LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS por Luis Manuel Moll Juan

A aquellos olvidados y valientes soldados que dieron su vida por España. A los últimos soldados de Filipinas.

 

Magallanes, no pensaba, cuando descubrió en marzo de 1521 las islas de San Lázaro, posteriormente llamadas Filipinas en honor al hijo de Carlos V, que estas eran unas 7.000 . . Magallanes entró en el golfo de Leyte por el estrecho de Surriago, y después pasó a la isla de Cebú, donde fue muy bien recibido, el sultán y su séquito se dejaron bautizar y se declararon súbditos del emperador. Pero en Mactán las cosas tomaron otro cariz. el régulo del lugar no quiso someterse, y en el enfrentamiento suscitado Magallanes encontró la muerte. a Lapu Lapu, que tal era el nombre de aquel sultán, le cabe el honor de ser el primer filipino en haberse resistido a la invasión extranjera. Pero realmente, quien indujo el comercio de Filipinas con España fue Legazpi, que con sus artes parlante, convenció a gran parte de los reyezuelos de las islas la conveniencia de los tratados de paz y comercio con la lejana metrópoli. Filipinas es una cadena de islas montañosas y volcánicas de emboscadas laderas y con pocos abrigos naturales. dos canales principales con mucho fondo que dividen las islas extremas, Luzón y Mindanao, de las del centro o visayas; el uno es el estrecho de san bernardino, frecuentado desde antiguo por las embarcaciones que desde Europa se dirigían a Manila; el otro, que desemboca por el paso de Surigao en el Pacífico, notable por haber recalado en él Magallanes, no es utilizado en exceso, aunque no ofrezca peligro alguno a la navegación por ser ancho, profundo y expedito.

Familia mestiza española-1870-biblioteca Nacional de España
Soldado nativo filipino en el Ejército español, fotografía de la década de 1890
Oficiales españoles en Bacoor
Tranvía de vapor en Malabón. Filipinas-1885
Mestizas filipinas 1890
Línea ferrocarril Dagupan-Manila. 1885
Pelea de Gallos en Filipinas. 1880
Revista filipina en español. 1876
Mujeres filipinas trabajando sementera de tabaco. 1875-1880
Catedral de Manila, 1870
Tagalos de Luzón. 1875

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Iglesia de Baler antes del combate

 

 

Pero corría el año 1896 y la población de la provincia de Filipinas se sumaba a la insurrección contra España. Hacía ya algunos años que las revueltas eran frecuentes y los ánimos estaban increpados. El capitán general Camilo Polavieja estuvo llevando una política ineficaz y represiva. Pudo capturar a escritor, político y fundador de la Liga Filipina José Rizal al que condenó a muerte frente a un pelotón de fusilamiento un 30 de diciembre de 1896. Polavieja fue sustituido por Fernando Primo de Rivera que en el año 1987 logró firmar el acuerdo de Bialna-Bato que significaba una pacificación momentánea y la derrota del sucesor de Rizal, Aguinaldo. Este estaba exiliado en Hong Kong y contactó con el general estadounidense William Mckinley quien le `prometió ayuda vinculándose así la guerra de Filipinas con la de Cuba. El 1 de mayo de 1898, una escuadra gobernada por el almirante George Dewey bombardeó el fuerte de Cavite. El Gobierno español intentó trasladar refuerzos pero la escuadra del almirante Cámara fue detenida en el canal de Suez por el mando británico y cuando el general Wesley Merrit consiguió la rendición de Manila, la guerra ya estaba ganada por la fuerzas norteamericana. El 10 de diciembre de 1898 se firmó el tratado de París en el que España cedía a Estados Unidos: Cuba, Filipinas, Puerto Rico y la isla de Guam.

Tratado de París de 1898

El conflicto, aparentemente, estaba resuelto y acabado. Sin embargo, se iba a prolongar durante un año más debido a la bravura indomable de cincuenta y un soldados españoles que defendía un convento, el de Baler situado junto a la desembocadura del río. Sus muros de metro y medio, sus 30 metros de longitud y 10 de anchura, sus seis ventanas, dos en la parte sur sobre la fachada principal, una orientada hacia el sur y otra hacia el oeste . Los defensores se dispusieron a defender hasta el último hombre un edificio húmedo, estrecho y desprovisto de cualquier comodidad. Para ello, tapiaron las ventanas dejando sólo unos pequeños resquicios por los que poder disparar sus fusiles. Por otro lado, arrancaron varias baldosas del suelo para fabricar un horno con el que cocinar pan, hicieron una letrinaen un corral anexo al recinto e, incluso, socavaron la tierra para construir un pozo en el que encontraron agua. Una suerte que les permitió mantenerse en pie durante casi un año sin morir de deshidratación.

