LLEGAR A LA TORRE DE JUAN ABAD, LA ÍTACA DE FRANCISCO DE QUEVEDO por Natividad Cepeda

Nació Francisco de Quevedo y Villegas un 25 de septiembre de 1580 en Madrid, siendo bautizado en la iglesia de San Ginés, una de las más antiguas de Madrid (siglo IX), murió un 8 de septiembre de 1645 en Villanueva de los Infantes, en una celda del convento de Santo Domingo: tenía 65 años. Su vida está plagada de escollos y proezas a la manera de los caballeros medievales Amó la vida siendo testigo de hechos que reflejó en su obra literaria. Y cultivo las fuentes del saber caminando por el conocimiento de las artes y los valores humanos. Conoció el esplendor de los poderosos, sus villanías y sus bajezas. Supo que la inteligencia supera al dinero, porque aún poseyéndolo no quitan necedad a quien lo tiene. Pero sufrió en el trajín de la vida la soledad y la derrota de los que por audaces, se atreven a desafiar a los que aún siendo necios, ostentan el poder. Fue llevado a los tribunales por sus contemporáneos acusándole de desvergonzado, vicioso, bufón, bachiller en suciedades y maligno, dejando estos hechos en su alma amargura y desconfianza en los demás. Murió con la melancolía y la tristeza en su mirada, con la serena convicción de que sólo Dios es quien hace justicia. Cerró los ojos, cuando en los Campos de Montiel se recogía la cosecha de las viñas, y se hacía en los fogones el arrope y la carne de membrillo. Murió viendo como en los campos manchegos los jornaleros, nacían y morían sin dejar de serlo, y como los arriendos de los frailes y monjas, eran más llevaderos que los de los nobles señores.

Conocedor profundo de su época y de las veleidades humanas, Francisco de Quevedo conocía la insana costumbre de mutilar a los muertos, para repartirlos como reliquias por pueblos y ciudades, y de qué forma irrespetuosa se trasladaban los que estaban enterrados de unos lugares a otros sin pedirle al muerto permiso, por todo ello se cuidó de testar, sin olvidar nada, ni dejar cabos sueltos para su posteridad. Pero de nada le valió redactar su testamento sin omitir detalle alguno, que para lo que le sirvió. como se dice por aquí: Si don Francisco de Quevedo levantara la cabeza se volvía a morir del berrinche, al comprobar de que manera tan estúpida se siguen haciendo conjeturas con sus huesos. Primero viajaron desde Villanueva de los Infantes a Madrid para ser uno más en el Panteón de Hombres Ilustres en el siglo XIX, luego se reclamaron y volvieron a Villanueva de los Infantes. Ahora, los insignes investigadores con su director al frente, José Antonio Sánchez, han revelado que después de una exhaustiva investigación, las dos tibias encontradas con deformación por cojera, y perteneciente a un hombre que frisaba en los 65 años, sí son de Quevedo. Claro que sin el ADN correspondiente esta afirmación se tambalea como otras anteriores, por lo que una vez más, hay que mirar con escepticismo las declaraciones de los doctos y eminentes investigadores, que en su afán de enumerar huesos ilustres, se parecen a los fanáticos que en la edad media separaban y repartían huesos a diestro y siniestro, sin respeto alguno para los ilustres y los santos. Tanto ruido por sus huesos, y tan poco interés por investigar sus cualidades y su valentía, que asombran, por escribir sin miedo, con plena libertad, denunciando tantos atropellos, algunos similares a los de hoy. Es curioso constatar como se sigue ignorando la gran personalidad del más preclaro hombre del Siglo de Oro Español, como si diera miedo indagar en su bagaje humano. Dicen que la envidia es la visión deformada de lo que ven los ojos y perciben los sentidos. Yo creo que la envidia es la imagen de quien quiere ser igual a otro, y al no poder alcanzar esa premisa, se ataca a quien poseen los dones que se ansían. Francisco de Quevedo y Villegas sufrió en carne propia los perjuicios que trae la envidia.

 

A pesar de su cojera debió ser muy atractivo, por su inteligencia y por sus facciones. De mirada sagaz y algo irónica, que no ocultan los anteojos o antiparras, sus rasgos se distinguen hermosos y correctos. Velázquez nos lo muestra de medio cuerpo, y a pesar de que pudo ser pintado entre el año 1632 o 1634, por lo que ya tenía cumplidos los cincuenta, se aprecia la enorme personalidad que tiene, y su apostura a la hora de elegir vestuario. Vestido con una especie de gabán negro donde resalta la cruz roja de la orden de Santiago, el cuello alzado, dejando ver otro cuello blanco que da luz a su rostro, y enmarca armoniosamente su pelo largo y ondulado, junto a su bigote y perilla, cuidadosamente arreglados, nos dan una imagen del estilo irreprochable de un hombre cortesano, sin afectación, elegante y a la vez sobrio, de genio vivo y contradictorio que supo de todos los estados de ánimo. Todo él fue pensamiento y aventura. Excesivo en la política y en la lealtad. No pudo evitar en carne propia el desmoronamiento de un imperio que hacía aguas. Le exacerba la mediocridad. Se opone a la ley antinatural de la Inquisición, y se enfrenta a un gobierno dictatorial, el del Valido del rey Felipe IV, Gaspar de Guzmán y Pimentel, Conde Duque de Olivares, que frena e impide el crecimiento de España. Furor y pasión, impotencia y creación, es la síntesis del hombre que no necesita de oropeles vacíos de contenido. Si se hace lectura de su poesía en ella se encuentra el compendio de todo. Y para conocer la España de su época solo hay que leer su obra.

