BAROJA Y CARPENTIER, DOS MIRADAS A CUENCA por Grisel Parera, poeta

 

 

Pío Baroja Nessi. ´leo de Sorolla

Hace cien años, el escritor vasco Pío Baroja recorrió los pueblos conquenses de Salvacañete, Moya, Cañete y Cuenca. Sobre ésta última dijo: -Luego determiné ir a Cuenca, a la capital que no conocía. La ciudad me gustó mucho y estuve en ella un par de semanas. Bajo el título genérico Memorias de un hombre de acción, se agrupan veintidós volúmenes de novelas, escritas por Don Pío entre 1912 y 1934. En el Tomo V encontramos Los recursos de la astucia, que se compone de dos novelas cortas: La Canóniga y Los guerrilleros del Empecinado en 1823. Escrita en 1915, el autor apuntó: La Canóniga es una historia que se desarrolla en Cuenca. Cuenca es una de esas viejas ciudades españolas colocada sobre un cerro, rodeada de barrancos y llena de callejones estrechos y románticos. No se explica que un pueblo así no aparezca en la literatura de un país, más que suponiendo en ese país una insensibilidad completa para cuanto sean realidades artísticas. La Canóniga es, entre mis novelas, de las más sugestivas. Tiene como cierta vibración de misterio y de odio, que creo que está realizada. Aquella Cuenca que Don Pío conoció, aún tiene tintes medievales. El novelista recorre los adoquines de sus callejuelas, pisa los rellanos de escaleras estrechas, portales oscuros y buhardillas. Admira los balcones volados y la extraña arquitectura. Penetra el taller en el Callejón de los Canónigos, donde se habla de la inestabilidad del hombre, del fugaz placer y de las horas fatídicas en el devenir del tiempo.

Calle Alfonso VIII en 1910

Se asoma por las angostas ventanas entre sombras de quinqué, para sorprender a sus personajes que salen de las piedras. Conoce lo suficiente a La Canóniga: mujer, bruja y celestina, así apuntala la novela y ella da título a la obra. Novela que es una apasionante y sentenciosa tragedia. La narración de una leyenda popular, contada por Pedro Leguía en 1837, a partir del relato que le hizo un constructor de ataúdes de Cuenca. Y que podría haber recibido el título de cada uno de sus personajes, por la fuerte caracterización que los individualiza. En ella conocemos la pasión y muerte de Miguelito Torralba o Miguelito Caparrota: calavera, matón, rodador de bandurria y su búsqueda de redención; al mozo Garcés natural de Pajaroncillo. A Cándida, loca y advenediza que intenta apoderarse de la vieja casona. La traición de Sansirgue, el cura corrompido; la firmeza de Gertrudis; la triste historia de la huérfana Asunción; a las dos siniestras divinidades totémicas: el cuervo Juanito y el enigmático y negro gato Astaroth. Y volada sobre el Júcar, la altiva presencia de la Casa de la Sirena. Así la describió Don Pío: …en una calle estrecha, próxima a la Plaza del Seminario, existía por entonces una casa antigua, alta de color gris. Fue en ese espacio donde el escritor reunió los elementos de la trama, y la descripción de Cuenca es el personaje que marca el ritmo de la novela, a veces desgarrador; otras de incertidumbre ansiosa y romántica. En los párrafos trascritos a continuación se puede apreciar el reflejó del paisaje conquense: -Recorrer las hoces desde abajo, entre los nogales, olmos y huertas de las orillas del Júcar y del Húecar, o contemplarlas desde arriba, viendo como en su fondo se deslizaba la cinta verde de sus ríos, era siempre un espectáculo sorprendente y admirable. También admirable por lo extraño era recorrerla de noche a la luz de la luna, y, sentándose en una piedra de la muralla, mirarla envuelta en luz de plata hundida en el silencio.

