ANATOMÍA INDEFINIBLE DEL AMOR por Natividad Cepeda

Mis primeros recuerdos están envueltos en una nebulosa que me han acompañado desde mi infancia. Mi madre, siempre- y siempre es muy poco en la historia humana, y mucho para la mía propia- se ha preguntado por qué yo contaba con tanta precisión aquellos hechos si no contaba dos años de edad, pero lo cierto es que todo concuerda con lo sucedido. En mi viaje al pasado, estoy durmiendo, me despierto con mucho calor; tanto que siento la necesidad urgente de salir de aquél encierro donde me asfixio. No puedo escapar, la cuna, alta, con barrotes de madera me hace escalar con mucho esfuerzo hasta poder deslizarme al suelo. Después, ando en busca de algo que calme aquél fuego, y no recuerdo cómo, llego hasta un pequeño lago de agua donde mojo los pies y agachándome hasta quedar en cuclillas, mojo mis manos en el agua y me las llevo al rostro y a la boca. Entonces una figura grande con la voz de mi madre, exaltada por el miedo, me grita que qué es lo que hago allí, me coge en brazos apartándome del agua, lo que hace que yo rompa a llorar porque quiero seguir mojándome. Dentro de aquella confusión soy consciente de que algo muy grave sucede, escucho voces y entre la niebla del tiempo hay rostros mirándome y manos que me palpan. Jamás recuerdo tener miedo porque la voz de mi madre no se aparta de mí. Luego todo se borra y no recuerdo nada más. La historia es sencilla, un bebé con neumonía al que le sube la fiebre y no puede respirar se sale de la cuna y llega a través de tres estancias hasta un patio grande donde al llover se forma un charco de agua, una madre asustada y un pediatra de la familia que al ver que aquello no remite dice que hay que hacer una traqueotomía. Miedo y angustia en todos y final feliz porque de pronto la fiebre remitió. Desde entonces la fiebre me dejó inmunizada. A estas alturas de mi vida muchos de los que me acompañaron se han ido, quedan mis padres y las voces protectoras que me ampararon. Cuando regreso a ese momento vuelvo a experimentar el gozo de sentir el agua en mi cuerpo y la voz de mamá a mi espalda llena de amor y terror. No he podido olvidar muchas otras voces susurrando a mí alrededor a la manera de cuando se reza sin voz y sin sonido. Y hay oscuridad, mucha oscuridad a mí alrededor, pero yo no siento miedo. El agua es mi otra piel, la familia el eje fundamental de mi vida.

He vuelto a leer las arcaicas leyes de Licurgo: La Gran Retra, que hizo posible que Esparta fuera conocida por su ejercito además de por su deshumanización para con los más débiles. Volviendo la mirada a la historia en mi gran ignorancia me pregunto ¿hacia dónde vamos en la actualidad? La tribu del siglo XXI se está ejercitando en un desarrollo en contra de la especie; concretamente en contra de los débiles en cualquiera de sus fases o etapas. Desde que nacen los niños son apartados de los lazos tribales de los suyos, el aprendizaje se deja en manos del estado o en manos ajenas a la familia. Son seres excluidos del afecto y atenciones del amor. El legado que reciben es un montón de fetiches que intentan igualar al amor fraternal. Porque un niño no es un juguete al que se le debe manipular, es ante todo un ser vivo al que hay que formar para que recoja el testigo que dejan otros seres cuando abandonan la vida. Y la vida, toda vida, es un don preciado al que nadie debe poner trabas ni atentar en contra de ella ni en su concepción ni en fases terminales bajo ninguna hipótesis.

Los retos a los que accedemos en nuestra sociedad nos ponen delante del disparadero de la conciencia individual, que en la mayoría de los casos es general, gracias a los medios audiovisuales que cambian y educan la opinión alegando principios éticos sociales. Así fractura la experiencia personal creando una conciencia aleatoria de muchos sucesos importantes. Romper con nuestra cultura y creencias nos aboca al peligro de la extinción al adentrarnos en cursos cenagosos para la existencia humana. Esta sensación de inseguridad ya la tenemos acentuada entre nosotros, la crisis económica es un baremo de nuestra crisis emocional. Vivir en constante crisis es norma habitual. Se nos dice que todo lo podemos conseguir. Bajo esa consigna elaboramos sueños, cuando despertamos de esa ficción las palabras se diluyen y la oscuridad de la depresión cerca a un número elevado de personas. La depresión es la puerta de la tristeza y la desesperanza. Resulta extravagante esta enfermedad asentada en una sociedad exenta de perjuicios. Sociedad dada a solucionar por la vía rápida cualquier conflicto físico, olvidando que las emociones no pueden ser cortadas con bisturí ni con cirujanos expertos en sicología avanzada en técnicas sociales. Se han llegado a dar por buenos auténticos disparates, tales como el aborto, laeutanasia, el crimen femenino, las reyertas sangrientas y los robos perpetrados bajo cualquier circunstancia con la disculpa de que no se pueden evitar. Así como la separación de la familia cuando se llega la vejez o durante el periodo de lactancia y primera infancia y en el cuidado de enfermos terminales. Un mundo así carece de base donde asentar sus principios, porque al margen de ideas religiosas compartidas o debatidas, toda sociedad que combate a los débiles está cavando su propia tumba.

 

La anatomía del amor merece detenerse en las pequeñas cosas, en esas partículas imprecisas que nos hacen participes de avanzar o retroceder cuando pulsamos el latido del corazón. Y no hay mejor parábola para los que llegan a esta mundo que la pequeña historia de amor de una buena madre, y una familia que acoge y protege, desde el principio de la vida hasta el final rodeado de los seres queridos. Lo demás, eso que se nos quiere vender bajo el patrocinio de sociedad avanzada es un retroceso a las cavernas del terror. Porque no hay mayor terror que no ser amado en esta vida. Si para proteger el amor hay que salir a la calle pidiendo licencia para vivir entonces es que le hemos dado la espalda a Dios. Además de olvidar la ética de las acciones humanas y el respeto individual que se exige en toda sociedad que se precie de haber avanzado en favor de un progreso justo y equitativo.

 

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