LA GUITARRA EN EL QUIJOTE por Luis F Leal Pinar

Cervantes hace sucesivas menciones en El Quijote a la guitarra y al guitarrista, y les da cierto protagonismo en los capítulos LI, de la primera parte, y XIX, XXXVIII y LXVII de la segunda. En la descripción que hace en el capítulo LI, donde “trata de lo que contó el cabrero a todos los que llevaban a Don Quijote”, dice: “Añadiósele a estas arrogancias ser un poco músico y tocar una guitarra a lo rasgado, de manera que decían algunos que la hacía hablar; pero no pararon aquí sus gracias; que también las tenía de poeta, y así de cada niñería que pasaba en el pueblo componía un romance de legua y media de escritura”. Y sigue el narrador con esta exposición: “Este soldado, pues, que aquí he pintado, este Vicente de la Rosa, este bravo, este galán, este músico, este poeta fue visto y mirado muchas veces de Leandra, desde una ventana de su casa que tenía la vista a la plaza”. Buen conocedor de la guitarra se nos presenta aquí Cervantes, pues durante la primera mitad del siglo XVII, tiempo en el que escribe la obra del Quijote, la guitarra se considera como instrumento de acompañamiento, por haberse abandonado la técnica del contrapunto del siglo XVI, y haberse generalizado el primitivo rasgueo. Esta técnica se vio favorecida por la costumbre imperante de acompañar, marcando rítmicamente las sílabas tónicas en la recitación cantada, y la afición por las danzas españolas de ritmo muy marcado, como las zarabandas y pasacalles, aún tan del agrado del pueblo español. De esta manera, el rasgueo cumple su finalidad con una técnica muy precisa y cuyo volumen de sonido es muy superior al laúd. Así es como surge la moda de tocar la guitarra al estilo español, apareciendo muchos compositores en cuyas obras ya especificaban en sus tablaturas los acordes “batidos a la española”, es decir, rasgueados.

 

 

Luis Brizeño, en la dedicatoria de su “Método muy facilísimo para aprender a tañer la guitarra a lo español”, hace un encendido elogio y defensa de la guitarra española, al mismo tiempo que expone algunos inconvenientes que, a su juicio, ofrecen el laúd y otros instrumentos. Frente a esta defensa aparece Pedro Trichet, quien en un intento desesperado de salvar el laúd, hace unas enconadas críticas de la guitarra tocada al estilo español. Así es como surge la moda de tocar la guitarra al estilo español -digo-, apareciendo muchos compositores en cuyas obras ya especificaban en sus tablaturas los acordes “batidos a la española”, es decir, rasgueados. Esto nos lleva a pensar si a la guitarra se le adjudicó el calificativo de española por la adición de la quinta cuerda a las cuatro que ya tenía, o por la forma muy específica de tocarla que había en España. Este modo de tocar la guitarra en España influyó enormemente en las naciones vecinas, como Portugal, Italia y Francia. En ésta última fue tal su influencia que llegó a desplazar casi por completo al laúd. La guitarra de cinco cuerdas de la que ya habla Juan Bermudo en su tratado, con más o menos diferencias en la afinación respecto de la que se popularizó en tiempos de Vicente Espinel, nos dice Salazar que se extiende por Europa, especialmente con los poetas de la Pléyade, Ronsard y sus colegas, para adquirir nuevo auge con Luis XIII, discípulo del español Briceño, y con Luis XIV -aquel rey, que según nos cuenta Voltaire, se ausentaba de los Consejos de Ministros, tan aburridos ellos, para irse a su gabinete con su maestro de guitarra- y su corte, y de allí en adelante en los años románticos de Nicolás Paganini, Héctor Berlioz, Charles Gounod hasta Jules Massenet.

