EL TÚMULO DE NEWGRANGE, BRÚ NA BÓINNE (IRLANDA), por Josep Mª Roselló

Musica recomendada: Música Celta

La Cultura Megalítica encierra apasionantes misterios en la historia del hombre. Irlanda se nos muestra, como en tantos otros aspectos de su pasado, como un espacio sacralizado e inmortalizado por monumentos que los antiguos concibieron para que perduraran hasta el fin de los tiempos.

LOS CONSTRUCTORES DE MEGALITOS

Hubo una época de la historia en que la humanidad expresó su espiritualidad a través de la piedra. Millones de toneladas fueron transportadas, decoradas y erguidas con fines espirituales y místicos. Hace unos 6.000 años esa cultura se afianzaba en Europa. Conocían el arte de tejer, ya practicaban la minería a la vez que atesoraban los primeros e incipientes conocimientos sobre metalurgia y el manejo de rudimentos metálicos y, por primera vez, eran además de cazadores y  recolectores, agricultores. Adoraron a sus muertos, a la tierra y la Naturaleza y nos legaron, desde el Mediterráneo occidental al Báltico, sus característicos monumentos de piedra: los megalitos. Este inmenso trabajo que duró miles de años, nos revela la desconcertante realidad de que aquellas ancestrales sociedades, poseían además, notables conocimientos constructivos y astronómicos.

 

EL TÚMULO DE NEWGRANGE EN LA CURVA DEL BOYNE

A unos 40 kms. al Noroeste de Dublín se halla, en un amplio meandro formado por el río  Boyne, el lugar de Brú na Bóinne (en gaélico, “Palacio del Boyne”); no lejos de Tara, la montaña sagrada de los antiguos reyes irlandeses y escenario épico-mitológico del país. La posterior tradición celta (que nada tiene que ver con las construcciones megalíticas), insiste que los restos de algunos de sus reyes descansan aquí.

 

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En este punto del Valle del Boyne, se encuentran los túmulos artificiales de Newgrange y Knowth. Se trata de dos de los sepulcros de corredor más notorios de Europa; Newgrange, por su espectacular tamaño y por el impactante fenómeno lumínico-solar que en su interior recrea, y Knowth por su riqueza simbológica; de hecho, ningún otro lugar en Europa atesora tantos y tan misteriosos mensajes simbólicos como los que concentra este monumento megalítico de Knowth. Un tercer túmulo cercano, Dowth –hoy casi impracticable–, completa esta tríada de monumentos funerarios erigidos por una de las primeraas sociedades agrícolas que explotaron los recursos de este lugar.

 

En nuestros días, se nos hace difícil comprender que movió a aquellas sociedades a levantar obras tan desmesuradas como Newgrange, a tenor de sus rudimentarias posibilidades tecnológicas y de la corta expectativa de vida de la época (alcanzar la “venerable” edad de 40 años era casi un prodigio); por lo cual fue necesario la implicación de muchas generaciones para culminar la obra que tardó un milenio en concluirse. Tal debió ser la carga espiritual y mística de esos constructores, que no repararon tiempo ni esfuerzo en crear este magnífico monumento.

 

Hacia el año 1000 a.C. la tradición de erigir megalitos ya había cesado, lo cual nos hace pensar que, debido a su aspecto mimetizado en el paisaje, el túmulo de Newgrange pasó desapercibido durante al menos veinte siglos, pues no fue detectado en nuestra Era hasta el año 1699. En 1960 se iniciaron los trabajos de reconstrucción que dieron al conjunto su aspecto actual, que por aquel entonces, apenas era una elevación más del paisaje por cuya cima deambulaban vacas y ovejas. Hoy su aspecto es imponente y la reconstrucción es –según nos aseguran–, fidedigna. Impacta ver su frontal, recubierto de piedras de cuarzo blanco y cantos rodados, tal como se cree que fue configurado en origen.

Pero más sorprendente resulta el dato que nos ofrece la arqueología moderna, que ha detectado que los miles de piedras de granito, limolita, cuarzo y grandiorita que lo constituyen, fueron traídos hasta aquí en su mayoría por vía marítima y remontando el río Boyne hasta la amplia curva del meandro donde se alza Newgrange,  procedentes de diversos y alejados puntos de la costa Este irlandesa. Cabe recordar que todo eso sucedió hace unos 5.000 años.

 

La forma del túmulo es la de un círculo irregular. Su diámetro oscila entre los 79 y los 85 metros y su altura es superior a los 13 mts. Para crearlo se ha calculado que fue necesario emplear unas 200.000 toneladas de piedra y tierra. El acceso al interior se hace a través de un ondulado y angosto pasadizo de 19 metros de longitud, cuyas paredes están formadas por 43 losas de mampostería que en algunos tramos apenas alcanzan la altura de 1,5 mts. Éste, nos conduce a una cámara sepulcral cruciforme, de unos 6 x 6,5 mts. donde se depositaban las cenizas de la incineración, habiéndose detectado aquí hasta cinco restos de distintas  incineraciones humanas.

 INVENTANDO RELIGIONES

La cámara sepulcral de Newgrange no es la clásica tumba de corredor o la de un dólmen cubierto por un enorme bloque de piedra a modo de cúspide, sino que aquí, el techo se eleva, por encima de las paredes, en forma cónica con losas entrelazadas hasta superar los 6 mts. de altura, dándole un aspecto de chimenea culminada en su parte superior por otra losa que hace de tapa. A pesar del estado de abandono e indiferencia en que esta obra ha permanecido durante milenios, su sólida configuración interna ha sido suficiente para que se haya preservado tal como la dejaron sus constructores hace 5.000 años. Este dato le situaría en un período de construcción anterior a las famosas Pirámides de Giza en Egipto (que cuentan con una antigüedad de 4500 años aprox.).