 

España ha dejado de ser él árbitro de Europa. La falta de capacidad para gobernar de los reyes motiva que los que gobiernen y decidan sobre vidas y haciendas sean los consejeros reales. Con la Corte en Madrid, nace la burocracia y el centralismo. La Corte es un hervidero donde se cuece y amasa todo. La superstición y el acervo religioso, convive con la riqueza desmesurada, que acrecienta la miseria de otros. Se confunden rufianes con válidos, galantes cortesanos, junto a los ascéticos en busca de la espiritualidad y el rechazo de lo mundano. Es éste un cambio europeo que en España da la oportunidad de la renovación, en la que sí cree Francisco de Quevedo y Villegas, pero que no logra romper la costra del racionalismo que sigue fiel a la enseñanza de las escuelas medievales: es decir, a la escolástica. Castilla vive de antiguos esplendores, suspira y se desvanece en sueños fatuos que van desde la creencia religiosa mal entendida, hasta demonizar las filosofías que hablan de un mundo diferente. Los soldados buscan la fortuna fácil, los políticos gobernar sin que nadie analice sus decisiones, los religiosos se niegan a la apertura de la ciencia. Y los científicos, filósofos y escritores han de buscar protectores para hacer valer sus descubrimientos y publicar sus obras. Francisco de Quevedo y Villegas es el representante del Barroco, en su más amplio sentido de comunión con los cambios introducidos en aquél momento de la historia. Aunó en sí mismo, la arrogancia y la altanería, de quien vomita de la traición, que en él, fue repulsa y lealtad, hasta sufrir cárcel por ir contra la soberanía establecida. En su obra afloran todos los sentimientos que puede sentir un ser vivo. Sufre en el cuerpo y en el espíritu por causas diferentes, y para defenderse de la mediocridad de los que imparten la ley, y disponen de personas y haciendas a su arbitrariedad, se escuda en la sátira y en la burla despiadada. Porque despiadado, brutal y obtuso es el mundo que le rodea. Cuando empecé a descubrir la singular personalidad del Señor de la Torre de Juan Abad, me sorprendió su altivez junto a su sincera humildad. Para los profanos en literatura la figura de Francisco de Quevedo, está envuelta en una aureola de cómico culto que, de todo hacía burla y chiste. La vulgaridad de la gente lo ha enjuiciado como torvo, en todo su conjunto personal, alcanzando esta falsedad hasta su obra literaria.

Como poeta apenas son citados unos cuantos sonetos, magníficos y extraordinarios, sin duda, pero pobres, si los comparamos con todo el conjunto de su extensa obra. Los más citados hasta la exageración son ” A una Nariz”, “Amor constante más allá de la muerte” y la letrilla satírica “Poderoso caballero es don dinero” y casi siempre citándolos sin conocer todo el poema, salvo algunos versos popularizados para esgrimirlos como sentencias. Y después de eso, nos queda una figura literaria perdida entre la niebla del pasado, que algunos rescatan, para con la gloria ajena hacerse la suya. Sobre los montículos deshechos de viejas paredes crecen leyendas que pasan de generación en generación, fundiéndose en ellas verdad y fantasía. En el perfil del castillo de Montizón, el río Guadalén guarda en su espejo húmedo los rostros de los caballeros del Señor Santiago. Doña Guió mar se asoma a la caída de la tarde, y escucha a su esposo, Jorge Manrique, leerle su poema “Castillo de Amor” Terminada la lectura, Jorge Manrique, mira las tierras extenderse en la lejana línea del horizonte, y piensa en los freires templarios. Aquellos ya no están, de ellos sólo queda lo que no se pudo quemar ni borrar de su paso… y el presiente que mañana él tampoco estará. Suave el aire trae desde las Torres de Xoray la voz de Juan Abad, y el fragor de la batalla que en el silencio de las piedras permanece. Piedras semejantes a las de la Torre de la Higuera, argamasa que sabe a saliva y a sangre. Restos de muros, mojones de la antigua Villa de Santiago dentro del Campo de Montiél, con sus carrascas que resisten al frío invernal, de la misma forma que al calor del verano. Entre los arroyos y olmos se cobijan las liebres y las perdices, allí siguen criando y reproduciéndose entre tanto pasar y pasar de unos a otros los pleitos y las propiedades.

