LA TORTAJADA por Luis Manuel Moll Juan

Fascinadora granadina que estuvo a la altura de la “Bella Otero”, Consuelo Tamayo fascinó por su arte y por su belleza, triunfando en los más célebres escenarios europeos.

 

En el teatro Empire, en pleno París, una joven atraviada de crinolinas y plumas canmtaba “Miss Bouton d’Or”. Es su debut, la noche de su debut parisino. El publico está expectante para ver a “La Tortajada”, nueva en la plaza. Su belleza andaluza, ha impresionado a los espectadores. Pero cuando la española levanta la auténtica marea del delirio es en el número de baile que sigue al de su aparición. Su baile hace creer que una diosa repleta de armonías y misterios. Su traje de flamenca la transforma en flor, en ola, mientras que el viento oscuro del duende recorre todo su cuerpo hasta lograr transmitirlo al público. Y una voz de sonidos negros, que pocos entienden, se lamenta:

“Quiisiera ser como el aire

Pa estar a la vera tuya

Sin que lo notara nadie…”

 

Cuando enmudecen las guitarras y las voces compañeras de la “bailaora”, la sala puesta en pie aplaude y grita: ¡Tortajada! ¡Tortajada! Sabido es que más que el arte de aquellas míticas figuras de “La Belle Epoque”, importaba la fascinante y arrolladora presencia de la “divette”. La sugestión que derrochaba en las picarescas melodramáticas veleidosas y casi siempre insustanciales letras de las cazonetas, conque conquistaban al público. “La Tortajada” cumplía todos estos requisitos.

 

La Tortajada gustaba de automóviles suntuosos.

Cuando “La Tortajada” se presenta en el Empire de París tiene solo 15 años. Un antes se había casado con el compositor catalán Ramón Tortajada, alumno del maestro Eslava, de Marmontel en París y de Solvestre en Nápoles. Tortajada era el director del coro de un convento de monjas en Barcelona en el que se educaba Consuelo Tamayo. Descubrió en la mujercita corista una voz impresionante y le animó a estudiar canto bajo la dirección del maestro Serra en la ciudad Condal. Más tarde dará clases con el maestro Arriaza en Sevilla. Junto a Ramón Tortajada y una hermana suya, Consuelo forma el trio Tortajada y ttras una serie de actuaciones en Madrid y Barcelona la convencen para que se dedique a las varietés. Ramón Tortajada, será su compositor y mentor. Deciden dar el salto al París de los sueños y de las estrellas. Para la presentación de Consuelo en el mundo parisino, le compone “Miss Bouton d’Or” y la viste de Vedette con innecesarios corsés, sujetaligas, pieles, plumeros…Así nace “La Tortajada” Por las calles del París que cegaba a la corista, paseaban los escritos de Dumas, Proust…; pintan sus cielos Gauguin y Toulose-Lautrec…; representan Sarah Bernhardt y la Duse…, cantan y bailan Mistinguette y la Cleo de Mérode, conquistan las galantes Liane de Pougy, Emilienne d’Alençon, y la más hermosa de todas, la otra española conocida como “La Bella Otero”.

 

Cartel anunciando a La Tortajada

En París estaba de moda lo español. Juan B. Enseñat, en la Ilustración Artística, decía en su “Crónica Parisiense”: “La temporada que fine ha sido particularmente fecunda en género español. Hace dos años todo era aquí a la rusa…pero duranto todo el invierno la música y la danza españlas han privado en los conciertos de París; y desde el grado más sublime a que se ha elevado Sarasate, tocando el violin en la Sala Heard y en el Chatelet, hasta ínfimo grado en que rasguean sus instrumentos los guitarristas anónimos de las estudiantinas tabernarias, han entusiasmado al público en el Folies Bergére, Eldorado y la Scala, hasta los jipios con que Lola Lucena ha alborotado en el Olympia; de los graciosos <<trenzados>>, con que Rosita Mauri triunfa en la Ópera, hasta los <<puntapiés>> que dirige al público del Folies Bergére <<La Bella Otero>>, toda la escala del arte español ha tenido su presentación en las escenas parisienses… No mentaré a los demás españoles de hambos sexos que han contribuido a popularizar nuestro arte en París durante el invierno, porque la lista es interminable. No hay teatro, concierto, ni café cantante, ni cervecería artística que no haya una diva, una pareja de baile, una compañía flamenca o una orquesta de guitarras y bandurrias ejecutando género español”.

La Tortajada, con su marido y unos amigos dando un paseo en automóvil. Siempre tuvo una gran aficción al nuevo medio de transporte y de deporte.. Fue una de las primeras mujeres que contribuyó a poner de moda el automóvil.

 

La Tortajada, estando en París, fue contratada por Oller, empresario catalán y su nombre fue comenzó a estar entre la media docena de artistas que se disputaban el cetro del “music-hall”. Las postales plasmaron el semblante y la figura de esta mujer. Dos veces dio la vuelta al mundo actuando en Berlín, Bélgica, Suiza, Italia, Rusia, Norteamérica…Fue condecorada por el Kaiser Guillermo II y el Zar Nicolás II. Nunca quiso, salvo alguna excepción, actuar en suelo español. En la biografía de la Bella Otero, de Arthur H. Lewis, se puede leer: “ Cuando terminaban los noventa, escribía Willson Disher en el Music Hall Parede, que el <<Alhambra>> se convirtió en meta para las estrellas del mundo entero. Dos estrellas oscurecían a todas las demás. Una fue la señorita Consuelo Tortajada, que cantó y bailó en el <<Alhambra>> durante muchos meses y la otra, fue la Bella Otero. La Tortajada, una belleza esbelta, había trabajado tras la Bella en Koster & Bial’s y la había precedido en el <<Alhambra>>. A diferencia de la Otero, esta bellísima española cosechaba triunfos de la crítica donde quiera se presentase y al parecer restringía sus actuaciones sólo al escenario. No había celos profesionales entre las dos señoritas. Para su rival, la gallega sólo hizo un comentario amable: La Tortajada baila bien y es una mujer bella.

