía, “…que Elías Canetti murió en Zurich oyendo las voces de Cañete, como Marrakesh oía las de Marrakesh sin poder venir a cosechar las manzanicas de la vega del río Mayor o de la vega del río Cabriel, como aquellas que recordaban sus antepasados en Stambol”. Y así sigue Florencio en su bien titulada “las voces de Cañete”, en esa su despedida en son de elegía al decir “…que Cañete podía romper ya los sellos de las puertas que estaban esperándolo, pero no así su memoria de cañetero del alma, de sefardita cabal, de spaniol legítimo, como le llamara en ocasión memorable Hermann Broch…”

 

¡Qué bien enlaza sus palabras Florencio¡, porque sabe reflejar y así lo dice cuando que el propio Elías estaba oyendo en sus voces, esa llamada del paraíso y donde no es ninguna ilusión pensar que de no habérselo vedado sus alifafes, el viejo profesor se habría llegado a la Villa del Condestable con la llave de sus antepasados para introducirla en una puerta de la calle de las Eras.

Y si hace casi treinta años fue la Academia Conquense de Artes y Letras, de la mano de nuestro añorado Carlos de la Rica, él mismo, más albacea que ninguno y casi tan cañetero como el propio Elías, vuelve a la carga doce años después y junto, a un servidor de ustedes, prepara nueva velada literaria, llena del encanto frente a la fachada de aquel San Julián, el santo obispo amigo de conversación con judíos y amplio conocedor de los escritos de Maimónides, para dar rienda suelta a escritos semipoéticos llenos de ese amor a lo sencillo y a lo humano. Por eso, un 7 de septiembre de 1994, año fatídico de su muerte, frente a un público que ansiaba recordar, recitamos historia, entre la añoranza de un rico pasado y el vivo sentimiento de un brillante futuro, porque había que hacerlo y tenía que seguir viva la estela encendida.

Es así cuando se llega a la XI Alvarada y se llega con el firme proyecto de mantener viva su figura y su obra, por lo menos en el sentimiento de quienes llevamos a cabo la organización de este evento y así, con el recuerdo, homenajear en esta revista “El Postigo”, a quien desde siempre se sintió cañetero, sobre todo en el fondo de un corazón sefardí, el suyo, herido por la nostalgia, la marcha forzada y, sobre todo, la persecución de ideologías y razas sin sentido.

Para ello, un cuatro de agosto de aquel 2001 se inició semblanza y nada mejor que inspirar, por el aire, melodías de bellos acordes acompasados de una voz, magistral por si misma, salidos de una garganta que privilegia el sentido: Mónica Monasterio. Ella misma, candor y dulzura entre movimientos perdidos por causa de su ceguera, deleitó sin límites a un público agolpado en el bello marco de la iglesia de San Julián, la misma que cubriese telón en aquel primer homenaje, ya póstumo pero que entonces, marcó estela de vida. Pero el día glorioso por el que, el espíritu selecto del alma de Canetti, vagaba ayudado de querubines entre un ambiente preparado y seleccionado, fue un cinco, sábado, día santo por la Torá y, sin embargo, día de gloria para su recuerdo entre nosotros.

 

Entre nosotros estuvo, Abraham Haim, llegado desde esa Jerusalem acostumbrada al sufrimiento eterno, acompañándonos e invitándonos a llegar hasta el más íntimo Elías. Abraham, sencillez y humildad enrazada, parece heredero o, quizás, parte misma de esa generación que ayudó en este siglo a elevar cultura judía y dentro de un grupo en el que Alban Berg, Herman Broch o Alma Mahler, comparte historia y hace vibrar la referencia entre sinagoga medieval, percibiendo hasta el rumor entre sus paredes, con los Salmos y las plegarias de los Sábados, ¡qué agradable es tu descanso, Sábado Reina, por eso nos apresuramos a tu descanso, Novia Ungida…¡ En su salmo, en su homilía, en su pregón, en su magistral conferencia, nos inundó de fuerte sabiduría y nos conduce, arropado en el vocablo más sencillo, hasta las comunidades europeas de un Sefarad amado, nos conduce hacia el recuerdo del sufrimiento de épocas heridas por el xenófobo avance de un fascismo sin límites y establece mapa de cunas sefarditas, ilustradas y vivas por su mismo afán de la herencia de hombres sin límites, hasta llegar por rutas alejadas, desde unos Balcanes helados hasta esa Alemania tan viva, cruzando caminos entre la Bulgaria querida, y sobre todo por ellos, por esa Austria imperial que te acerca a fronteras más mediterráneas o, quizás lugares más cercanos a nosotros, como Zurich, Aquitania y Florencia.