La crítica que hace Pedro Trichet al modo de tocar la guitarra en España, no puede ser más elocuente. En su obra “Tratado sobre instrumentos de música”, al estudiar la guitarra, se expresa de esta manera: “La guitarra es muy usada entre los españoles que la utilizan con mil gestos y movimientos del cuerpo tan grotescos y ridículos que su tañido es abigarrado y confuso…” Y, más adelante, añade: “… en Francia, los cortesanos y las damas se vuelven mico tratando de imitar a los españoles en lo que se parecen a éstos que pudiendo comer bien y en su propia casa, les gusta comer en casa de otros tocino, cebollas y pan moreno”. En relación a este tema, Salazar nos lo amplía y dice: “Unas veces en punteado y otras en rasgueado aparecen allí en su gran variedad la mayor parte de las danzas españolas de ese siglo que vemos mencionados en las obras de Cervantes y en las de sus sucesores para el teatro; pero el influjo italiano es grande en Sanz, como el francés lo había sido en Briceño; en aquél, por lo que se refiere a multitud de detalles técnicos; en ambos, por la desfiguración de los aires de nuestras danzas populares, como la zarabanda, la chacona y las folías, que eran en Cervantes tan movidas y sensuales, y que en esos músicos son ceremoniosas, acompasadas y cortesanas, con lo que su primitivo carácter se ha evaporado. De cualquier modo esas obras y las demás citadas sirven para comprobar que la guitarra amenizaba la mejor sociedad tanto en el siglo XVI como en el XVII, y en España como en sus dos hermanas latinas”.

 

 

En el capítulo XIX de la segunda parte, donde se cuenta la aventura del pastor enamorado, cuando Don Quijote se encuentra con los labradores y estudiantes, éstos, dándose cuenta del mal estado del caballero andante, le invitan, ya que no lleva rumbo fijo, a asistir a la boda de Camacho el Rico con Quiteria la Hermosa. Uno de los estudiantes, refiriéndose al joven casadero, dice: “Tiene asimismo malheridas danzas, así de espadas como de cascabel menudo, que hay en su pueblo quien los repique y sacuda por extremo; de zapateadores no digo nada, que es un juicio los que tiene muñidos”. Las danzas de cascabel menudo eran aquéllas en las que los bailarines y danzantes llevaban sujetos sartales de cascabeles en los jarrales de los pantalones, y los movían al son del baile. Había danzas de cascabel menudo y de cascabel gordo, en el caso de Camacho, Cervantes nos indica que son de cascabel menudo. Aquí zapateadores se refiere a los danzantes quienes cuando bailan o zapatean, dan saltos y tocan con las palmas de las manos sobre los zapatos al mismo tiempo que suenan los instrumentos. Más tarde, cuenta los amores de Basilio con Quiteria y cómo el padre de ésta se opuso a tal casamiento, y ordenó de casar a su hija con el rico Camacho, no pareciéndole ser bien casarla con Basilio, que no tiene tantos bienes de fortuna como de naturaleza y entre otras muchas virtudes que alaba en Basilio es que canta como una calandria y toca una guitarra que le hace hablar. Es decir, que el autor del Quijote no sólo no está en contra del instrumento, de la guitarra, sino que defiende la bondad del instrumento, ya que el saber tocar la guitarra es una verdadera virtud válida, incluso, para merecer los favores de una joven casadera.

Guitarra del barroco

 

En el mismo capítulo y después de firmadas las paces entre Corchuelo y el bachiller, y cuando se dirigían a la aldea de Quiteria de donde todos eran vecinos, “Oyeron asimismo confusos y suaves sonidos de diversos instrumentos, como de flautas, tamborinos, salterios, albogues, panderos y sonajas… Los músicos eran los regocijadores de la boda, que en diversas cuadrillas por aquel agradable sitio andaban, unos bailando y otros cantando, y otros tocando la diversidad de los referidos instrumentos”. Ya en el capítulo XXXVIII, donde se da cuenta de la mala andanza de la Dueña Dolorida, escribe: “Detrás de los tristes músicos comenzaron a entrar en el jardín hasta cantidad de doce dueñas repartidas en dos hileras”. Y más adelante, y en referencia a la niña Antonomasia, dice: “Desta hermosura se enamoró un número infinito de príncipes, así naturales como extranjeros, entre los cuales osó levantar los pensamientos al cielo de tanta belleza un caballero particular que en la corte estaba, confiado en su mocedad y en su bizarría y en sus muchas habilidades y gracias porque hago saber a vuestras grandezas, si no lo tienen por enojo, que tocaba una guitarra que la hacía hablar; y más que era poeta y gran bailarín, y sabía hacer una jaula de pájaros, que solamente a hacerlas pudiera ganar la vida cuando se viera en extrema necesidad; que todas esas partes y gracias son bastantes a derribar una montaña, no que una delicada doncella”. Esta expresión “hacer hablar a la guitarra” todavía se usa entre nosotros para expresar que uno toca muy bien la guitarra. También Fernando de Rojas, en la Celestina, cuando ésta habla a Melibea de Calixto, pondera sus habilidades con la vihuela: “Parece que hace aquella vihuela hablar”. Lope de Vega, en su dedicatoria a Vicente Espinel de la comedia del “Caballero de Illescas” (donde hasta hace no mucho tiempo se fabricaban maravillosas guitarras con la etiqueta de Manuel Rodríguez y, tal vez, atraído por la fuerza invisible de don Miguel de Cervantes su taller fuera trasladado a la propia localidad de Esquivias donde se puede visitar en la actualidad), recuerda que el músico de Ronda había añadido una cuerda a la guitarra, por lo que ahora ésta contará con cinco.