Combatientes filipinos. 1899

Al no tener noticias contrastadas y que fuesen fidedignas en las que se viera la capitulación de España antes Estados Unidos, el reducido destacamento de españoles decidió resistir hasta el final a pesar de la escasez de municiones y sin la más mínima posibilidad de recibir refuerzos. Su intendencia constaba de: “En concreto, en el momento de ser sitiados los españoles contaban –según los estadillos de la época- con los siguientes alimentos: «Raciones de campaña, 7500; sacos con 500 kg de garbanzos, 20; cajas con 440 raciones de tocino, 22; sacos con 375 kg de habichuelas, 15; cajas con 5.000 latas de sardinas, 50; cajas con 75 litros de aceite de oliva, 2; sacos con 50 kilos de arroz de 1ª, 20; latas con 75 kg de café, 5; cajas de 161 raciones de azúcar, 7; cajas de 50 raciones de galletas equivalentes a 2.500 raciones, 50 Saquetes con raciones de harina, ». Además, antes del inicio del sitio lograron hacerse con una buena cantidad de carne de Australia (enlatada) y otros tantos kilos de arroz. Por desgracia, no contaban con nada de sal -un elemento básico para conservar los alimentos- ni con agua potable”.

Los revolucionarios de Filipinas

Tres oficiales estaban al mando de tan reducido destacamento: el capitán Enrique de las Morenas y Fossi que se negó a rendirse en diciembre de 1898 a instancia del coronel filipino Calixto Villacorta, a pesar de que éste le envió como parlamentario al capitán español Belloto. La Morenas mandó escavar una línea de trincheras alrededor del edificio que sirviera de defensa contra el enemigo. Cerezo llegó a proponer a sus hombres matar cuatro caballos para guardar su carne, pero a los soldados les pareció asqueroso, algo curioso si se considera que, a los pocos meses, no tuvieron más remedio que comer desde lagartijas hasta cuervos.

Filipinos ilustres: José Rizal, Marcelo del Pila y Mariano Ponce

Mientras los Cazadores andaban de reformas, los filipinos no se quedaron –ni mucho menos- quietos. Esa misma noche llegó un gran contingente rebelde al mando de Teodorico Luna Novicio, quien mandó construir también una línea de zanjas alrededor de la iglesia para evitar la huida de los sitiados. «El mar había estaba desierto, el pueblo había sido evacuado y permanecía silencioso, el río no parecía vadeable, el bosque y la montaña alejados…

Capitán Enrique de las Morenas y Fossi

Las Morenas murió (Unas semanas después de la muerte del capitán, mataron y se comieron su perrita) durante el asedio  asumió el mando por orden de antigüedad y de acuerdo con el reglamento el segundo teniente Juan Alonso Zayas puertorriqueño de nacimiento. Éste también se negó a rendirse en febrero de 1899 y, cuando se le entregaron las órdenes en este sentido, consideró que era un ardid de guerra. Alonso murió como su capitán, durante el asedio; el mando pasó entonces al segundo teniente Saturnino Martín Cerezo, que mantuvo una férrea resistencia contra las fuerzas tagalas que eran muy superiores disponiendo inclusive de artillería. las enfermedades mataron más españoles que el plomo filipino

Izquierda el médico rogelio Vigil, centro el cabo Jesus García Quijano, derecha el segundo teniente Saturnino Martín Cerezo

La primera de ellas fue la que más ataúdes llenó: el beri-beri. Provocada por la falta de vitamina B, esta enfermedad, según Cerezo «comienza su invasión por las extremidades inferiores, que hincha e inutiliza, cubriéndolas con tumefacciones asquerosas, precedida por una parálisis extraordinaria y un temblor convulsivo, va subiendo y subiendo como el cieno sobre los cuerpos sumergidos y cuando alcanza su desarrollo a ciertos órganos, produce la muerte con aterradores sufrimientos». No era mucho mejor la disentería. Favorecida por las precarias condiciones de salubridad, esta enfermedad lleva a la inflamación del intestino y genera fiebres y diarrea en el afectado –además de vómitos y dolor abdominal-. Muchos fueron los valerosos defensores que se tuvieron que enfrentar cara a cara con ella. Con todo, y una vez que se observó que algunos militares la padecían, se ordenó ventilar la iglesia, tirar los alimentos en mal estado y, para terminar, hacer un pozo negro para evitar que los excrementos se amontonaran tan cerca de los dormitorios. A falta de una solución mejor, esta serie de medidas higiénicas ayudaron a los hispanos a evitar el contagio, aunque la enfermería, al mando del teniente Médico Virgil, siguió llena de pacientes.