 

Writer Elias Canetti recibiendo el Nobel de Literatura de manos del rey Carlos Gustavo de Suecia en Estocolmo un 10 de diciembre de 1981 Photo/Reportagebild)

Pero en su verso profetizado, Abraham nos impregnó profundamente de bálsamo Canetti, nos abrió su corazón a una obra inmensa y nos hizo ver esa capacidad de relacionar elementos en principio dispares y esa transparencia con la que en su prosa nos acerca lo marginal a lo básico, dando como resultado una metáfora de imperceptible aproximación entre su obra y su vida. Y es así, porque la inmensa tarea que Canetti se impuso era suprimir esa antítesis mortal entre vida y verdad porque él mismo era el valioso poeta de un dilema que aún aprieta la garganta de nuestro siglo: la intercambiabilidad y la simbiosis mortal entre autodefensa y autodestrucción. Así lo hace en su obra “Auto de fe” y así lo refleja Abraham en su biografía humilde, detallada en su conferencia, tan amena como sencilla y tan viva como la realidad de su pasado pero tan cruel como el propio destino de su obra. Cuando acabó su mágica disertación, en el aire se percibía su alma y como escorzo del arte, debía tener continuidad su recuerdo y es ahí el momento en el que el fácil verso de Julián López Razola empezaba a inundar el ambiente. Aforismos del final de la vida de Canetti se entrecruzaban con una dulce poesía entrecortada, avivada y sentida que captaba cada rincón del templo y llegando casi al final, una voz, nunca tan fiel como esperada, llenó el ánfora del tiempo, abrió el vestíbulo de Sefarad, cruzó hogares perdidos por el sufrimiento del destino y nos dio vida a todos los que, privilegiadamente, pudimos escuchar, sentir, acercar a nuestro corazón: la voz de Amparo donde la historia ha encontrado dulzura; una voz sin límites de acordes aprendidos y que es capaz de llenar el ambiente más exigente en “..el lugar apropiado y el momento adecuado”, porque ella tiene el don, entre otros, del virtuosismo culto, adornado de arte y en el que la humildad le distingue. Amparo Ruiz fue, como siempre, fiel a sí misma y a la historia que tanto ama.

 

Tumba de Elias Canneti en el Cementerio de Fluntern, District 7, Suiza

Llegado el momento final y fue por eso, por lo que palabras de esperanza, de deseo por encontrar esa paz perseguida y anhelada, ese cruce entre culturas y ese afán de encuentro entre todos, por la cultura, por la paz, por la amistad,….por la vida, cerraron en un marco adornado en el año 1982 y después en ese 2001, homenaje que estuvo reforzado por la presencia y el recuerdo, palabras de deseo que saliendo del corazón de Tsuriel Raphael, Ministro Consejero de la Embajada de Israel, adornaron el viento y surcaron los confines de la Plaza Mayor de esa villa cañetera, para cerrar un homenaje que nunca fue tardío porque en su propia singularidad estuvo la frescura del momento y porque todo amante de la historia y de la cultura revivirá en cada momento. Con él y con las palabras del Ayuntamiento de Cañete, Elías volvía a su hogar, a la cuna de sus antepasados, al lugar donde dejó el sentimiento más profundo como hijo adoptivo, oyendo, como bien decía Florencio Martinez, esas “Voces de Cañete” que le llaman, que le admiran, que le quieren y que le tienen en su propia intimidad.

 

Canetti es nombre que parece agarrar al mismo viento, Cañetti es tan cañetero como su estampa porque esa Virgen de la Zarza, románica pero vestida, que ya entonces vieran los suyos atravesar el laberinto viejo de arriba, le aviva y porque barrunta conquensismo entre sus poros, al sudor de su obra y, también es vienés, un sefardí nacido búlgaro, un ciudadano universal que se aposentase en Suiza, todo tan enteramente libre y que, ahora, vuela con su espíritu por todos los rincones en una atmósfera que él siempre deseo de todos y para todos. Fue y es, hombre universal como su obra y Cañete lo acoge como grande de su tierra, se lo roba al tiempo, a la historia, al viento y le hace estar ahí quieto, sin estridencias, sin lastimar siquiera la realidad viviente.

 

 

La Alcazaba 71

 

 

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