 

 

Aquí Cervantes pone de manifiesto la autoridad que va tomando la guitarra en el mundo musical. Y es que la guitarra prendió pronto en la sensibilidad de los artistas que frecuentaban las cortes castellanas y pronto, asimismo, surgieron concertistas que dedicaban su tiempo a tañer el instrumento. El universal historiador don Marcelino Menéndez y Pelayo afirma, y argumenta, que, antes de que aparecieran y proliferaran los vihuelistas en el siglo XVI, en tiempos del mismo Cervantes, un nutrido ramillete de buenos guitarristas -juglares de la guitarra- había ya florecido en la corte de don Juan II de Castilla, y menciona, como extraordinarios en su oficio, a Juan de Palencia y Alfonso de Peñafiel. Y aún se atreve el sabio santanderino a certificar que la escuela guitarrística castellana “exporta arte y amor a este instrumento por otras cortes de fuera de Castilla”, como a la del rey Carlos III el Noble de Navarra, esposo de Leonor de Trastámara, donde aparecen -dos manchegos diríamos hoy- Martín y Alfonso de Toledo y el palentino Alonso de Carrión. Pero no serían sólo los salones palaciegos de Navarra los que disfrutaran del instrumento, por aquellas fechas cortesano, sino que otros, en tierras aragonesas, se recrearían con las delicias de tales virtuosos: Juan II de Castilla, desde su casa-palacio de Madrigal de las Altas Torres, en tierras abulenses, se muestra generoso con Alfonso V el Magnánimo de Aragón y le manda, en 1437, a Rodrigo de la Guitarra, acompañado de su criado Dieguillo, para ser “vasallo vuestro, e por faceros servicios e plazer de su oficio”. Ya en el capítulo LXVII de la segunda parte, cuando toma Don Quijote la decisión de hacerse pastor, dice a Sancho: “Yo compraré algunas ovejas y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, y llamándome yo el pastor Quijotiz y tú el pastor Pancino, nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes”.

Rosetón de una guitarra barroca

 

Cervantes introduce la palabra endechar, con el significado de cantar endechas, o cantar canciones melancólicas y lastimeras. Más adelante, pone nombre a sus correspondientes pastoras y dice a Sancho: ”¡Válame Dios, dijo Don Quijote, y qué vida nos hemos de dar, Sancho amigo! ¡Qué de churumbelas (instrumento pastoril, aunque, a veces, se utiliza como instrumento militar; así vemos en el “Paso honroso” de Suero de Quiñones: “Tocaron al arma, las trompetas, churumbelas e atabales e exábegas moriscas”) han de llegar a nuestros oídos, qué de gaitas zamoranas, qué de tambores, y qué de sonajas y qué de rabeles. ¿Pues qué si entre estas diferencias de música resuena la de los albogues? Allí se verán casi todos los instrumentos pastorales”. ¿Qué son albogues?, preguntó Sancho, que ni los he oído nombrar ni los he visto en toda mi vida. “Albogues son, respondió Don Quijote, unas chapas a modo de candeleros de azófar, que dando una contra otra por lo vacío y hueco, hace un son, si no muy agradable ni armónico, no descontenta, y viene bien con la rusticidad de la gaita y del tamborín; y este nombre albogues es morisco, como lo son todos aquéllos que en nuestra lengua castellana comienzan en “al”. La gaita zamorana, mencionada aquí por Cervantes, es un instrumento con varias cuerdas dentro de una especie de cajón de forma cuadrilarga, a las que roza una rueda o lengüeta movida por una manivela; al lado izquierdo tiene varias teclas que pulsadas producen los diferentes sonidos; los albogues, por su parte, además de la definición que da Cervantes, podríamos añadir que equivale a los “platillos” en las bandas militares modernas. Abundando en el tema, debemos apuntar que el diccionario lo define como instrumento músico pastoril de viento y boca; y Luis de Góngora, en su “Polifemo”, describe los “albogues” de éste como silbato de capador, y hay quien le hace derivar del instrumento árabe llamado “albuque”.

