UN HEREJE ESPAÑOL EN EL TRONO DE SAN PEDRO: EL PAPA LUNA, por Fernando José Sánchez Larroda

Sus antepasados se encuentran en la aristocrática Casa de Luna, de regio origen navarro-aragonés. Enlazada con la monarquía y la Iglesia. Fue una de las doce estirpes nobiliarias más influyentes de Aragón. Se distinguieron en el servicio a su rey. Les encontramos a su lado entre los siglos XI y XV. Con el tiempo, surgieron tres ramas principales: los Ferrench de Luna, los Martínez de Luna y los López de Luna. Además de Benedicto XIII, dentro de los Luna encontramos personajes tan importantes como prelados, funcionarios, reinas (María de Luna, esposa de Martín I de Aragón) y aspirantes al trono (Fadrique de Aragón y Luna). Destaca Álvaro de Luna, condestable de Castilla, valido de Juan II de Castilla. El monarca, influido por los enemigos del noble, le acusó de sedición y le ajustició (Valladolid, 1453). En 1657, se le exoneró de toda culpa. El cambio de dinastía en la Corona de Aragón en el (s. XV) marcó su declive.

El Papa Luna Benedicto XIII

BIOGRAFÍA. Nació en la pequeña localidad aragonesa de Illueca (Zaragoza, comarca del río Aranda, abril 1328). Era el segundo hijo de Juan Martínez de Luna y de María Pérez de Gotor, señores feudales de Illueca, Gotor y Mariana. Su progenitor ostentaba la baronía de Luna, era conde de Morata y señor de la comarca. Su madre era también de linaje navarro- aragonés, Su abuelo materno, Miguel Pérez de Gotor, fue hombre de confianza del rey aragonés Jaime II y su bisabuelo Blasco de Gotor, perteneció al séquito real de Jaime I el “Conquistador”. Pedro destacó en los estudios de Gramática, Filosofía y Derecho y se esperaba que, como segundón, se ordenase sacerdote Mientras, su hermano mayor Juan se dedicaba a la guerra. Su primera juventud la pasó en las prestigiosas escuelas de Tarazona y Zaragoza. A los 39 años le encontramos en Nájera (1367), al lado del pretendiente a la Corona de Castilla y aliado de Pedro IV de Aragón, Enrique de Trastámara, de quien fue su fiel amigo.

El castillo del Papa Luna en Peñíscola. Castellón. España

 

El menudo y obstinado aragonés le salvará la vida al conde tras el desastre de Nájera ofreciéndole refugio en Illueca. El lugar era idóneo, rodeado por grandes sierras y bien comunicado. Allí Pedro decidió llevar al pretendiente a la corte de Aviñón, en la Provenza. Lejos de los castellanos y de Pedro IV el “Ceremonioso”, quien para obtener una paz duradera con sus enemigos les hubiera entregado sin miramientos. Cruzaron los Pirineos inmediatamente. Escarmentado, retomó sus estudios. Lo hizo en la Universidad de Montpellier, perteneciente a la Corona de Aragón. Allí se licenció y doctoró en Derecho Civil y Canónico y ganó la cátedra de Prima en Cánones. Según Ricardo del Arco, pronto adquirió fama de gran intelectual y defensor de la Iglesia, a pesar de no ser sacerdote. En esta época surgieron gran cantidad de ideas basadas en la ciencia y en la reflexión religiosa luego consideradas herejías. Postulados que trastornaron la teología occidental. Por otra parte el Papado se estaba desmoronando. Asimismo, se generalizó el descrédito de un clero corrupto. La ciencia se tornó ambigua a la par que triunfaba una concepción civil el ser humano y de la autoridad. Mientras tanto, Dante ponía en boga una unión de la poesía, el éxtasis, el amor y Dios. Cuando se quiso volver a la ortodoxia, los círculos eruditos, se habían radicalizado y Europa buscaba nuevas prácticas religiosas. Es la época del renacer de viejas ideas, acomodadas a los intereses políticos y sociales. Europa se debatirá entre el progreso científico preconizado por Guillermo de Ockham, que había hecho retroceder al Tomismo, eje rector de las viejas escuelas; o permanecer inmutable. El Ockhamismo triunfa, pero sobre bases débiles, que conducían a una reforma baldía. El pueblo deseaba una razón de vivir. De ahí que dos concepciones filosóficas se enfrentasen. Unos optan por el pragmatismo que llevará al Renacimiento. Otros, por la penitencia y el misticismo. El Humanismo no fructifica debido a que el ambiente no será propicio. Habrá que esperar al siglo XV. Ante los nuevos vientos que traen Petrarca y Bocaccio y el redescubrimiento de Séneca, el taciturno Pedro reaccionará con realismo. De carácter práctico, profundizó en materias tan dispares como las matemáticas, la contabilidad, la geometría, las ciencias naturales, la física y la mecánica. Se convirtió en un autodidacta, un humanista independiente que valora y extrae lo más importante de las nuevas teorías. Cómodo en su libertad y poseedor de una vasta formación, se erige en valedor del ideario eclesiástico. La defensa a ultranza del Papado será su principal objetivo. Pensará que la pérdida de su esencia es el trasfondo del cambio de pensamiento. No cederá nunca ante la supremacía del Estado sobre la Iglesia. Luchará con la indiferencia religiosa y la depravación de los altos cargos eclesiásticos, bases de la debacle del cristianismo occidental.