Poco a poco para el paseante solitario y nocturno, este silencio tomaba el carácter de una sinfonía, murmuraban los ríos, estallaba el ladrido de un perro, sonaba el chirriar de las lechuzas, silbaba el viento en la capa de los árboles y se oía a intervalos el cantar agorero del búho como el lamento de una doncella estrechada en los brazos de un ogro en el fondo de los bosques. En aquellas noches claras, las callejas solitarias, las encrucijadas, los grandes paredones, las esquinas, los saledizos, alumbrados por la luz espectral de la luna, tenían un aire de irrealidad y de misterio extraordinario. Los riscos de las Hoces brillaban con resplandores argentinos, y el río en el fondo del barranco m

GUia de Cuenca donde Pío Baroja participó en su creación junto a otros autores

urmuraba confusamente su eterna canción, su eterna queja, huyendo y brillando con reflejos inciertos entre las rocas. La lectura de La Canóniga es un viaje hacia el pasado, a la Cuenca liberal y a la conservadora. Como dijera Carlos de la Rica: -Paradójica Cuenca enfrentada a sí misma en su fatal y mistérico destino. Cuando un escritor convierte una historia en texto, realiza una acción de entrega, porque lo narrado pasa a ser patrimonio de los lectores. Como cuando un mensaje dentro de una botella se echa al mar, nunca se sabe hasta dónde podrá llegar. Así, la obra de Pío Baroja traspasó fronteras y en un campo de Cuba, llegó La Canóniga a manos del joven Alejo Carpentier, en el año 1919. Quizá sea ocioso el intento de presentar al escritor Alejo Carpentier, sin embargo es necesario trazar un esquema biográfico, para explicar su relación literaria con el español, Pío Baroja. Nació en La Habana en 1904 y fallece en París en 1980. Hijo de padre francés y madre rusa. De su padre Carpentier dijo: …era un apasionado de Baroja, pasión que me comunicó cuando empecé a leer, y en El siglo de las luces, quizá pueda hallarse alguna referencia de las Memorias de un hombre de acción. Desde temprana edad Carpentier lee literatura, se educa musicalmente y en 1921 comienza a estudiar arquitectura. De todo ello quedará constancia en su producción escrita que integra de forma armónica en su narrativa. En 1923, se incorporó al Grupo Minorista Cubano y explica: -Este grupo respondía fundamentalmente a hombres pertenecientes a una misma generación, que sentían la imperiosa necesidad de intercambiar ideas, de informarse lo mejor posible, de cuantas transformaciones se iban operando intelectual y políticamente en el mundo. Hablábamos mucho de Picasso, Stravinski, de poetas nuevos… Esa época fue dificultosa y precaria para Carpentier. Además de ser redactor jefe de la revista comercial: Hispania, escribe una historia del zapato para la publicación oficial de la Unión de Fabricantes de Calzado, y firma como Jacqueline en la sección de modas de la revista Social. Su situación mejora al ser hecho redactor jefe de otra revista importante: Carteles. Pero en 1927 es encarcelado por el régimen de Gerardo Machado, tras haber firmado un manifiesto contra el dictador. En la cárcel comenzó a escribir ¡Ecué-Yamba-Ó! Y una vez en libertad condicional funda Revista de Avance, junto a Juan Marinello, Jorge Mañach y otros.

Alejo Carpentier por Alejandro Cabeza

En 1923, clandestinamente y con la ayuda del escritor francés Robert Desnos, Carpentier escapa de Cuba en el buque España, que lo condujo a Francia. Comienza así, su larga etapa europea que habrá de durar hasta 1939. La primera visita de Carpentier a España fue en 1933. Ese año publicó en Madrid, su novela afrocubana ¡Ecue-Yamba-Ó! y por derecho de autor el responsable editorial Julio Álvarez del Vallo, le entregó mil pesetas al cubano. Posteriormente Carpentier contó:

-Con ese dinero di un banquete a mis amigos. Y fue grata mi visita a la tierra española, sobre todo porque allí trabé amistad con Lorca, Salinas, Marichalar, Pittaluga y otros. Aunque siempre he detestado la vida de café -nunca la practiqué en París- por parecerme una abominable forma de perder el tiempo, de no hacer nada, confieso que pasé muy buenos ratos con García Lorca en la Taberna de Correos

En 1934 vuelve a España para asistir al estreno de Yerma de García Lorca, y consigue que la Editorial : cruz y raya, publique Residencia en la Tierra de Neruda. En la primavera de 1935, Carpentier visita por primera vez Cuenca y dio fe de su estancia, en el artículo: En la ciudad de las casas colgadas, que se publicó el mismo año en la revista cubana Carteles y aparece en su libro: Bajo el signo de las Cibeles (Crónicas sobre España y los españoles, 1925-1937) Publicado en Madrid por la Editorial: NUESTRA CULTURA. A continuación trascribo algunos fragmentos del artículo por su valor documental y porque su vigencia ilustrativa despierta un obsesivo interés por visitar la ciudad de Las Casas Colgadas.