 

 

Ya casi nadie recuerda los dineros y energías que gastó Francisco de Quevedo y Villegas, pleiteando, por la posesión del señorío de la Torre de Juan Abad. Todo es anécdota, pasado, polvo del tiempo extinguido. Para Quevedo, Italia es su desgracia, y a consecuencia de ello, paradójicamente, lo destierran a la Torre. Desde la casa heredada de su madre: María de Santibáñez, descarga su soledad y sus pesares entre sus nobles muros del pequeño pueblo. En ella escribe, pero como a los jueces les parece poco el castigo del destierro en la Torre, lo trasladan preso a Uclés. Calla, el hombre que ya conoce que el destino es a veces falaz y cruel, pero el escritor permanece, y escribe entre el pesimismo y la tristeza de quien no cree en nada ni en nadie. Pero escribe, y en sus papeles va dejando el talento y la sabiduría del poeta, y el prosista, innato e ingenioso, que no ha temido decir lo que otros intelectuales no se atrevieron, unas veces, por miedo, y las más de las veces, por falta de disposición y de talento. Pero Francisco de Quevedo cree en el amor, y a sus años, cuando ya cuenta 54, se casa con Esperanza de Mendoza. Aquella boda no resulta como él soñara. Un nuevo desencanto en el cuerpo fuerte y tenaz de pies maltrechos, seguramente por una poliomielitis, que desde su nacimiento no le ha impedido ser soldado y conquistador, le hacen ver el mundo con la caricatura de otras veces. Pero no sé arrenda, y ante el desmoronamiento de España, vuelve a la política activa. Dicen que conspiraciones y asuntos de oscura índole con Francia, es la causa de ser detenido y encarcelado en San Marcos de León. Durante cuatro años el viejo soldado se consume, pero no así el escritor. En León debió pensar que los inviernos de la otra Castilla, eran misericordes, en comparación con los de León. Ya es viejo cuando sale, pero su vida ha sido dilatada en azares. Dicen muchas cosas de aquél pobre cegato, ya se sabe que del árbol caído todos hacen leña.

Quevedo por Francisco Pacheco

Indiferente, mira desde sus anteojos pasar al mundo. El mundo, que él, tanto ha criticado y querido moralizar con sus escritos, nada pide, nada implora. Caballero de España y de Santiago conoce la fuerza de los astros, de ellos escribe cuando en el romance de su nacimiento dice: “Dos maravedís de luna/ alumbraban a la tierra, / que por ser yo el que nacía, / no quiso que un cuarto fuera. Nací debajo de Libra, / tan inclinado a las pesas, / que todo mi amor le fundo/ en las madres vendederas. / Dióme el León su cuartana, dióme el Escorpión su lengua, / Virgo, el deseo de hallarle, / y el Carnero su paciencia. / Tal ventura desde entonces/ me dejaron los planetas. Poemas compuestos en todos los estilos, con todos los acentos y todos los temas. Poemas que incitan a pensar y a reflexionar. Eso me ocurrió hace algunos años con el poema Himno a las estrellas, profundo y actual y con otras composiciones en silva como son Túmulo de la mariposa, El sueño, El relox de arena… y tantos otros. Tú, que me llegas a través de los siglos, me hiciste sentir algo especial, un día de hace años, en tu celda del convento de Santo Domingo, de Villanueva de los Infantes, que hoy es Hospedería Real. La soledad y el silencio cubrían las estancias, en la cafetería unos pocos clientes dialogaban en voz baja, me adentré, y recorrí aquellos muros, con el respeto de quien sabe que durante unos meses, los últimos de su vida, un genio del Siglo de Oro Español lo habitó. Algo extraño y misterioso había en el aire, a la vuelta a Tomelloso, busqué en mi pequeña biblioteca hasta encontrar una antología poética de Quevedo…Y atrevidamente fue la primera vez que te escribí un poema.

 

 

A FRANCISCO DE QUEVEDO

 

 

Tenías el ansia de existir a pesar del olvido y la ceniza de la muerte Francisco de Quevedo y de Villegas. Hoy tus palabras son raíz prieta de amor en Villanueva de los Infantes, las mías nacen para recordar tu soledad y tu agonía entre las viejas paredes del convento. Aquí llego peregrinando, y he visto en tu cama dormir a las estrellas, y a ti, mirar el patio No hay oración ni cárcel entre la viejas piedras de Santo Domingo más todo habla de ti. No eres inmortal por tus blasones, Caballero de España que duermes en el antiguo lecho de Jamila, lo eres, por tus palabras de poeta libre y rebelde. Los Campos de Montiel te dan cobijo y cuando llego a la plaza Mayor, tu palabra me signa descendiendo entre pájaros de ensueño. Vuelan infiltrándose entre las neoclásicas arcadas y por el ropaje pétreo de las columnas jónicas. Santo Domingo desde el templete habla, con el pobre “enfermito ” que repetía letanías con una fe más fuerte que las mismas piedras. Compañeros de tiempos de tristeza. Ya nada es igual. Por debajo del puente romano discurre el Jabalón. Pasa el agua y rezan los campos sedientos por la escasa lluvia. Tú, escribes en el aire tus poemas y yo te escucho. Dicen, que aquí estás enterrado, es mentira: vives porque eres polvo de amor enamorado. Eres por siempre, Francisco de Quevedo polvo de estrellas.

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