VILLAESCUSA DE HARO, CUNA DE ASTRANA MARÍN Y DE OTROS MUCHOS PERSONAJES ILUSTRES por María Luz González Rubio. Escritora

Villaescusa de Haro. Cuenca

Después de unos cuantos cientos de años de la muerte de Cervantes,  hay ya más de cinco villas que compiten por llevarse el título de ser el lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse el ilustre escritor, queremos sacar a la luz otra candidatura olvidada: la de que don Luis  Astrana Marín propuso para Villaescusa de Haro, su patria chica y la mía. Ya apuntaba el otro autor arábigo del Quijote,  Cide Hamete, al final de la novela,  que el motivo de tal omisión u olvido era  “por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha, contendiesen entre sí para ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero”. Aún dando por cierto lo anterior, no queremos dejar de participar en la contienda por tan gran honor, trayendo como argumento de nuestra reivindicación las pruebas que ya adjuntara don Luis en su magna biografía de Cervantes  de siete volúmenes, compilación de documentos y trabajo de investigación que todavía no han sido superados a pesar del tiempo transcurrido desde su publicación , ni ha dejado de ser obra de consulta de todo cervantista que se precie de serlo. Entre tales pruebas arguye la distancia de dos días andando hasta El Toboso, la proximidad del castillo de los duques donde nombraron gobernador de la ínsula a Sancho, que podría ser el de Belmonte, la mención a las cuevas Horadadas, que serían la sima oscura donde cayó el escudero con su burro, amén de otros escenarios igualmente verosímiles.

Castillo de Haro

Han pasado cuatrocientos años y la gloria del biografiado sube, como demuestra la contienda de las villas manchegas por ahijarse el lugar imaginado como cuna de don Quijote: Argamasilla de Alba, Alcázar de San Juan, Villanueva de los Infantes, Mota del Cuervo, Villaescusa de Haro…En cambio, el nombre  de don Luis Astrana Marín, aunque nos sigamos beneficiando de sus trabajos, se va olvidando...La diosa Fortuna ha sido esquiva en vida con ambos, biógrafo y biografiado. Con la diferencia de que con el primero acudió rauda a su muerte, para instalarse y crecer en progresión  geométrica, mientras que con el segundo todavía no ha llegado.  Esperemos que no tarde y venga a hacerle justicia.Tanto el personaje como la patria que lo vio nacer merecen ser rescatados  del olvido.  

  El propio Astrana en el libro juvenil “Vida en los conventos y monasterios”, publicado en 1915,  sitúa su pueblo entre los últimos de La Mancha. Utiliza una bella imagen al compararlo con un pergamino viejo, amarillento por el sol y los años, que permanece adormecido como un libro lleno de historias de personajes ilustres. Entre estos personajes están los doce obispos, ocho de los cuales nacieron en la misma calle; un virrey de Filipinas; varios presidentes de la Chancillería de Valladolid, el máximo órgano judicial en su tiempo; dos confesores de reinas: el de doña Juana la Loca y el de su hija doña Leonor, reina de Portugal y de Francia; un escritor de diálogos renacentistas como Diego Ramírez de Villaescusa; un personaje célebre del teatro barroco, que se ganaba la vida copiando y vendiendo las obras que se aprendía de memoria en una sola representación , llamado don Luis Gil Ramírez de Arellano y otros muchos  de los que no hay todavía biografías escritas.

Paisajes de Villaescusa de Haro

Capilla de La Asunción en Villaescusa de Haro (Cuenca)

Es el primer pueblo al que se llega desde Belmonte por la carretera que lleva a Cuenca. Se entra en él por la Puerta del Cerezo y en seguida te encuentras con la calle principal que conduce a la iglesia, la que todo el mundo conoce  por la calle Empedrá.  La mayoría de sus habitantes se niega a llamarla con el nombre que le pusieron al terminar la  guerra, de la misma manera que siguen llamando la Plaza, así a secas, a la plaza del Caudillo, omitiendo la segunda parte que alude al dictador. Hay quien justifica que no se cambien estos nombres, como convendría  hacer para  cumplir con la ley de memoria histórica, diciendo que el de la plaza se refiere al caudillo Viriato y que el tal  Jose Antonio, que figura en otra placa, era un torero al que llamaban el Primo de la Ribera.