-Llevo treinta y dos horas de viaje. ¡París-Cuenca, vía Burgos-Madrid! Pero es que esta aventura del viaje a Cuenca me la tenía prometida desde hacía muchos años. Soñé con Cuenca por primera vez en pleno campo de Cuba, allá por 1919, al leer uno de los episodios de las Memorias de un hombre de acción de Baroja. Desde entonces me obsesiona el nombre de esta ciudad… Y continúa: Hemos llegado tarde en la noche. Hundo la cabeza en una almohada que huele a tomillo y hierbabuena, sin valor para emprender un primer descubrimiento de la ciudad. Los zagales que me sirven un gigantesco vaso de café con leche de cabra se llaman Gregorio y Basilisa. Tienen nombres de príncipes bizantinos.

 

 

Plaza Mayor de Cuenca en 1915

Calle de la Moneda, Cuenca, 1915

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En prueba de incipiente amistad me han prestado todos los perros de la casa. Querían mostrarme le gallinero, pero declino la invitación. Estoy impaciente por penetrar en la ciudad de las casas colgadas. Imaginad un enorme peñón de rocas rodeado de precipicios que forman una réplica perfecta del Gran Cañón del Colorado. En el fondo de esa gigantesca arruga geológica corren mansamente el Huécar y el Júcar. En los bordes superiores del cañón, las erosiones milenarias han tallado una galería de esculturas alucinantes. Estatuas de piedras, de sesenta a cien metros de alto, con figuras de hongos, de naves, de árboles, de reptiles. Hay rostros semejantes a los que pueblan las costas de la Isla de Pascuas. Cementerio de montañas, con cipos, menhires y túmulos. El cañón nace al pie de la ciudad, se aleja de ella, se repliega, regresa, trazando una inacabable cifra 3. Y al fondo de cada semicirco, brota un manantial de agua de nieve, helada y tónica, en medio de los cipreses guardianes de silencio. Carpentier observa la forma en que la herencia histórica se manifiesta en el pueblo español y escribió: El pasado de España vive en su presente con una fuerza increíble. La memoria de los arrieros y campesinos de Cuenca está llena de relatos antiguos, de leyendas y tradiciones viejas de muchos siglos. Y ello establece un contraste significativo con una observación que puede realizarse en un campo de Francia. Cuando preguntáis a un campesino francés cuáles fueron los acontecimientos más notables ocurridos en el pueblo en que vive, os narra sucedidos casi contemporáneos: historia del notario, súbdito de Napoleón III, que se volvió loco: aleluya del bandido famoso que asoló la comarca a fines del siglo pasado. Iniciad una investigación semejante acerca de un campesino castellano. Tomará un sorbo de vino, empuñará un bastón con manos sarmentosas y os dirá: -Sabrá usted que cuando los moros estaban en Cuenca, los cristianos entraron en la ciudad, un día de mercado, ocultos bajo pieles de carneros… Y finaliza su artículo confesando la influencia que ejerció la ciudad de la roca eterna en su persona y lo que de ella, llevará consigo. ¡Recuerdo imperecedero de diez días vividos en Cuenca, de mañanas luminosas en que anduve, casi desnudo, por los desiertos senderos de sus mañanas agrestes!… De ellas he traído el cuerpo quemado y el espíritu lleno de sosiego. ¡Lo necesario para enfrentarse sin temor con los peligros morales y físicos de un nuevo invierno en París!

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

-Pío Baroja y Nessi: La Canóniga. Editorial Cosmópilis, 1929.

-Alejo Carpentier: Bajo el signo de la Cibeles. Editorial Nuestra Cultura 1979

 

 

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