CREPÚSCULO Y MUERTE DE D. MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA por Antonio Berlanga Pino

Dedicar un pequeño ensayo a una personalidad tan excelsa (hombre y literato) uno de los capiteles más sólidos que hace dimensionar en su conjunto el edificio literario español, la literatura en castellano y universal, resulta una tarea temeraria y arriesgada. En mi caso, este riesgo se me supone doble, ya que mi vocación y ministerio real es la de poeta y a lo sumo prosista de relatos breves. Pero es tal la fascinación que despierta D. Miguel de Cervantes, no sólo por su genialidad sino por su azarosa y tremebunda vida, que vale la pena intentarlo, aun así de no ver maduro el fruto en un árbol ensayístico que pretendiera darle forma, color y medida, y una historiografía de lo más exacta.

Para empezar haré mención de la triple referencia con que se conoce a Cervantes y que retratan su circunstancia personal, situándolo en un determinado estrato sociológico: ser soldado, hidalgo y pobre. Por tanto el hecho de publicar, para D. Miguel, se convierte en una necesidad ineludible, un medio para su subsistencia.

Esta urgencia le llevaba a renovar o reconsiderar lo ya hecho. Reescribió y retocó relatos firmados o fechados hacía dos lustros, como por ejemplo el de Rinconete y cortadillo y El celoso extremeño. En este último llegó incluso a endosarle un final muy distinto. Eran tiempos muy difíciles para un escritor de pluma y espíritu tan elevados como tenía nuestro personaje. La irradiación sin cortapisas de una genialidad cósmica como la del escritor alcalareño tenía que cohabitar para su puesta a punto con una España áspera y rígida por la presión asfixiante de la moralina. D. Miguel omitió el relato de La tía fingida en la colección de las Novelas ejemplares por considerarlo demasiado atrevido para el juicio inquisitorial de la España de entonces. La nación que idealizó sus huestes en el retablo hostil de la Contrareforma, el sólo concepto de novela seguía siendo asociada con el impetuoso Bocaccio y sus seguidores. Pero su acento moralista habla de un Cervantes conocedor de la pura realidad. tenía que ajustarse a la arcilla disponible para modelar su obra.

CERVANTES SAAVEDRA, Miguel de (Alcalá de Henares 1547-Madrid, 1616). Escritor español. Intervino en la Batalla de Lepanto, y estuvo cinco años prisionero en Argel. Durante dieciséis años recorrió Andalucía, lo que se reflejó posteriormenmte en “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” (1605), su principal obra. . Credit: Album / Prisma

Algunas novelas causan la impresión de haber sido escritas con “un azogue de caballos desbocados en la escritura” por esa necesidad de publicar que ya antes he mencionado. Este es el caso de La española inglesa, narración influida por los años del deshielo en las relaciones entre España e Inglaterra 1611-1612. El dos de julio de 1612 se le proporcionaba una inyección de oxígeno que le producía una leve mejoría en su situación económica y en su vida llena de penurias y calamidades. El editor Francisco Robles, aunque sometió a censura los doce relatos de las Novelas ejemplares, compró a Cervantes los derechos del libro por un plazo de diez años y por la cantidad de seiscientos reales. Los títulos son: La gitanilla, El amante liberal, Rinconete y cortadillo, La española inglesa, El licenciado Vidriera, La fuerza de la sangre, El celoso extremeño, La ilustre fregona, Las dos doncellas, La señora Cornelia, El casamiento engañoso y El coloquio de los perros. En cambio la censura no opuso ningún impedimento, y al contrario, los consideró realmente ejemplares por enaltecer la virtud y rechazar los vicios.

Cuando D. Miguel emprendió nuevos trabajos literarios era consciente de que le quedaba poco tiempo de vida. Sus nuevos títulos eran Viaje al Parnaso y Los trabajos de Persiles y Sigismunda, relatos de los que tenía buenas perspectivas de consagración como autor. El 26 de marzo de 1616 escribió a Bernardo de Sandoval y Rojas, arzobispo de Toledo, para agradecerle una última ayuda económica.

Existe la teoría que revela que Cervantes era muy probable sufriera de diabetes, una enfermedad de la que no se tenía conocimiento en la ciencia médica de la época pero que existía. Uno de sus síntomas era la hidropesía.

Agonía de Cervantes. Óleo de Eduardo Cano de la Peña

El 18 de abril D. Miguel recibió la extremaunción, atendido por el mismo sacerdote que había prestado los mismos servicios religiosos a sus dos hermanas en los momentos de sus fallecimientos. Al día siguiente tuvo una mejoría, y por ello pudo escribir la dedicatoria de Los trabajos que estaba dirigida al conde de Lemos. En este escrito Cervantes dejaba entrever el deseo de seguir con la continuidad de La Galatea, del desconocido Semanas del jardín y de Bernardo, obra que nunca hasta ahora había citado. A los tres días, 22 de abril de 1616, Cervantes se apagó por completo en una última brizna. Al día siguiente, en Inglaterra se apagó también Shakespeare, otro genio universal. El 23 de abril llevaron a D. Miguel de Cervantes desde su casa de la calle del León hasta el reciente convento de las Trinitarias que se encontraba en la esquina de la calle Cantarranas (ironía de la vida, hoy llamada Lope de Vega, su más competidor y rival) vestido con el hábito de franciscano y el rostro al descubierto. Allí le dieron sepultura y allí descansan sus restos hoy pero sin ninguna posibilidad de identificación. Dos años más tarde su esposa le acompañaba en esta misma morada del sueño eterno.

 

 

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