 

 

Recordemos que también en el capítulo XX de esta misma parte segunda, donde se cuenta las bodas de Camacho, el autor de la novela, nuevamente, menciona la gaita gallega, y así dice: “También le pareció bien otra que entró de doncellas hermosísimas, tan mozas que, al parecer, ninguna bajaba de catorce ni llegaba a diez y ocho años, vestidas todas de palmilla verde, los cabellos parte trenzados y parte sueltos; pero todos tan rubios que con los del sol podían tener competencia; sobre los cuales traían guirnaldas de jazmines, rosas, amaranto y madreselva compuestas. Guiábalas un venerable viejo y una anciana matrona; pero más ligeros y sueltos que sus años prometían. Hacíales el son una gaita zamorana, y ellas, llevando en los rostros y en los ojos a la honestidad y en los pies a la ligereza, se mostraban las mejores bailadoras del mundo”. Pero sigamos con la guitarra. En el mismo capítulo LXVII, Don Quijote prosigue: “Del cura no digo nada; pero yo apostaré que debe tener sus puntas y collares de poeta; y que las tenga también maese Nicolás no dudo de ello, porque todos o los más (barberos) son guitarristas y copleros”. La palabra guitarrista, en nuestros días, está referida a toda aquella persona que toca la guitarra y es concertista o profesor de la misma. No así en tiempos de Cervantes, pues era muy común entre los barberos el saber tocar el instrumento, y a ellos no se les daba el nombre de profesor de guitarra ni hicieron el oficio de tal.

Laud

 

Así vemos cómo Mateo Alemán, en su “Pícaro Guzmán de Alfarache” (parte II, Lib. III, Cap. VI), en el que narra lo esencial que era, en aquellos tiempos, para las damas tener perros llamados falderos, dice: “…que así podrían pasar sin ellos como un médico sin guantes y sortija, un boticario sin ajedrez y un barbero sin guitarra”. En “La Pícara Justina” -Libro I, Capítulo II, se menciona la guitarra como instrumento propio de barberos. Francisco de Quevedo, en su “Premática del tiempo”, anota: “…habiendo conocido la natural inclinación de los barberos a guitarras, mandamos que para que mejor sean conocidas sus tiendas, en lugar de cortinas y bacías cuelguen una, dos, tres o más guitarras”. Y, en la “Visita de los chistes”, anota: “Esta gente tiene pasacalles infusos y guitarras gratis data”. A decir verdad, la guitarra es, en estos momentos, la peor parada de los tres instrumentos. Es considerada como instrumento villano, mientras que el laúd, aunque está en decadencia, y la vihuela son considerados como instrumentos nobles. Y así es como cuenta el padre Grenón que, en diversas ciudades argentinas y peruanas, hubo muchas acusaciones durante los siglos XVI y XVII contra aquellas personas que tocaban la guitarra, y ello por influencia española. En Córdoba de Argentina se acusó, en el año 1650 (son los tiempos del rey Felipe IV), al sargento Cubas porque después de haber asistido a los oficios divinos marchó a una boda, a la que había sido invitado, y en ella estuvo bailando y cantando acompañado de su guitarra. El que el sargento Cubas tocara la guitarra demostraba a los acusadores, que dicho sargento fingía sus sentimientos religiosos, ya que no tenía inconveniente en gozar de la alegría que le proporcionaba la música de una guitarra.

 

 

Abundando en el tema, vemos cómo Cervantes tiene presente que en Francia, y sobre todo en Alemania, los pobres pedían limosna con la ayuda de una guitarra. También Mateo Alemán en su “Guzmán de Alfarache” y en la “Pícara Justina”, se nos cuenta: “Antes que hiciesen sus paradas cantaban a bulto como borgoñones y pordioseros”. Al estudiar la obra de Lope de Rueda, quien tuviera un pequeño, aunque escandaloso, problema amoroso en el pueblo sevillano de Constantina y que todavía no se ha resuelto, vemos que desarrolla su actividad en Valladolid. Allí preparó por primera vez sus carros de teatro con danzas y música de vihuela. Así podemos afirmar que fue este sevillano, autor y actor de comedias, quien puso los cimientos de los posteriores corrales de comedias tan célebres en Madrid, y de los que, en Almagro de Ciudad Real, contamos con una maravillosa muestra, donde anualmente se celebran admirables representaciones, además de llevar a cabo un ejemplar y extraordinario certamen de teatro.