Enrique de Tratasmara

 

Tras casi un año en Montpellier, vuelve a la Corona de Aragón. Con gran discreción, pasará de ciudad en ciudad (Vic, Tarragona, Huesca, Mallorca, Tarazona, Zaragoza) y de cargo en cargo, gracias a su amistad con Enrique de Trastámara. En 1369, en Valencia es nombrado candidato al arzobispado local. Con 41 años, Gregorio XI le nombra titular de la diócesis de Palermo. Allí desarrollará una ingente actividad. En el siglo XIV, la Iglesia, se enfrentaba a varios problemas: a- el Sacro Colegio Cardenalicio estaba controlado por Francia; b- financiaba todas sus guerras; c- el Papa debido a ello, era desdeñado por el pueblo como ejemplo de espiritualidad universal; d- el empuje nacionalista: el monopolio francés de cargos disgustaba a los religiosos europeos, quienes preconizaron una mayor independencia de las iglesias propias frente a Aviñón; con el tiempo se pasará del ataque al Solio Pontificio a la misma Iglesia como institución única. 2.- En la corte de Gregorio XI, séptimo y último pontífice de Aviñón.

El Papa de Avignon

El Pontífice premiará a Pedro de Luna por su fidelidad, con el cardenalato (20 diciembre 1375). Será su hombre de confianza. Sus funciones fueron: a- controlar los asuntos más importantes de la Iglesia, como la preparación de la vuelta de la corte papal a Roma; b- afrontar la oposición italiana y francesa; c- velar por la ortodoxia; d- vigilar las consecuencias religiosas derivadas de la situación política; e- luchar contra el nacionalismo eclesiástico; f- erradicar la corrupción y desorganización del clero. Se mostrará sutil, competente y minucioso, manteniéndose al margen de las luchas internas. Esta actitud la mantendrá con el primer Papa del Cisma, Clemente VII. Marchará a Roma con el Colegio Cardenalicio. Encontraron al Lacio agitado por disturbios partidistas, El Pontífice, viendo el peligro, se planteó regresar. Sin embargo Pedro de Luna tratará de salvar la empresa que les había sacado de Aviñón. Tras semanas de gran violencia, el Papa fallece (1378). Antes había ordenado a los purpurados que, de inmediato, eligiesen a su sucesor, libres de toda presión. Todo ello, sabiendo que la Iglesia podía colapsarse por el enfrentamiento entre un pueblo que quería un Pontífice italiano y el peso específico de los franceses dentro del cardenalato, partidarios de volver a tierras galas. 3.- Cónclave, motín y cisma. El cónclave, preparado por el enjuto aragonés, se inauguró el 7 de abril de 1378.

Castillo de Sant Ángelo. Roma

Todo estaba Coronación de Enrique II en una miniatura medieval de las Crónicas de Jean Froissart en contra: a- los cardenales intrigaban; b- los intelectuales y nobles locales conspiraban y manipulaban a la chusma; c- el pueblo, muy alborotado, exigía un Pontífice italiano. Al final, se asaltó la mansión donde se celebraba la asamblea, tomando como rehén al Sacro Colegio para forzar la nominación bajo amenaza de muerte. Con aplomo, en medio del caos, Pedro de Luna tratará de aislar la reunión. Intencionadamente, se extendió el rumor del envío de tropas francesas para socorrer a los prelados. Esto, unido a la difusión de la falsa designación como nuevo Papa del cardenal francés Juan de Barre, trajo el desastre. Mientras se masacraba a sus sirvientes, parte de los eclesiásticos, huyeron al Castillo de Sant’Angelo para salvar la vida. Entretanto, el aragonés, con la promesa de otra votación, frenó a los insurrectos. Los 12 cardenales, en tres días, eligieron al italiano Bartolomeo de Prignano. El 18 de abril de 1378 se le entronizó, adoptando el nombre de Urbano VI. El talante colérico y despótico del nuevo Papa, impidió volver a la normalidad. Urbano se dedicó a otorgar cargos y rentas a los italianos. Mientras, atacacaba a los cardenales franceses. Éstos abandonaron Roma. Ante la posibilidad de una vuelta a Aviñón, el anciano Pontífice les amenazó con la destitución. De la mano del cardenal galo Pedro de Arlés nació una facción opositora a Roma. El 26 de julio de 1378 la mayoría de los electores se reunía en la población de Anagni. Ante el grave problema los estados europeos se posicionaron: Francia y Nápoles apoyaron a los desafectos; Inglaterra, al Papa; el Imperio buscó la reconciliación. Se buscaba una salida pacífica que pasaba por la abdicación del Papa. Frente al diálogo las amenazas seguían. Al final, el Sacro colegio redactó un acta donde se afirmaba que la última se había desarrollado bajo amenazas de muerte. Una embajada papal retenida fue la encargada de comunicárselo a Urbano VI. El 9 de agosto de 1378 los 13 cardenales rebeldes declararon en un documento lo siguiente: a- la nominación de Urbano VI era nula por haberse celebrado sin libertad; b- la Santa Sede seguía vacante; c- debía celebrarse un nuevo cónclave; d- el Pontífice era ilegítimo. El 20 de septiembre de 1378, en Fondi (Nápoles), Roberto de Ginebra fue elegido Papa con el nombre de Clemente VII. Nacía el Cisma de Occidente.

Interior del Palacio de Illueca. Illueca Zaragoza.

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