Los filipinos desesperados por no conseguir la rendición española, iniciaron entonces su particular guerra psicológica contra los sitiados. Ésta consistió principalmente en lanzar piedras sobre el tejado de zinc de la iglesia por las noches para no dejar dormir a los españoles e, incluso, ordenar a los desertores hispanos que gritaran todo tipo de insultos a sus antiguos compañeros desde las trincheras. Pocas veces era efectivo, pues los Cazadores estaban resueltos a morir en aquel paraje inhóspito

General Antonio Luna

Los españoles fueron capaces de dar golpes de mano al enemigo, de cavar un pozo, de enterrar a sus muertos, de confeccionar calzado, de alimentarse… En diciembre, el cabo Jesús Olivares Conejero (de Caudete) dirigió una columna de 14 soldados que tomó una huerta cercana, con calabaceras y naranjos. Los españoles se comieron hasta las hojas verdes de las calabazas. Era mayo del 1899 y el teniente Martín Cerezo continuaba manteniendo su posición de continua resistencia y solicitaba pruebas fidelignas de que España se había rendido.

El periódico  “El Imparcial” donde Martín Cerezo se convenció de que la rendición española era cierta.

Solo cuando leyó una noticia en una de las hojas del periódico “El Imparcial” indicando que un compañero suyo se había trasladado a Málaga, como le dijo que haría, no podía ser falsa, meses antes había hablado con este oficial y le indicó que su deseo era irse a Málaga destinado.. Entonces, tras 337 días de combates se pactó la rendición con los filipinos y el 2 de junio de 1899 la guarnición abandonó la iglesia. Salieron ondeando la bandera española con armas al hombro mientras que los filipinos les rendían honores militares. Martín Cerezo estaba orgulloso de que ni un día dejó de ondear la bandera nacional en la iglesia. Aun así sus pensamientos eran dirigidos hacia al posible juicio por insubordinación, cuando lo cierto es que su gesta y la de sus hombres había dado ya la vuelta al mundo. Dejaban atrás muchos meses de padecimiento y los restos de sus compañeros; en las paredes de los ruinosos muros del convento no había ni un solo pedazo del tamaño de una mano que no hubiera quedado acribillado por las balas y la metralla de las granadas y disparos de artillería. A los 18 caídos durante el asedio hay que sumar la vida del párroco de la iglesia de Baler, el padre franciscano Cándido Gómez-Carreño Peña de solo 30 años y natural de Madridejos municipio de la provincia de Toledo. Su fallecimiento fue un duro golpe para todos, pues por su carisma y carácter era un sostén continuo para los sitiados. Es más: la importante compra de provisiones de arroz que había hecho él pocos días antes de quedar cercados fue en buena medida la que permitió resistir durante casi un año sin morir de hambre.

 

Los sacerdotes de Beler: Izquierda parroco Menaya, López Guillén y Gómez Carreño

En el sitio hubieron dos franciscanos más encerrados con los soldados españoles y apoyándolos en todo momento junto al médico el Teniente Gil. Estos jóvenes franciscanos, casi olvidados por la historia, fueron fray Juan Bautista López Guillén y fray Félix Minaya Rojo, permanecieron en Filipinas. Hay otro franciscano que estuvo prisionero de los filipinos durante todo el asedio, se llamaba Mariano Gil Atienza. Todos estos franciscanos eran muy queridos y respetados por las gentes del Baler. Finalizado el sitio, y a diferencia de los soldados, que fueron repatriados, quedaron como prisioneros, dado que lo eran antes del asedio. Y su influencia sobre la gente era tan grande, que el líder rebelde Teodorico Novicio les prohibió ejercer su ministerio sacerdotal, de modo que en los meses posteriores a su liberación lo hicieron en la clandestinidad. Al cabo de un tiempo, Novicio comprobó que dificultar la labor de los religiosos le granjeaba problemas con los balereños, así que levantó la prohibición y él mismo contrajo matrimonio eclesiástico.