 

Lo más probable es que la guitarra que tocaban los sufridos músicos de los primeros “pasos” y “entremeses” que Cervantes fue conociendo desde su infancia, desde los de Lope de Rueda, fuese la de cuatro cuerdas; pero los comediantes italianos de la “Commedia dell arte” tañían ya la de cinco, según es fácil comprobarlo. Conviene tener en cuenta que cuando Cervantes, reiteradamente, habla de los músicos de estas incipientes comedias, hay muchos casos en los cuales solamente se trata de cantores que no tenían instrumentos de ninguna clase, cosa que también ocurría en Francia en ese mismo momento. Los músicos de los “pasos” de Lope de Rueda carecían incluso de una mala guitarra y cantaban sus romances a palo seco. Cervantes en el prólogo a sus “Comedias” y “Entremeses”, lo dice así: “Detrás (de la manta vieja “que hacían lo que llaman vestuario”) estaban los músicos, cantando sin guitarra algún romance antiguo. Sin duda, alguna de aquellas famélicas compañías de farsantes, y las que Agustín de Rojas menciona en su “Viaje entretenido”, tenían por lo menos una guitarra ya: “Tañían una guitarra / y ésta nunca salía afuera, / sino dentro, y en los bancos, / muy mal templada y sin cuerdas”. Y esa guitarra es la que aparecerá muy pronto en manos de los comediantes italianos, según lo confirman los grabados de aquella misma época. Francisco Rodríguez Marín, en su libro “Nuevos datos biográficos de algunos escritores de los siglos XVI y XVII”, en BAE, volumen V, 1919, en el relato del proceso que se siguió en Puebla de los Ángeles -México-, en 1554, con motivo del atentado que ocurrió allí contra el poeta Gutierre de Cetina, citamos: “…tomemos una vihuela, ques temprano para acostar, y sentémonos a la puerta para tañer un rato…”. Y a continuación, se dice: “pidieron a un negro una vihuela y este testigo tañó en ella”. No obstante, creer, como se ha dicho, que la guitarra fue un instrumento exclusivamente popular y que la vihuela era tan sólo un instrumento cortesano es un tanto aventurado, si no exagerado.

 

 

Lo expuesto nos demuestra que la guitarra, en los años que tocó vivir a don Miguel de Cervantes, todavía tendría que luchar y trabajar denodadamente para abrirse camino, no pocas veces a codazos, en aquella sociedad que no podía imaginar que con el correr de los tiempos habría un español que lograría encumbrarla a lo más alto del arte musical. De ahí nuestro homenaje a ese andaluz universal, de Linares por más señas, don Andrés Segovia, Marqués de Salobreña, a quien denominé con el apelativo de “el dios de la guitarra”, en mi intervención en el Centro Cultural “Eloy Gonzalo” de Madrid, con motivo de su fallecimiento, en el año 1987. Aún recuerdo con emoción aquellas agradables charlas con el maestro en su estudio de la madrileña calle de Concha Espina. Doy fe que todo aquél que haya conversado con don Andrés, con toda seguridad, es un enamorado de la guitarra. Sí, maestro, ahora traigo a este trabajo aquella lección que su magisterio me confió. Era una mañana larga y apacible de Mayo del año 1981. Hablamos mucho, sobre todo usted. Hablamos de lo arisca y esquiva que, a veces, se muestra la guitarra, de sus conciertos por todo el mundo, de los agasajos y también… de la soledad del estudio. Como si fuera un legado, eso al menos es para mí, me dijo: “Amigo Leal, cuando le digan que el maestro (él gustaba utilizar esta preciosa y educativa palabra) Segovia tenía una gran dosis de inspiración, usted diga que sí, que es verdad, que yo se lo he confirmado. Diga que el maestro Segovia tenía nada menos que un cinco por ciento de inspiración, pero -y eso es lo más importante- que el maestro Segovia acompañaba a ese cinco por ciento de inspiración, con otro noventa y cinco por ciento de transpiración”. Seguimos con nuestro argumento, y así digo que el Arcipreste de Hita en su Libro de Buen Amor, en el verso 1.516 y siguientes, nos relata: “El cantar arábigo no quiere la vihuela de arco, / la zanfoña y guitarra no son de este grupo, / ni cítola y odrecillo gustan del azaguilaco, / prefieren la taberna y bailar con el villano.”