Uno de los mayores éxitos de la Tortajada, lo obtuvo en la tournée por el Transvaal. El la imagen, el día del homenaje que le tributó un príncipe Zulú

La Tortajada tuvo numerosas anécdotas en su vida. En una ocasión, contaba ella a la escritora Carmen Burgos: “Estaba en Nueva York. Allí, ya sabe usted que las casas tienen cuarenta o más pisos y a veces el teatro está en el último. Yo estaba un día vistiéndome para salir a escena en uno de esos teatros, cuando de pronto aparece un señor y me cierra la puerta. –Qué quiere usted?- pregunté sorprendida. –Vengo a matarla- me respondió sencillamente -¡Pues es una idea!- exclamé sin saber que hacer no como salir del paso –Yo estoy enamorado de usted hace mucho tiempo- me dijo el desconocido. –La he seguido a usted por todo el mundo, y jamás he logrado que fije en mi su atención ¿es que usted no me quiere?.- Figúrese mi apuro. –Como no le he tratado…- se me ocurrió decirle. Entonces le desconocido guardó el revolver diciendo: -¿Para qué matarla? ¡Si no me ama!. Míreme usted bien y jure que no me olvidará nunca…- En ese momento la policía hizo acto de presencia. Aquel hombre se cruzó tranquilo de brazos: -¿No me olvidará usted?- Y yo no tuve valor para que se lo llevaran a la cárcel y dije que había sido una broma”. En otra ocasión vuelve a contar Consuelo. En África, en el Transvaal, una vez le hicieron un homenaje en el que formaba parte una tribu de 3000 zulús. Bailaban sus danzas al son de instrumentos indígenas. “Por cierto, que uno de sus príncipes, un negro que parecía de ébano, era muy bien plantado, y al bailar me imitaba un poco, y se ha quedado con mi nombre, le llaman el Príncipe Tortajada.

 

En sus viajes por España, siempre visitaba Granada, pero solamente una vez, en febrero del 1906, accedió a actuar entre sus paisanos. Fe en el teatro Cervantes, en una función destinada a fines benéficos. Durante una de sus estancias en Granada, murió la madre del artista. Parece ser que en el lecho de la muerte, le hizo prometer a su hija que abandonara el teatro, pues para la virtuosa señora era estar en pecado mortal. Lo cierto es que, de la noche a la mañana, La Tortajada, decidió abandonar las tablas. Como los grandes empresarios del mundo la reclamaban, tuvo que pretextar una grave enfermedad que le impedía actuar. La Tortajada, pasó del éxito de la vida teatral a un periodo de agudo mistecismo. En Granada creó junto a su marido un servicio de viajeros entre Granada y Motril. Se llamaba “Compañía de automóviles Tortajada”. Tardaban los coches en hacer el recorrido de 80 kilómetros unas 7 horas, teniendo un servicio diario. Sirvieron para sustituir a las viejas dirigencias. Los viajeros mostraban reservas ante esos vehículos que alcanzaban “diabólicas velocidades”. Mantenía un servicio de averías con “raudos triciclos· en los que los mecánicos acudían rápidamente a solucionar los problemas, numerosos estos, que sucedían a lo largo del recorrido. Este negocio futurista “a la europea” fracasó y tuvieron que cerrar la empresa. Ramón Tortajada, dirigió de forma gratuita la Escuela Municipal de Música. Y, algunas tardes, solía recalar en el Café Alameda, en la Plaza del Campillo. En este café estaba la tertulia “El Rinconcillo” que formaban los jóvenes intelectuales de Granada como Federico García Lorca, Melchor Fernández Almagro, Antonio Gallego Burín, José Fernández Montesinos… A veces aparecián Manuel de Falla, Fernando de los Ríos o Ramón Gómez de la Serna entre otros hombres célebres. Ramón Tortajada a quin Mora Guardido llama “maestro de la alta picaresca artístico-galante” de Consuelo Tamayo, se fugó un buen día con la cocinera, llevándose parte del tesoro de su mujer.

En Granada alquiló un palacete árabe, que el gran actor granadino Francisco Fuentes se había hecho construir en la plaza de la heroína Mariana de Pineda. Vivió en este palacio convertida en una señora Burguesa y devota. En un landó tirado por los potros más impresionantes de Granada, iba a misa de Las Angustias. Con el tiempo, La Tortajada, se fue convirtiendo en doña Consuelo. Iniciado el declive de su juventud, invulnerable al engaño, abrió las puertas de su casa a un hombre joven, que como pájaro depredador acabó de dilapidar su fortuna. La Tortajada cuando murió en 1957, muy pocos se acordaban de ella. Murió entre sus recuerdos estanterías repletas de fotos, recortes de prensa y condecoraciones. Quedó como un recuerdo deslumbrante de la “Belle Époque”. Vivió rindiendo culto a su pasado esplendor físico.

 

En este palacete árabe, en Granada, transcurrieron los últimos años de La Tortajada

 

 

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