 

Con todo, la defensa no había salido barata pues, del más de medio centenar de hombres que habían entrado en el templo hacía casi un año, 15 habían muerto por enfermedad, 2 habían fallecido por las balas filipinas, 6 habían desertado y otros 2 habían sido fusilados por el propio Cerezo después de que intentaran pasarse al enemigo. No obstante, habían conseguido un hueco en la historia y un título que resonaría por toda España hasta la actualidad: «Los últimos de Filipinas».

Estado en que quedó la iglesia de Baler después de la resistencia española

El 29 de junio el dirigente filipino Aguinaldo cursaba un telegrama para agilizar los trámites de la repatriación de aquellos aguerridos españoles. La admiración del filipino por aquella gesta era tan grande que promulgó un decreto el 30 de junio de 1899 donde decía: “ que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanzas de auxilio alguno, ha defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo” y el que añadiría “los individuos de que se componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino, por el contrario, como amigos”. A España llegaron a Barcelona abordo del vapor Alicante un 1 de septiembre de 1899. La recepción fue apoteósica donde llegaron a comparar su gesta con las de Numancia o Lepanto. Pero la historia (como es normal en España) les guardaba un desagravio mayor: Todo lo que recibieron los héroes… diez años después, dos pesetas diarias

Los Últimos de Filipinas

En 1901 se concedió a Martín Cerezo la Laureada dotada con 1.000 pesetas anuales. Aunque alcanzó el generalato, sus ascensos los tuvo que pelear mediante recursos, porque para muchos oficiales y políticos era un personaje incómodo. No volvió a mandar tropa. Los demás tuvieron que esperar hasta 1908 para que el Congreso les concediese una pensión: 60 pesetas mensuales, que también cobraron los parientes de los fallecidos En su prólogo a las memorias de Martín Cerezo, redactado en 1935, Azorín escribió: “¿Qué nación en Europa puede mostrar ejemplo de tal heroísmo?”. Heroísmo, sí, pero sin consecuencias prácticas. Como nota cabe decir que después, nada más abandonar la iglesia de Beler en Filipinas, los estadounidenses, tuvieron que combatir (en el mismo lugar) contra las fuerzas nativas de Filipinas. Esta vez, donde los españoles habían resistido casi un año, los norteamericanos apenas aguantaron unos días a los insurrectos.

Soldados de USA en Filipinas

Ajustados todos los extremos, España mantenía su soberanía sobre las Marianas, las Palaos, las Carolinas, Sibutú y Cagayán de Joló. Pero el gobierno cobarde no quiso poner en estado de defensa territorios tan alejados y renunció a su posesión. Por 25 millones de marcos se cedieron a Alemania, el 30 de junio de 1899, las Marianas, las Carolinas y Palaos, y a estados unidos, el 7 de noviembre de 1899, las islas de Sibutú y Cagayán por 100.000 dólares. De esta forma se cerraban cuatro siglos de historia y se ponía fin a la presencia española en el Pacífico.

 

 

 

 

Fuerte de San Pedro, Cebú Filipinas
El Fuerte Nuestra Señora de la Soledad, cerca de Umatac-Guam

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA ALCAZABA les rinde sentido homenaje diciendo: “Fueron los últimos soldados del imperio más grande de la historia, fueron los últimos soldados de Filipinas”. Estos son los nombres de los 33 soldados supervivientes:

 