 

El túmulo está circundado por 97 bloques de piedra, cada uno de una longitud media que oscila entre los dos y los cuatro mts. Se sabe que un segundo círculo de piedras erguidas (ortostatos)  más externo, rodeaba el túmulo permaneciendo algunas de ellas aún visibles. Respecto a esos bloques tumbados que jalonan la base, cabe destacar los números 1 y 52, decorados con espirales, rombos y otros símbolos de significado incierto. Recientes conclusiones científicas nos dibujan una sociedad chamánica, muy proclive a inducir o recrear estados alterados de conciencia que suscitaba visiones y percepciones provocadas por la sugestión y el aislamiento sensorial; todo ello experimentado en esas cámaras artificialmente creadas y soterradas.

 

Se ha concluido que tenían como base la adoración a los muertos a los que consideraban migrados a otro plano. Pero también idolatraban el entorno natural, en definitiva, toda una notoria y compleja cosmogonía desatada con la aparición de la agricultura y el vínculo dependiente que ésta generaba con la tierra. Probablemente, fue en espacios semejantes a éste de todo el mundo, donde la tradición de la magia y la hechicería –provenientes del Paleolítico–, se reinventaron para dar paso a las modernas religiones con toda su carga de sofisticación y elaborada parafernalia.

EL SOL Y EL SOLSTICIO DE INVIERNO

Newgrange posee unas características que hacen de él un enclave singular. Su pasadizo ascendente de 19 mts., se eleva en suave inclinación hasta a los 3 mts. respecto al suelo de su base. El hecho de que fue erigido sobre un escogido promontorio, también juega a favor del efecto solar que se produce en su interior durante el solsticio invernal.

 

Entre el 20 y el 23 de Diciembre, los rayos del sol naciente penetran el tragaluz sobre la entrada y avanzan a través del angosto y sinuoso pasadizo hasta alcanzar la cámara; de esta forma, si alguien permanece en ella aguardando a oscuras, no habrá sido él quien haya seguido la trayectoria solar, sino el sol quien lo acaricie a él. El rayo de luz, acaba iluminando una triple espiral incisa en un ortostato del fondo de la cámara. Este fenómeno se reproduce solo durante esos días a partir de las 08:58 horas y durante unos 17 minutos cuando el sol baña la estancia;  después, la cámara quedará de nuevo sumida en la total oscuridad y aislamiento del mundo exterior.

 

Esta práctica solar nos muestra, no sólo la primordial trascendencia que aquella cultura otorgó a su entorno más inmediato, sino que además, delata un notable grado de conocimientos técnicos y observación en cuanto a construcción y movimientos astronómicos se refiere. No olvidemos el detalle del pasadizo que, con de su trayectoria serpenteante, asciende hasta la cámara sepulcral orientada y situada a la altura exacta para que el sol la ilumine, sin duda, todo un alarde constructivo de hace 50 siglos.

 

El solsticio de invierno es el inicio de los días con más horas de luz solar, hecho que era sacralizado en virtud de los beneficios que ello reportaba. Debió señalar, además, una especie de año nuevo al estar ligado a las expectativas de la producción agrícola. Esta celebración se ha venido señalando desde entonces hasta el inicio de nuestra Era, recordemos cuantas deidades “nacen” durante esa efeméride, a pesar de que a lo largo del tiempo, ha sufrido desajustes en el calendario y ciertos equívocos, pero el caso es que el mismo Jesucristo nace –oficial y simbólicamente– un 25 de Diciembre, idéntica fecha que Krishna o Mitra, la última gran deidad asociada al sol con ese día.

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En la actualidad, el efecto del rayo solar que avanza para iluminar la cámara, es magnífica y fidedignamente recreado para los visitantes que acceden al interior del túmulo de Newgrange en cualquier época y hora del año. Mediante un juego de focos de luz se recrea la escena, que logra causar una gran sensación al visitante, pues la cámara sepulcral se halla totalmente a oscuras  aún a plena luz del día, debido a que el pasillo con sus recovecos, inclinación y longitud, filtra y elimina cualquier ápice de luz exterior.

 

Sobrecoge pensar como se calculó minuciosamente esta construcción para poder escenificar ese fenómeno solar con toda la carga de sorpresa, emoción y admiración que conlleva experimentarlo. Reflexionar sobre ello, sobre Newgrange o sobre otros monumentos semejantes, es hacerlo ante y sobre lo intemporal, aquello que fue construido para perdurar a través del tiempo. Acaso sea un mensaje para futuras generaciones, más allá de sus connotaciones astronómicas y funerarias, pero indiscutiblemente, Newgrange es uno de los hitos humanos más característico que nuestros ancestros nos legaron, hace ahora 5.000 años.

 

Como tantos otros monumentos megalíticos, Newgrange no puede analizarse aisladamente, el hecho que sea el mayor de su clase en Europa no es más que una anécdota, pues el valor auténtico nos lo da su entorno y el emocionante fenómeno lumínico que se recrea en su interior. Los túmulos vecinos de Knowth y Dowth, y la cantidad de megalitos que existen en la zona (más de 1000), nos irán desvelando la medida y la auténtica razón de ser de este prolífico campo megalítico de Brú na Bóinne, en la preciosa y mágica Irlanda.

 

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