Los cinco sentidos- Oleo de Theodoor Tombouts

 

Por ello, en Europa en este tiempo no se encuentra un solo nombre de “tañedor de guitarra” y, por el contrario, son muchos los nombres de buenos laudistas y vihuelistas, sobre todo, en Italia, España y Alemania, como ya hemos indicado. Aquí podemos recordar también aquello que Lope de Vega pensaba acerca de la guitarra y que expresa, por boca de Gerarda, en el acto primero, Escena VII, de la Dorotea: “Perdóneselo Dios a Vicente Espinel, que nos trajo esa novedad y las cinco cuerdas de la guitarra, con que ya se han olvidado los instrumentos nobles”. Ya hemos reseñado que mientras el laúd va perdiendo prestigio en España, el pueblo llano acoge con fervor la guitarra de cuatro cuerdas, que posiblemente diera lugar al tiple, o timple, manchego que perduró por aquellas tierras hasta muy entrado el siglo XX. Sin embargo, la aristocracia española prefiere la vihuela. La guitarra, vuelvo a repetir, no tenía buena fama entre la nobleza y los intelectuales. Y hemos expuesto los pensamientos de Juan Ruiz “Arcipreste de Hita” y de Frey Félix Lope de Vega y Carpio. Pero esto que pudiera parecer un tanto de fobia de Lope de Vega hacia la guitarra, no es así. Baste recordar la gran amistad que el “Monstruo de la Naturaleza” tuvo con el malagueño Vicente Gómez Martín (1550-1624), más conocido por Vicente Espinel, para ver que sus palabras no son sino simple pretexto para inmortalizar el nombre de su maestro en una de sus obras preferidas, La Dorotea. Lope de Vega nunca tuvo fobia a la guitarra y, aún me atrevería a afirmar, que en más de una ocasión abrazaría al instrumento de figura de mujer; recordemos su vida azarosa y sentimental -citemos a modo de recuerdo a algunas mujeres a las que amó: Marina de Aragón, Elena Osorio “Filis”, Isabel de Urbina “Belisa”, Antonia de Trillo, Micaela Luján “Camila Lucinda”, Juana de Guardo, Marta de Nevares “Amarilis”- hasta su muerte, que le tendiera amorosamente su maestro. Y así es cómo pudo decir Lope, por boca de Fernando: “Yo le quiero decir mis locuras con estas cuerdas”.

 

Los tres músicos-Diego de Velázquez-Museo Nacional de Berlín

Lope no encontraba instrumento mejor para expresar los sentimientos que se tienen dos personas amadas, que las cuerdas del instrumento, que en todo momento le recuerda a la mujer amada. Y cuando los sentimientos amorosos se truecan en lágrimas, nada mejor también para expresar estos sentimientos, que la prima y el bordón. Lope de Vega, en la dedicatoria de “La viuda valenciana”, recuerda nuevamente a su maestro con estas palabras: “El bello arte no olvidará jamás en los instrumentos el arte y dulzura de Espinel”. Si Lope de Vega pone de manifiesto su cariño y admiración hacia Vicente Espinel, también Miguel de Cervantes, contemporáneo y amigo personal del poeta malagueño alaba las dotes guitarrísticas de éste y se refiere a él, cuando dice: “Este, aunque tiene parte de Zoílo, / es el grande Espinel, que en la guitarra / tiene la prima y en el raro estilo”. Y es ahora, a partir de la fama de Vicente Espinel, en plenitud del siglo XVI, siglo de don Miguel de Cervantes, cuando la guitarra morisca o latina, asiria o persa, griega o egipcia, toma carta de naturaleza en España y es nombrada, por aclamación popular, hija adoptiva y predilecta, con todos los derechos realengos de las generaciones pasadas, presentes y las que aún están por venir. Es el tiempo triunfal de aquel rey Prudente, en cuyos dominios no se ponía el sol; es el tiempo en el que la fiebre religiosa ha impregnado a la España tridentina, cuyo concilio, a decir de don Marcelino Menéndez y Pelayo “fue tan ecuménico como español”; es el triunfo del tiempo de la búsqueda de aventuras, cientos y cientos de españoles surcan los mares, soñando con criados de librea y camisas con puños de blonda, y, para soñar, nada mejor que arrullarse con los sones de una guitarra. Es el tiempo en el que España impone su Ley, su Cultura, su Religión, su… Guitarra: la Guitarra Española. A partir de este momento todos los pueblos europeos y americanos, cuando se refieran a la guitarra le pondrán un calificativo: Española.

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