POEMAS DE EDUARDO PÉRSICO

 

Fugaz como la tarde.

 

Las palabras se pierden.

Ni bien rozan el aire su formato se esfuma,

hoja que deshilacha del silencio al olvido.

Esta ciudad ajena a sus ojos tan claros

y su complejo idioma,

una tarde nos hizo andar el mismo rumbo.

Buenos Aires crecida de cuartos transitorios

es pródiga en romances que hagan pasar el rato.

Algún brillo furtivo habremos visto juntos,

denuedo compartido por mostrarnos el alma.

Y acaso aconteciera, cachorros renacidos.

Al vestirnos y el juego de abrochar su corpiño

adherimos al beso piel abrazo y memoria.

Todo cuanto teníamos.

Minuto inolvidable, por decir de algún modo

sin pesares de tango ni renglones que valgan.

Esa piel vuelve a rachas junto a sus ojos claros.

Y la voz siempre enigma ya confunde su nombre.

 

Poesía demanda ilusionada.

 

 

Y la poesía también sirve

para molestar al rey.

Rayo que nos lacera el corazón,

cigarrillo de lenta ceniza meditada,

desvelo por la sombra que acecha

en la ventana de la aurora,

cada tanto, también,

la poesía refulge tornasoles presuntuosos.

Sí. Y alquimias para conmemorar, ‘señoras y señores,

‘que las mariposas son díscolas flores desertoras,

o un grácil surrealismo de angelitos pintores’.

¿Qué se dice de tanto palabraje

que humilla nuestra urgencia,

-desgarrada, raída, sueño hilachas de trapo-

y cruentos lagrimones del fracaso

que nos clava las uñas, costillas bien adentro?

¿De qué van los versitos incoloros si cada

dos segundos se muere un pibe de hambre en el planeta?

¿Verso a hechura de un dios que ignora su tarea?

La poesía repite seguir creciendo al hombre.

Poemas mano a mano sin soledad tan sola.

El unísono grito de remeros constantes,

extenuados de capitanear este naufragio de

errátiles gorriones, entre vendavales y tormenta.

 

Intento de resistir…

 

Que cerca están las malas letras de los tangos

de esa muchacha que al duro amanecer, cinco de la mañana,

despereza la calle.

De algún auto le guiñan un requiebro

de gordinflón rubicundo,

con toda la cara de baboso…

Un merodeo de absurdo melodrama la quiere convocar,

triste muchacha,

envolverla en realidad pegajosa

de costurerita dando malos pasos

y según un ingenuo, sin necesidad.

Como si no le resultara imprescindible

esa blusa tan linda, con el corte moderno.

Y esas sandalias, qué hermosas,

de tan sólo tres tirillas doradas.

Qué bien le quedarían.

Ser obrera de fábrica, madrugante del alba

Es decir muy ausente.

No entender bien las cosas.

Ignorar por lejanas cuestiones importantes:

Saraos. Vernisagges. Alta costura.

Veraneos en el mar. Galanes rubios.

Ni compartir siquiera esas mullidas camas

en suntuosos privados con alguien divertido.

Mágicos bienestares. Felicidad. Deslumbre.

Donde el brillo incestuoso contraviene

nuestra verdad de adentro.

Mala letra de tango le manosea las nalgas

y la mañana es fría.

Es un metal deforme golpeando pantorrillas,

Un gesto sin sonrisa que le cruza la cara,

le endurece los ojos,

al mirar la vidriera que es una celestina.

 

 

 

 

 

 

 

 

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