La iglesia del pueblo, del siglo XV, es famosa sobre todo por una de sus capillas en la que está el retablo de la Asunción, patrimonio de interés nacional, que permanece intacto a pesar de otros destrozos que se hicieron durante las guerra, porque un dirigente comunista del pueblo puso tuvo el acierto de poner un cartel en la puerta con la leyenda “Pueblo, respeta esto, que es tuyo”.

Otro edificio histórico importante, justo enfrente de la iglesia es  la  Casa Grande, palacio del siglo XVI que hoy es ayuntamiento, biblioteca, salón de actos, y centro de reuniones de distintas asociaciones. En la misma plaza, completa el recinto monumental el Colegio, edificio del XVI que iba a ser la universidad de Castilla La Mancha, creado por Diego Ramírez de Villaescusa y que se quedó como residencia de su familia al adelantarse el cardenal Cisneros y crear la de Alcalá de Henares por las mismas fechas.

Retablo de La Asunción

Desde este núcleo de arte renacentista arranca la cuesta que lleva el nombre de nuestro personaje: Luis Astrana Marín. Hacia el final, a la puerta de una casa construida hace unos años sobre las ruinas de la anterior, hay una placa conmemorativa, levantada por la Sociedad Cervantina que él fundó, en la que se cuenta que allí nació y vivió nuestro prócer.

Más abajo están la Fuente, hecha con piedra en la época del Imperio romano, y las Balsas, otros dos hitos turísticos del pueblo.

¿Cómo era la casa entonces? ¿Se trataría de una casa noble como quiere hacernos creer nuestro autor en este libro de memorias? En ese caso, ¿en qué dependencias nació? ¿No sería en las dependencias de las criadas? Se rumorea que su madre, Juliana Joaquina Marín trabajaba como sirvienta cuando se quedó embarazada de don Blas Astrana, militar sin ocupación  terminada la guerra de África. Los padres siguieron sin casarse hasta que nuestro autor tenía doce años, la diferencia que hay entre su nacimiento el  5 de agosto de 1889 y la fecha en que contrajeron matrimonio sus padres, 4 de septiembre de 1901, según consta en el archivo parroquial de la villa.

Luis Astrana Marín

Don Luis, en el Libro de los conventos se inventa un pasado de niño rico que no casa muy bien con lo que se dice por el pueblo, y tampoco por los datos que apuntan sus biógrafos. Quizá por eso incluye este libro entre los suyos de ficción. No obstante, no deja de ser interesante para conocer su infancia y ciertos aspectos entrañables de su vida. Parodiando el comienzo del Quijote escribe: Yo era oriundo de la Mancha, de un pueblecito humilde, cuyo nombre recuerdo con delectación, que, enclavado en las primeras estribaciones de la serranía, participaba del carácter árido y fanfarrón de la llanura y del hospitalario y reconcentrado de la montaña.

Emociona al lector al contar como iba de muy niño a la iglesia solo por escuchar el órgano y como escandalizó a su familia cuando les dijo que quería ser músico. Ellos asociaban esa afición a las varietés y la vida disoluta de Madrid y capitales de provincia. Más tarde, como le gustaban las letras, sus familiares, apoyados por el cura, decidieron que tenía vocación y había que enviarlo al seminario. El niño no sabía qué significaba aquella palabra y se lo preguntó a un amigo.

¿Vocación?  Debe de ser algo que se come, fue la respuesta infantil.

Afortunadamente para las letras,  la carrera hacia el sacerdocio que inició en el seminario de Cuenca, duró muy poco. Antes de los 20 años se  había se había ido a Madrid para dedicarse al periodismo y a la literatura.

También en este libro nos cuenta sus crisis y vacilaciones, sus paseos a caballo por la ribera del río Záncara, reconocible a pesar del mal disimulado nombre que le pone,  Zanciágara, ya que respeta el de los molinos que se nutren de sus aguas para moler: el del Concejo, el del Blanco, etc.

Por último, termino este paisaje literario de mi pueblo con la mención al convento de los dominicos, llamado comúnmente Los Frailes. Unas ruinas, restauradas no sin polémica,  de lo que fue uno de los mayores edificios de la orden, por el que pasaron personajes insignes como san Francisco de Borja, y otros de peor memoria: numerosos inquisidores que presidieron múltiples procesos del Santo Oficio.

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