AMAR LA POESÍA, por Nicolás del Hierro

Música recomendada

Expuesto así, dicho así, sólo como título, “Amar la poesía”, y para llevarla a efectos de fusión anímica, puede parecernos un tanto sencillo; no obstante, como cualquier elevada sencillez, este despertar al amor y al seguimiento de la misma bajo los cauces de la exigencia poética, considero que requiere cierta predisposición y no poca entrega personal.

Todo amor, y la poesía nunca dejó de ser el gran amor de quien la escribe, en su manifiesto y receptividad necesita de un especial estado psíquico que despierte y atrape la sensibilidad del propio yo. Aquello que no nos motiva, jamás avivará en nosotros el instinto sensorial. Hay quienes consideran que la poesía es sólo una entelequia, una ensoñación, y puede que no les falte su parte de razón; pero no por ello deja de ser una necesidad, una descarga del espíritu que debe tributar su mensaje sobre no pocas parcelas científicas, sociales y humanas con la mayor aportación de la estética lingüística.

Contrariamente a otras manifestaciones, como pueden ser la arquitectura, la escultura o la pintura, incluso cuando de la propia naturaleza nos atraen sus encantos, éstos y aquéllos nos irrumpen casi siempre a través de la mirada. Sin embargo, no pocos estaréis de acuerdo conmigo en que la poesía es diferente: la poesía suele invadirnos por y desde el sentimiento personal, algo que se comunica internamente con un extraño yo en el perfilado ejercicio a través de la simbología y de la metáfora, siempre y cuando uno sea capaz de arrancarle al diccionario la utilidad de la expresión, su legado, su estética y su ritmo.

Considero que, en esto, es muy similar a la música. Y del mismo modo que su creador, sus creadores han de hallarse en una predisposición especial para llevarlas al folio o al pentagrama, su receptor o receptores han de vivir la voluntad que le otorga su espíritu para disfrutar del mensaje. La poesía como la música son latidos internos que no pretenden otra unción en el estado anímico del receptor que aquella que despierte una predisposición fraterna, siempre, claro está, que sus comunicados aporten la virtud del mensaje.

El dualismo con que fonética y notas fraternizan, hemos de percibirlo a través de la palabra hecha ritmo y del ritmo trascrito en sonidos. No hay creación poética ni partitura musical sin despertar el estado anímico de sus creadores, no pueden percibirse sin la predisposición al ritmo y la belleza, la imagen auditiva que una y otra suponen. El poeta, como el compositor, son filtros de la entraña en sus mejores momentos de creatividad.

La poesía es una descarga psíquica que ha de generarse en el receptor casi con la misma intensidad que se manifiesta en el poeta al ser creada. De hecho nos sucede que la lectura de un poema despierta en nosotros mayor o menor afectividad y efectividad, según el momento que invada yo. No siempre estamos motivados para leer poesía; como no siempre recibimos de la música idénticas reacciones.

En el gran síndrome con que la muchedumbre nos envuelve, uno puede ser el más solitario de los seres. Pero sucede también que esta misma intimidad puede convertirnos en el más comunicado y comunicador de los humanos: es cuando el poeta descubre que soledad y poesía resultan un binomio perfecto para el creacionismo. “Poesía y soledad se convierten en conceptos sinónimos”, como dejara escrito mi buen amigo Pedro A. González Moreno.

Al tiempo que la poesía es amada, ella misma nos conduce al amor. Desde la sensibilidad que al espíritu motiva, es capaz de despertar el amor y ser amada al mismo tiempo. Se cumple aquí la definición unamuniana, cuando dijera que “un poeta es el que desnuda con lenguaje rítmico su alma”.

Por supuesto que resulta una perogrullada cuando, en román paladino, se asevera que cada maestrico tiene su librico. Sin embargo, tal axioma no deja de poner una verdad eterna sobre los folios. Es decir, que aunque sepamos y observemos preceptivas y reglas, el empleo de la palabra y su concepto han de ser específicos. Todo creador que se precie ha de buscar su estilo personal, su yo exigente y necesario, en la parcela del universo que pretende moverse. Esta no consecución conduce a la indiferencia.

Los interrogantes y afirmaciones sobre tal consecuencia se harían numerosos, y acaso nos resultaran insuficientes para una luz determinante. Es cierto que la más fácil y acertada respuesta a todas las preguntas, tratándose de poesía, sería decir que la escribimos por necesidad. Por necesidad anímica llegamos al poema, esta necesidad nos impulsa y escribimos cuando ella nos lo reclama, incluso cuando el concepto temático lo estamos recibiendo desde el exterior. Ya hemos dicho que el poeta es un filtro y como tal se comporta. Filtra, modela, moldea, embellece, sensibiliza...  El autor o la autora deben ser dominadores de estos impulsos.   

La poesía es un sentimiento tan interno que exige el apoyo de un estado visceral específico. Pero es aconsejable que cuando ese embrujo llegue nos halle con el lápiz en la mano: “que la inspiración nos coja trabajando”, dicen que decía Juan Ramón Jiménez. Pero esto, que ya se ha repetido infinidad de veces, es necesario que lo repasemos y aprendamos todos y todas; que no lo olvidemos. Se dice que los dos primeros versos de cada poema los dictan dios o el demonio. Y no les falta razón a los afirmantes. Basta sólo que analicemos el golpe de estética o fuerza de imagen con que arrancan buen número de poemas.

Ese toque poético es un soplo que pasa, como la suerte, una sola vez por nuestra puerta. Un soplo divino o diabólico, que debemos coger venga de quién venga. Cuántas veces, nuestro bloc auxiliar de bolsillo se acerca al trabajo de un lápiz por la momentánea aparición de uno o dos versos. Es el momento en que empezamos a depender de esa fuerza interna que impulsa nuestro yo sensorial, cuando el equilibrio estético exige sus mayores niveles de concentración. Luego, en el transcurso del trabajo, cuando la predisposición se hace más nuestra, ocasiones hay en que uno está escribiendo y la mínima distracción nos aparta del tema, originando un vacío entre el pulso y la mente que destroza el hechizo. Y hemos de dejarlo. Porque ya no es posible, porque el cepo que atrapaba las vísceras sensoriales se abrió y las ha dejado libres; ya no transmiten su latido al cerebro haciéndolo brotar en la yema de los dedos a modo de vocablo susceptible y más o menos acertado, rítmico y estético; pues, no debemos olvidar que el sentimiento temático, cuando se llega al poema, debe estar enmarcado por el pentagrama de la música, crecido en la selección del lenguaje y arropado por el tul de la mayor sensibilidad que transmita su función. Sin esa conjunción, sin ese ayuntamiento no habrá poema ni partitura que merezcan la pena de ser leídas ni escuchadas. Habremos de esperar a que nuestra parcela personal disponga nuevamente su tempero para darle cultivo; porque lo que nunca debemos olvidar, es que escribir es un trabajo de exigencia; una exigencia que eleva el nivel de su mercurio si hablamos de algo tan entrañable y tan nuestro como es la poesía. Eso tan íntimo, y a la vez tan efusivo y volátil, que imprescindiblemente necesita el amor y el saber de quien la escribe, si como autor pretende que el lector se contagie con el modo de amarla.

 

 

 

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