Teniente Saturnino Martín Cerezo, natural de Miajadas, Cáceres

Médico Rogelio Vigil Quiñones, natural de Marbella, Málaga

Cabo Jesús García Quijano, natural de Viduerna de la Peña, Palencia

Cabo José Olivares Conejero, natural de Caudete, Albacete

Corneta Santos González Roncal, natural de Mallén, Zaragoza

Soldado Juan Chamizo Lucas, natural de Valle de Abdalajís, Málaga

Soldado José Hernández Arocha, natural de La Laguna, Tenerife

Soldado Luis Cervantes Dato, natural de Mula, Murcia

Soldado Manuel Menor Ortega, natural de Sevilla, Sevilla

Soldado Vicente Pedrosa Carballeda, natural de Carballino, Orense

Soldado Antonio Bauza Fullana, natural de Petra, Mallorca

Soldado Domingo Castro Camarena, natural de Aldeavieja, Ávila

Soldado Eustaquio Gopar Hernández, natural de Tuineje, Las Palmas

Soldado Eufemio Sánchez Martínez, natural de Puebla de Don Fabrique, Granada

Soldado Emilio Fabregat Fabregat, natural de Salsadella, Castellón

Soldado Felipe Castillo Castillo, natural de Castillo de Locubín, Jaén

Soldado Francisco Real Yuste, natural de Cieza, Murcia

Soldado José Pineda Turán, natural de Sant Feliú de Codines, Barcelona

Soldado José Jiménez Berro, natural de Almonte, Huelva

Soldado José Martínez Santos, natural de Almeiras, La Coruña

Soldado Loreto Gallego García, natural de Requena, Valencia

Soldado Marcos Mateo Conesa, natural de Tronchón, Teruel

Soldado Miguel Pérez Leal, natural de Lebrija, Sevilla

Soldado Miguel Méndez Expósito, natural de Puebla de Tabe, Salamanca

Soldado Pedro Vila Garganté, natural de Taltaül, Lérida

Soldado Pedro Planas Basagañas, natural de Sant Joan de les Abadesses, Gerona

Soldado Ramón Mir Brills, natural de Guissona, Lérida

Soldado Ramón Buades Tormo, natural de Carlet, Valencia

Soldado Ramón Ripollés Cardona, natural de Morella, Castellón

Soldado Timoteo López Larios, natural de Alcoroches, Guadalajara

Soldado Gregorio Catalán Valero, natural de Osa de la Vega, Cuenca

Soldado Marcelo Adrián Obregón, natural de Villalmanzo, Burgos

Soldado Bernardino Sánchez Cainzos, natural de Guitiriz, Lugo

 

FALLECIDOS:

Capitán de Infantería Enrique de las Morenas y Fossi, natural de Chiclana de la Frontera, Cádiz.​ Falleció por enfermedad el 22 de noviembre de 1898;

2º Teniente Juan Alonso Zayas, natural de Puerto Rico.​ Falleció por enfermedad el 18 de octubre de 1898;

Cabo José Chaves Martín. Falleció por enfermedad el 10 de octubre de 1898;

Soldado de 2ª Julián Galbete Iturmendi, natural de Morentin (Navarra), Falleció debido a heridas el 31 de julio de 1898;

Soldado de 2ª José Lafarga Abad. Falleció por enfermedad el 22 de octubre de 1898;

Soldado Baldomero Larrode Paracuello. Falleció por enfermedad el 9 de noviembre de 1898;

Soldado Francisco Rovira Mompó. Falleció por enfermedad el 30 de setiembre 1898;

Soldado José Sanz Meramendi. Falleció por enfermedad el 13 de febrero de 1899;

Soldado Juan Fuentes Damián. Falleció por enfermedad el 8 de noviembre de 1898;

Soldado Manuel Navarro León. Falleció por enfermedad el 9 de noviembre de 1898;

Soldado Marcos José Petanas. Falleció por enfermedad el 19 de mayo de 1899;

Soldado Pedro Izquierdo Arnaíz. Falleció por enfermedad el 14 de noviembre de 1898;

Soldado Rafael Alonso Medero. Falleció por enfermedad el 8 de octubre de 1898;

Soldado Ramón Donat Pastor. Falleció por enfermedad el 10 de octubre de 1898;

Soldado Román López Lozano. Falleció por enfermedad el 25 de octubre de 1898;

Soldado Salvador Santamaría Aparicio, natural de Alcira, Valencia. Falleció debido a heridas el 12 de mayo de 1899;

 

 

DESERTORES Y FUSILADOS:

Hubo seis desertores: Félix García, Vicente Toca y Antonio Menache, Jaime Caldentey, José Alcaide y Felipe Herrero. Dos fusilados acusados de desercción: El cabo Vicente González y del cazador Antonio Menache

 

SACERDOTES:

Fray Cándido Gómez Carreño, párroco de Baler, natural de Madridejos, Toledo.241​ Falleció por enfermedad el 25 de agosto de 1898.

Fray Juan López Guillén, misionero destinado en Casigurán enviado por las tropas filipinas tras su captura, que decidió, junto con el padre Minaya, quedarse en la iglesia a petición del capitán Las Morenas, natural de Almonacid de Toledo, Toledo.

​ Fray Félix Minaya, misionero destinado a Casigurán enviado por las tropas filipinas tras su captura, que decidió, junto con el padre López Guillén, quedarse en la iglesia a petición del capitán Las Morenas, natural de Pastrana, Guadalajara.

 

 

 

Fuentes:

Hermenegildo Franco Castañón Capitán de Navío “La ocupación inglesa de Manila”

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